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COLUMNISTAS / Bolivia
lunes 11 noviembre, 2019

"No aprenderé nunca a retirarme a tiempo"

¿Justifica el accionar de Morales lo sucedido en Bolivia? No, pero explica mucho de lo que aconteció.

Las mayorías no están por encima de la ley. Evo lo aprendió mal, y tarde. Foto: Cedoc Perfil
lunes 11 noviembre, 2019

Canta Ismael Serrano en su canción "Tantas cosas"  que "no aprenderé nunca a retirarme a tiempo", y bien podría cantarlo a dúo con el Presidente Evo Morales, porque si hay algo que caracterizó al líder boliviano fue el buscar por todos los medios posibles, e imposibles, seguir al frente del Estado Plurinacional de Bolivia.

Morales llegó al gobierno en 2006 tras las elecciones desarrolladas en diciembre de 2005, y si bien las encuestas previas auguraban su triunfo, no se esperaba que ocurriera en primera vuelta, donde el Movimiento al Socialismo sumó el 53,72% de los votos. Este triunfo, contundente por cierto, se fundó en las victorias obtenidas en los distritos del occidente boliviano.

Desde el gobierno, Morales generó importantes reformas políticas, sociales y económicas que dieron poder a amplios sectores históricamente postergados de Bolivia. Las diferentes etnias indígenas bolivianas vieron plasmado su poder poblacional en poderío político, por primera vez en la historia el pueblo era gobierno.

Este nuevo equilibrio de poder se plasmó en una nueva Constitución que vio la luz en 2009 y que, entre otras cuestiones, daba origen al Estado Plurinacional de Bolivia, reconociendo en la carta magna la historia boliviana, atravesada por la coexistencia y cohabitación de múltiples naciones dentro de un mismo territorio, y, también, la reelección presidencial por un solo período. Se sometió a referéndum la aprobación del nuevo texto fundacional del país, y el 61,43% de los bolivianos dieron el visto bueno a la nueva Carta Magna.

Elección tras elección el proyecto encabezado por Evo Morales era respaldado por los bolivianos en las urnas. Y no fue la excepción la elección de 2009, donde Morales se presentó al ser habilitado por la nueva Constitución a una única reelección inmediata, y la obtuvo con el 64,22% de los sufragios.

Elección tras elección, el proyecto encabezado por Evo Morales era respaldado por los bolivianos en las urnas.

El pueblo acompañaba al gobierno y el gobierno acompañaba al pueblo, pues llevaba adelante propuestas de cambios sociales largamente postergados en Bolivia, y los avances económicos eran notorios.

Sin embargo todo comenzó a cambiar en 2014. Tras haber sido reelecto en 2009, Morales debía dejar lugar a otro candidato en el MAS que buscara en las urnas continuar con el proyecto encabezado por el líder cocalero, sin embargo no supo retirarse a tiempo y se presentó ante el Tribunal Constitucional para que éste interpretara lo que la Constitución no decía, que el mandato en curso, por ser el primero con la nueva Constitución, era su primer mandato presidencial. Lo mismo que pretendió interpretar Carlos Menem en 1999 en Argentina. Curiosamente, o no, la doble vara ideológica hizo que muchos, quienes criticaban el accionar del peronismo en Argentina, apoyaran la movida de Morales. Se apoyaban en la lógica movimentista de creerse los únicos interpretadores de las masas populares y que éstas están por sobre las normas legales, por lo tanto si el pueblo lo pide, el pueblo lo debe tener.

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Y el Tribunal Constitucional actuó en consecuencia y habilitó a Evo Morales a presentarse a un nuevo período presidencial.

En las elecciones de aquel año Morales volvió a alzarse con un triunfo contundente, el 63,36% de los bolivianos lo eligieron junto a su histórico vicepresidente Álvaro García Linera. A diferencia de las dos elecciones anteriores de Morales, en esta oportunidad el triunfo fue casi absoluto puesto que salvo el Departamento de Beni, el MAS triunfó en los ochos departamentos restantes. Iniciaba así su tercer mandato al frente del Ejecutivo boliviano y, gracias a la interpretación del Tribunal Constitucional, su segundo mandato con la nueva Carta Magna.

Parecía ser su último período consecutivo al frente de Bolivia, pero a mediados del mandato, el 21 de febrero de 2016, convocó un referéndum nacional para modificar el artículo 168 de la Constitución que era el que impedía la re reelección puesto que estipula, taxativamente, que ‘El periodo de mandato de la Presidenta o del Presidente y de la Vicepresidenta o del Vicepresidente del Estado es de cinco años, y pueden ser reelectas o reelectos por una sola vez de manera continua.’ y habilitar dicha re-reelección. En el referéndum el 51,3% de los bolivianos votó ‘No’, pero Evo no supo retirarse a tiempo y tras un planteo de legisladores oficialistas, en 2017 el Tribunal Constitucional decidió que el citado artículo 168 era inválido puesto que vulneraba el derecho humano esencial de toda persona de elegir y ser electa. Algo similar a lo que se fraguaba en Argentina en 2003, y que Menem abortó con un ‘renunciamiento histórico’ (guiño guiño, Simpsons dixit).

