domingo 22 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinion
26-03-2022 23:55

La rebelión del consenso

26-03-2022 23:55

El portazo de la vicepresidenta frente al acuerdo con el FMI sigue repercutiendo en el Gobierno. Al principio fue entre políticos. Terminó siendo entre sus intelectuales.

El primer documento se conoció el 14 de marzo, se tituló “La unidad del campo popular en tiempos difíciles” y fue un llamado a no romper el Frente de Todos. El segundo documento se conoció una semana después y se tituló “Unidad del campo popular: moderación o pueblo”: si bien comparte la idea de defender la alianza oficialista, la supedita a que esa unidad sea para “llevar adelante un programa de transformaciones”.

El primer documento es contemplativo con la gestión de Alberto Fernández y justifica el acuerdo con el Fondo: “Hay decisiones que un dirigente debe tomar porque son necesarias para el país y el bienestar de la población”.

El segundo es una crítica sin atenuantes al modelo económico y político del Presidente y es un llamado urgente a que desista de su estilo moderado.

Sus firmantes son intelectuales que reconocen el liderazgo de Cristina Kirchner y su texto se puede leer como una continuidad de las 14 páginas que el cristinismo publicó tras la aprobación del acuerdo, con foco en la economía y denunciando que se le había entregado al FMI la soberanía de las cuentas públicas.

Antimoderación

El primer documento tiene 9 mil caracteres y, solo al final, menciona tres veces la palabra moderación, a la que define como “una opción táctica en una etapa específica”.

El segundo tiene 16 mil caracteres y su eje es la palabra moderación. Aparece en el título y 15 veces más. También aparece cinco veces la palabra consenso. En todos los casos, con duros cuestionamientos hacia ambos conceptos. Se presenta como una respuesta “a los compañeros” del primer documento, pero su crítica de fondo está dirigida a los teóricos de la moderación. Esa suerte de virus que parece haber calado no solo en una parte importante de la oposición, sino del propio oficialismo.

Como en la Argentina de la grieta no hubo demasiados intelectuales, politólogos y periodistas que escribieran sobre el tema, me pongo el sayo de que desde hace años en PERFIL, semana tras semana, venimos teorizando sobre la necesidad de bajar los decibeles de la confrontación y buscar consensos.

El documento cristinista compara la moderación con la impotencia: “Proponen ir despacio, pero terminan inmóviles. Pretenden hablar suave, pero se vuelven inaudibles. Todo lo que se presenta moderado termina siendo débil y sin capacidad transformadora”.

Refutan la idea del consenso: “El dilema que se presenta es que cuando se pretende hablarles a todos se termina hablándole a nadie. Cuando se pretende no pelearse con nadie, se termina peleando con todos”.

Es una lógica similar a la que se escucha entre los halcones del macrismo, que acusan a los dialoguistas de su espacio de confundir a su masa de votantes.

Los intelectuales cristinistas ven la moderación como un virus que ataca a opositores y oficialistas.

Moderación

Hay tres tipos de razones que se le pueden contraponer a esta mirada.

  • Una, más filosófica, desde la necesidad del ser humano de escuchar y entender al otro y el esfuerzo para que el otro nos entienda. Con la suposición de que así sería más fácil encontrar puntos de acuerdo.
  • Otra, más materialista, alejada del relato mitológico de los buenos versus los malos y que interpreta que lo que subyace en una sociedad son intereses en pugna. Con el Mal no se puede negociar. Con el que tiene otros intereses, quizá sí.
  • La tercera razón es pragmática. Tras años de empate hegemónico por el que ningún sector logra imponerle su relato al resto, ¿cómo se rompe con la parálisis de un país mutuamente boicoteado por los distintos factores de la grieta? Los fracasos del cristinismo y del macrismo parecen impedir que uno de los dos pueda, por sí solo, imponer un nuevo relato hegemónico en la sociedad.

La respuesta pragmática asume que, más allá de las razones filosóficas y materialistas, hay una razón fáctica para buscar consenso: se necesita un nuevo relato, una nueva misión colectiva. Un objetivo común que sea aceptado por una mayoría. Sin ese primer plan, ningún otro plan será posible.

