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ENTREVISTA

Ángel Rossi: “La sociedad se volvió indiferente y se olvidó de los más frágiles”

El arzobispo de Córdoba reflexionó sobre el legado del papa Francisco y advirtió sobre una sociedad atravesada por la indiferencia, la aceleración y la pérdida de empatía.

Angel Rossi en la misa de los comedores populares
Angel Rossi en la misa de los comedores populares | Cedoc

En medio de un escenario global atravesado por conflictos, desigualdad y una creciente fragmentación social, el legado del papa Francisco vuelve a ocupar un lugar central en el debate público. A un año de su muerte —y en un contexto donde la Iglesia y la sociedad discuten su continuidad—, el arzobispo de Córdoba, Ángel Rossi, propuso una reflexión que va más allá de lo religioso para enfocarse en el plano humano.

A partir de su vínculo personal con Jorge Bergoglio, Rossi trazó un diagnóstico crítico sobre el presente: una sociedad marcada por la indiferencia, la aceleración y la pérdida de sensibilidad frente al otro. En ese marco, recuperó la mirada de Francisco como una invitación a volver a lo esencial: la cercanía, la compasión y la centralidad de las personas, especialmente de quienes viven en situación de mayor fragilidad. Rossi dialogó en “Decilo como es” (Punto a Punto Radio 90.7).

—¿Qué le genera recordar a Bergoglio?
—La verdad que quedan en el corazón muchas cosas muy lindas de él. Sobre todo, la imagen de un hombre profundamente de Dios, con una sensibilidad muy grande por la persona, especialmente por la persona más frágil. En Francisco había una especie de obsesión por la cercanía a la fragilidad. Nunca se asustó de la vulnerabilidad humana, nunca negó el rostro de quienes tocaban fondo. En ese sentido, fue un verdadero maestro, muy contrastante con este mundo que rechaza la fragilidad.

—Se lo define como un revolucionario.
—Sí, pero revolucionario porque fue fiel al Evangelio. No inventó nada nuevo, sino que volvió a lo esencial. Yo digo que “montó el Evangelio a pelo”, sin adornos. Eso nos interpela a todos y también incomoda a quienes viven la fe de manera más superficial.

—También fue crítico de ciertas estructuras dentro de la Iglesia.
—Claro. En eso nos desnudó. Nos recordó que lo nuestro no es la vida de privilegios, sino el servicio. El símbolo del lavatorio de los pies es muy claro: no se trata de subir, sino de bajar. Y eso no sólo lo decía, lo vivía. Yo conviví diez años con él y doy fe de que había una coherencia muy fuerte entre lo que decía y lo que hacía.

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—En una sociedad cada vez más acelerada, ¿cómo se recupera esa mirada hacia el otro?
—Primero hay que entender que no es solamente una cuestión de fe, sino algo profundamente humano. La compasión, el dolor por el dolor del otro, es una exigencia del corazón humano. Pero hoy eso está bastante olvidado. Vivimos mirándonos a nosotros mismos, cuidando lo propio, tratando de evitar todo lo que sea sufrimiento.

El desafío es volver a poner a la persona en el centro. No las estadísticas, no los números, no los grandes proyectos abstractos. Son rostros concretos, muchos de ellos atravesados por el dolor. Francisco nos enseñó a mirar el mundo desde las periferias, desde los olvidados, desde aquellos que muchas veces evitamos ver.

—¿Cree que en el país no se valoró del todo su figura?
—Sí, en parte lo desaprovechamos. Nos quedamos mirándolo de manera superficial, mientras que en el mundo fue mucho más valorado. Incluso hoy, después de su muerte, su figura se agranda cada vez más. Se entiende mejor su dimensión como líder.

—¿Cómo observa la continuidad con el actual Papa?
—Se ha expresado con mucha claridad, especialmente en temas como la guerra. Y ahí hay una definición muy importante: la única opción es la paz. No se trata de elegir bandos, sino de sostener la paz como principio. Eso ya lo decía Francisco: toda guerra es una derrota.

—¿Qué mensaje le gustaría dejarle a la gente?
—Ojalá que como sociedad podamos animarnos a la cercanía, a la amabilidad, a ser un “hospital de campaña”, como decía Francisco. Poder acoger a quienes necesitan, curar, abrazar, aliviar el dolor del otro. Ese es un legado exigente, pero hermoso.