Lo que sucedió con posterioridad es historia más conocida.

Evo Morales se presentó en 2019 a un cuarto mandato y triunfa en los comicios aunque los números supuestamente obtenidos generan múltiples sospechas, fundamentalmente por la poca transparencia del escrutinio, que inicialmente anunciaba una segunda vuelta por los 7 puntos de diferencia de Morales sobre Mesa, y, repentinamente anunciaron que Morales triunfaba en primera vuelta por 10,57%.

Estos números decían mucho más que la realización o no de un ballotage, lo que exponían claramente era que el escenario político boliviano había cambiado. Ya no eran triunfos arrolladores del MAS sino que se discutía, voto a voto, si había o no segunda vuelta, y si se realizaba todos los pronósticos preveían un cambio de época. Y aquí Morales tampoco supo retirarse a tiempo.

Y la derecha, que nunca digirió que un indígena como Evo Morales estuviera al frente del Estado, se encontró repentinamente con las condiciones necesarias para encender la mecha de la protesta en el país. Lo curioso es que no generaron las condiciones sino que supieron explotar condicionantes ajenos.

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Ahora bien, ¿Morales no sabía que los números que anunciaba no eran reales? ¿Necesitó que la empresa contratada por el Tribunal Supremo Electoral, que como hemos visto es afín al pensamiento oficial, entregara un informe en el que afirma que “no podemos dar fe de la integridad de los resultados electorales, debido a que todo el proceso está viciado de nulidad”? ¿Necesitó que la Organización de Estados Americanos presentara un informe lapidario que incluye comentarios sobre la “falsificación de firmas y actas”, sobre un ‘proceso reñido con las buenas prácticas’ que incluyeron “manipulación del sistema informático de tal magnitud que deben ser investigadas profundamente por el Estado” y que, en consecuencia, ‘no puede validar los resultados de la presente elección” y por ello recomienda nuevas elecciones? ¿Ignoraba esta realidad Morales? Difícil creerlo.

Como en un acto desesperado, cuando las protestas arreciaban, los motines policiales se sucedían y hasta el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas, en conferencia de prensa transmitida en directo, anunció que “‘Ante la escalada de conflicto que atraviesa el país, velando por la vida y la seguridad de la población, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”, Morales intentó dar un golpe de timón desesperado, pero su suerte y la de su gobierno ya estaba echada.

Anunció públicamente la convocatoria a nuevas elecciones, lo cual contradecía todo lo que había sostenido hasta el momento, dado que si había triunfado por la diferencia que había anunciado, no era necesario repetir las elecciones. El dar ese paso exponía claramente que lo que se había sostenido hasta entonces era una farsa.

El golpe no surtió efecto, porque el golpe lo dieron sus críticos, que encontraron en el accionar de Morales las excusas necesarias para hacer con las botas lo que no habían logrado por los votos.

Nadie pone en cuestionamiento, en este punto, los logros del Gobierno Morales ni los cambios sustanciales que, durante sus mandatos, se realizaron en Bolivia. Hoy Bolivia está mejor que en 2006. Lo que sí hay que cuestionarse es si eso es razón suficiente para no respetar las normas, que por cierto, fueron autoimpuestas.

¿Justifica el accionar de Morales lo sucedido en Bolivia? No, pero explica mucho de lo que aconteció.

Bolivia está mejor que en 2006. Pero hay que preguntarse si eso es razón para no respetar las normas que el propio Evo impulsó 

Colocado en un tránsito histórico, renunció a la Presidencia de la República. También hizo lo propio García Linera y hasta la presidenta del Senado, y tercera en la línea sucesoria, Adriana Salvatierra y todo quienes estaban en la línea sucesoria de Morales. Hoy Bolivia no tiene autoridades.

Finalmente se consumó el “golpe cívico, político y policial” instigado por “grupos oligárquicos que conspiran contra la democracia”, que había denunciado Morales en múltiples oportunidades… aunque su accionar muchas veces también conspiró contra ella.

Las mayorías no están por encima de la ley, Morales lo aprendió mal y tarde. Su renuncia es la consumación de dicho movimiento golpista, el pretender proclamarse Presidente incumpliendo la ley también lo es. El violar la ley es reprochable lo haga quien lo haga, la ley está para cumplirse.

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Bolivia necesita recuperar la institucionalidad cuanto antes, y todos los actores deben estar dispuestos a aceptar las reglas del juego sin pretender moldearlas de acuerdo al interés coyuntural de alguno de ellos.

¿Estarán dispuestos a avanzar en ese sentido? Esa es la duda de la hora, y según como se salde esta cuestión dependerá en gran parte el futuro del Estado Plurinacional de Bolivia.

*Politólogo. Especialista en Relaciones Internacionales.


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