En cambio, el documento del cristinismo reafirma una vez más la existencia de un enemigo a destruir: el maldito neoliberalismo corporizado en Mauricio Macri. Se queja del documento de sus pares oficialistas por “la ausencia absoluta del nombre Macri” y cuestionan la renuncia del Gobierno a “describir con nitidez las ruinas que dejó este nuevo experimento neoliberal”.

Por razones filosóficas, materialistas y pragmáticas, la forma de salir del empate hegemónico es el diálogo

¿Perón o anti-Perón?

Lejos de razones filosóficas, materialistas o pragmáticas, el texto privilegia ese tipo de razones mitológicas. Y no es que los mitos sean sinónimos de mentiras, pero sí son construcciones simples que eligen explicar la realidad a través de metáforas de dioses y demonios. Para hacerlo más evidente, en este caso el documento se encomienda a “nuestro inmortal conductor Perón y la inmortal Evita”.

Sin embargo, quienes dentro del peronismo sostienen que el cristinismo es heredero de los sectores medios y altos que en los 70 intentaron comprender sin éxito al peronismo, encuentran en este documento una prueba adicional.

Sucede que la característica del modelo de Perón fue la de mediar entre los intereses en pugna de la sociedad, no en ahondar en la lucha de clases. De hecho, esa fue la crítica que, primero desde el marxismo y después desde el montonerismo, se le hizo a su bonapartismo: negociar con la burguesía en lugar de enfrentarla.

El cristinismo retoma esa posición. Como en los 70, vuelve a pedirle al peronismo (al Presidente, ministros, gobernadores, intendentes, sindicalistas, al Partido Justicialista) que no medie entre los sectores en pugna, sino que les imponga su modelo (el del cristinismo).

Sí parecen aceptar la existencia de un empate hegemónico paralizante. Pero creen que lo que se debe hacer no es buscar un nuevo relato que asuma algunas de las razones del otro, sino insistir hasta vencerlo: “La correlación de fuerzas no es una foto. Es una construcción social, un devenir dinámico”.

Pero hace más de una década que existe ese empate y no hay señales concretas de que esa “correlación de fuerzas” vaya a cambiar.

Insistir en imponer una posición por sobre la otra, solo prolongará una crisis que se inició en el segundo mandato de Cristina, pasó por Macri y llega a la actualidad. Los modelos aplicados fueron distintos. Lo que se mantuvo inalterable fue la grieta, la lucha entre quienes, de uno y otro lado, siguen creyendo que le pueden imponer su verdad al otro.

¿Tibios o rebeldes?

A lo largo de todo el texto se asocia moderación con tibieza. Pero hoy, tras años de relatos mediáticos agrietados, el discurso que marca la corrección política es el de la antimoderación. El statu quo político y mediático estuvo dominado hasta ahora por el duelo de la polarización macrista y cristinista.

Es difícil imaginar que un político tibio, oficialista u opositor, tenga las agallas de enfrentar a los militantes de la grieta. Algunos lo intentan, pero la réplica es tan fuerte que deben compensar rápidamente volviendo a endurecer su discurso.

Los intelectuales, artistas y periodistas que corren más riesgos tampoco son los que gritan. Porque estos siempre encontrarán cobijo en sus respectivos extremos, mientras que el discurso antigrieta es expulsado por la cultura social del panelismo televisivo.

Al finalizar, el documento reivindica a líderes latinoamericanos que fueron “en contra de la lógica moderada”. Entre ellos señalan a Lula Da Silva.

Pero Lula es, justamente, el ejemplo contrario. Un presidente que por razones filosóficas, materiales y pragmáticas, supo conciliar sus posiciones con sus posibilidades, sumando en su gobierno a distintas escuelas políticas y económicas. Es la misma persona que hoy se abraza con su histórico adversario Fernando Henrique Cardoso. Con la misma lógica de encontrar puntos de encuentro con los que piensan distinto y generar una nueva mayoría social.

Lula no es tibio. Se rebela.