COLUMNISTAS

Maldita policía

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Durante los últimos veinte años, la Policía de la Provincia de Buenos Aires atravesó por profundos procesos de reforma y contrarreforma que implicaron un péndulo político e institucional de enorme gravitación en la vida democrática provincial. (...)
La Policía de la Provincia de Buenos Aires es una obra de orfebrería de la política bonaerense. Es su principal instrumento de gobernabilidad. Constituye los ojos, los brazos y los sentidos de la clase política provincial y, en particular, de las sucesivas autoridades gubernamentales o, al menos, de aquellos sectores que han sido dominantes en el escenario provincial durante las últimas décadas.
En ese sentido, abordar el desarrollo histórico de dicha institución a lo largo del último cuarto de siglo configura un tragaluz epistémico a la política bonaerense y a las modalidades mediante las cuales ésta ejerce el Gobierno sobre la seguridad y gestiona las conflictividades.
La Policía es policía del poder y, en palabra de la filósofa francesa Hélène L’Heuillet, la Policía constituye un instrumento de la “baja política”, es decir, de “la política de la decisión y del orden, de la evaluación de las circunstancias, de la urgencia y de la indeterminación relativa a aquello sobre lo cual la acción se ejerce”.

Así, el conocimiento de la institución policial y, específicamente, de sus misiones y funciones reales, su inserción en la institucionalidad política y sus dispositivos de conducción, da cuenta del vínculo existente entre la política y la Policía y, en particular, el rol que ésta desempeña como instrumento de aquélla.
Como lo señala Dominique Monjardet, la Policía es siempre un instrumento.

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[…] La Policía es un martillo. Contrariamente de la idea que muchos policías se hacen de su rol –se ven fácilmente “entre el martillo y el yunque” […]–, son el martillo, entre el herrero y el yunque. Si bien se admite comúnmente que un martillo sirve sobre todo para clavar clavos, sabemos que, resguardado en una pequeña caja roja fijada a la pared de un vagón o un autocar, sirve para “romper la ventanilla” para escaparse en caso de que un accidente vuelva inaccesibles las puertas. En su variante de piolet, ayuda a escalar las montañas. Sabemos también que puede permitir romper una cabeza. Seguramente, no es la suma infinita de las utilidades posibles del martillo lo que puede definirlo, sino la dimensión común a todos sus usos, que consiste en aplicar una fuerza sobre un objeto. En cuanto instrumento, el martillo no tiene funciones propias, sirve (más o menos eficazmente según sus características técnicas) a las finalidades de aquel que lo maneja. Lo mismo sucede en lo que respecta a la Policía: instrumento de aplicación de una fuerza (la fuerza física en un primer análisis) sobre el objeto que le es designado por quien la dirige. Por lo tanto, la Policía no podría tener finalidad propia, no hay trascendencia de la coacción física (incluso para el sádico, no es más que un medio). La Policía es totalmente ancilar y su definición –en el sentido de su rol en las relaciones sociales– le es dada por aquél que la instrumenta. Por eso, puede servir a los fines más diversos, la opresión en un régimen totalitario o dictatorial, la protección de las libertades en un régimen democrático. Puede suceder que la misma Policía (los mismos hombres, la misma organización) sirva sucesivamente a fines opuestos y por lo tanto provoque problemas agudos en los períodos de transición de un régimen político a otro […].

Esta relación entre la política y la Policía es lo que hace que los políticos recelen de la indagación científica de la Policía. (…) Pero, en nuestra provincia, esta metáfora es sólo aplicable en un plano muy general. En lo específico, la Policía Provincial no sólo ha sido el “martillo” sino, al mismo tiempo, en numerosas ocasiones, ha sido el “herrero”. Pero lo ha sido porque la política le adjudicó esa tarea.

Con un anclaje doméstico, Alejandra Vallespir en La policía que supimos conseguir, Editorial Planeta, ha dado cuenta del sentido esencial de las relaciones político-policiales en la Argentina y, en su marco, del uso político de la Policía y de la relativa autonomía que la política le ha ido concediendo a la Policía. Esa relación, aun articulándose sobre la base de una autonomía policial políticamente conferida, no ha estado exenta de conflictos y pujas y, en su contexto, siempre ha cobijado prácticas legales y prácticas ilegales, por igual y bajo una misma matriz institucional.
Por un lado, la Policía comete delitos, utiliza métodos ilegales en la mayoría de los procedimientos “legales” y cuenta para ello con el aval político, dado que hay una utilización política de la fuerza que le es funcional al poder político. Sin embargo, este matrimonio por conveniencia no es eterno, debido a que la fuerza policial no se somete a dicho poder político cuando de lo que se trata es de limitar su propia economía. No “necesita” subordinarse a éste porque tiene la fuerza que le da la complicidad de ese mismo poder que ahora quiere que se someta. Por otro lado, la misma estructura que se usa para combatir el delito, se usa para cometerlo, cuando éste se vuelve un beneficio económico. No hay “buenos policías” y “policías malos”; hay una institución simultánea creada desde la legalidad para cumplir funciones ilegales. Estar dentro de la institución legal o estar dentro de la ilegal es una cuestión fortuita, ya que los mismos que a veces son reivindicados como “héroes” por el cumplimiento del deber, muchas otras integran la estructura simultánea. Como dos habitaciones unidas por un corredor, aun cuando [son] dos habitaciones diferentes, ambas integran la misma casa. Estar en una habitación o estar en la otra depende de las necesidades y requerimientos propios o institucionales.

En nuestro caso –esto es, en la Provincia de Buenos Aires–, el “martillo” –la Policía– es usado por el “herrero” –los gobiernos– para gestionar conflictividades aun mediante dispositivos y prácticas ilegales, las que, en ocasiones, dan lugar a situaciones de crisis o escándalos políticos que, en ciertos casos extremos, han generado situaciones de relativa ingobernabilidad política.     

 

*Licenciado en Ciencia Política./ Fragmento de su nuevo libro El péndulo (Editorial Octubre).