26 sep 2020
COLUMNISTAS |OPINION
sábado 8 agosto, 2020

Momento de definiciones

Mapa político argentino Foto: S.U./G.P.
sábado 8 agosto, 2020

En uno de los reportajes largos de ayer en PERFIL, el ministro de Defensa, ex precandidato presidencial, el kirchnerista de pura cepa más moderado y quien le pasó a Máximo Kirchner su puesto de jefe de la bancada de diputados del Frente para la Victoria-Partido Justicialista, Agustín Rossi, dijo: “No hay margen para un gobierno más progresista que el que está haciendo Alberto Fernández” (ver: https://bit.ly/Agustin-Rossi).

Al asumir el Gobierno, Alberto Fernández justificó presentar el presupuesto 2020 y su plan económico 2020-2023 recién después de concluida la renegociación con los acreedores privados externos para saber cuáles serían los pagos que Argentina debería hacer durante su mandato. Prevista originalmente para el último día de marzo y pospuesta por la pandemia cuatro meses, esa renegociación concluyó el lunes pasado quedando ahora la renegociación con el Fondo Monetario Internacional, la que al mismo tiempo requiere cumplir con la promesa de presentar el plan.

Más allá de la interpretación semántica que con benevolencia pueda asignárseles a las declaraciones de Alberto Fernández al Financial Times diciendo que descree de los planes económicos porque la palabra “plan” connota ajuste, y pudiera interpretarse que su anuncio de un paquete de “60 medidas” para reactivar la economía (de las que faltan anunciar  57) sería el sustituto de su plan, lo que los decisores económicos están esperando es saber cuál sería el rumbo de sus políticas económicas: cuánto de estatismo e izquierda (el progresismo de Agustín Rossi) y cuánto de liberalismo y derecha del pro mercado.

Tras el acuerdo con los bonistas Alberto Fernández tendrá que cruzar su Rubicón en alguna dirección

En su columna de ayer en PERFIL el sociólogo y coordinador del Centro de Estudios de Opinión Pública de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Carlos De Angelis, utilizó una didáctica infografía que con pequeños agregados ilustra esta contratapa, para desarrollar su visión del presente y los posibles escenarios futuros (ver: https://bit.ly/victoria-tactica).

Alberto Fernández se acerca a su punto de inflexión con una cuarentena llegando al límite del hartazgo social, la economía frente a la mayor caída de su historia y la tensión que genera el debate sobre la reforma judicial imposible de desconectar de las causas que enfrenta Cristina Kirchner. Y será en las políticas económicas que lleve a la práctica donde de jugará la suerte de la coalición gobernante con el resultado electoral de 2021 como segundo punto cúlmine.

Alberto Fernández podrá irse hacia el extremo inferior del trapecio adoptando políticas económicas que satisfagan al kirchnerismo o hacia el extremo superior, en línea con las políticas económicas de Lavagna. Ese trapecio que hace vértices arriba y abajo en lavagnismo y kirchnerismo hace vértice a los costados en massimo (peronismo no K) y alfonsinismo (radicales disconformes con Cambiemos). Trapecio que delimita el espacio donde se asienta el “albertismo”, campo político inexistente en la práctica pero sí en el terreno de las ideas y valores, la tercera vía, gran avenida del medio, el sector antigrieta como varias de las formas de denominar al amplio porcentaje de la sociedad que se aleja de los extremos, desaparece del debate entre cada elección, pero termina decidiendo quién gobierna al sumar lo que les falta a los representantes de la polarización para pasar a ser mayoría.

En esta edición dos exponentes de pensamientos económicos bien distintos y a la vez protagonistas de la crisis de 2002 comparan aquel momento crucial con este que le toca atravesar a Alberto Fernández. “Me preocupa que no nos anticipemos y evitemos la explosión”, dice José Ignacio de Mendiguren, quien en 2002 era ministro de Producción y en alguna medida artífice de aquella devaluación, y hoy presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE), para quien “si no hay acuerdos políticos, puede volver el ‘que se vayan todos’” y se esperanza en que “hay prácticamente unanimidad desarrollista entre los jóvenes de la coalición gobernante y la opositora”; y por su parte, Ricardo López Murphy, candidato presidencial de lo que hoy sería el macrismo, que perdió por solo seis puntos de diferencia con Néstor Kirchner en las elecciones de 2003, dice: “Esta crisis va a ser la más grave que hemos vivido” y “existe un riesgo de un fogonazo megadevaluatorio y megainflacionario”. 

Alberto Fernández debe coincidir con la idea de De Mendiguren, aunque le resulte difícil llevarla a la práctica tratando al mismo tiempo de imponer una reforma judicial; y compartir con López Murphy la gravedad del riesgo de su profecía haciendo todo lo que esté a su alcance para impedir su concreción.

Pronto nos enteraremos de cómo Alberto Fernández jugará su gran partido  con el destino y las apuestas que cada grupo de interés hará a su suerte. ¿Logrará ubicarse en el centro del trapecio conformando a todos sus componentes y a la vez al mercado? ¿O la realidad le impondrá –acertada o desacertadamente– tener que correrse hacia algún extremo, perdiendo una de sus bases de sustentación?

Momento de definiciones que pondrán a prueba el carácter del Presidente y lo marcarán para siempre.
 


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