martes 27 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Una fecha para recordar

Además de larga, la novela es despareja, impredecible, a medias póstuma e inconclusa.

04-09-2022 02:48

El 23 de agosto fue un día importante: terminé de leer En busca del tiempo perdido. Tras un par de comienzos fallidos en los que no pasé del segundo tomo, este fue el intento definitivo y me llevó unos diez años. No porque Proust sea difícil o aburrido, nada de eso, sino porque lo leí casi exclusivamente antes de dormir (me acuesto temprano últimamente). Lo leí en una traducción de Alianza que pasó por las manos de mi madre. Me doy cuenta de que llegó hasta el final por un subrayado en las últimas páginas que ilustra el ingenio de Proust para las comparaciones. Hablando de la costumbre de celebrar los dichos de un personaje que había perdido toda su gracia, dice que hacían “como esas personas que, supersticiosamente apegadas a una marca de pastelería, siguen encargando las pastas a una misma casi sin darse cuenta de que ahora son detestables”. 

Además de larga, la novela es despareja, impredecible, a medias póstuma e inconclusa porque Proust murió después de publicar el cuarto tomo y dejó sin corregir las pruebas del último (y se nota). Pero al cabo de un número determinado de noches (en mi caso, más de mil y una), su mundo pasa a ser el nuestro. Ningún autor establece un diálogo tan intenso con el lector, acaso porque la obra es el movimiento de una mente. En esos miles de páginas se cuentan unas pocas cosas que tienen que ver con el deseo, los celos y la ambición social. La vida y la obra de Proust se han estudiado largamente pero no me atrae conocer en profundidad ninguna de las dos. Y menos saber cuánto de autobiográfico tiene el libro, ni en qué personajes reales se inspiró Proust para crear los suyos. Sus originales, si es que existieron, no son necesarios para asistir a los movimientos recursivos y las digresiones de esa voz que ni siquiera es la de un yo con opiniones claras: quien nos habla parece en algunos pasajes reaccionario, homofóbico, antisemita, mientras que en otros es un dreyfusard tolerante y progresista. Una gran curiosidad de La recherche es que no aparece en ella el ambiente literario en el que Proust se movía y se desarrolla en otros círculos: la familia, los salones, los balnearios y en ese reducto exclusivo que es el Faubourg Saint-Germain, un invento genial y vacío, ya que la fascinación por la aristocracia no es más que un juego con los apellidos.

En La recherche, las historias terminan abruptamente o no terminan nunca. La mayoría tiene que ver con la eterna desdicha del amor no correspondido, pautada por el ensueño, los celos, el desprecio y la humillación. Pero tanto esas historias como las fiestas, los encuentros y las reuniones que les sirven de marco son parte de un decorado que integran junto con la música, la pintura, la ciencia o la política. Están en un segundo plano porque el primero está siempre ocupado por un pensamiento que se desarrolla, se contradice y se burla de sí mismo. Se puede escribir libros supuestamente proustianos, narraciones en primera persona que se desarrollan a lo largo de muchos tomos. Los hay excelentes, como el de Anthony Powell Una danza para la música del tiempo, y estúpidos, como Mi lucha, de Karl Ove Knausgard, pero nadie hará que nos preocupemos por algo tan absurdo como los Guermantes ni que estemos pendientes del barón de Charlus. Creo que estoy preparado para empezar de nuevo.

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