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PANORAMA INTERNACIONAL

Dilemas de un planeta en compás de espera

Por diferentes motivos y contextos, países o regiones afrontan momentos clave que marcarán su destino inmediato o condicionarán su futuro. Frágiles treguas, lentos conteos de votos o liderazgos mesiánicos suman incertidumbre.

Presidential Candidate Keiko Fujimori Holds Closing Campaign Rally
Presidential Candidate Keiko Fujimori Holds Closing Campaign Rally | Foto: Sebastián Castañeda/Bloomberg

Tediosos y estresantes recuentos de votos que prolongan la indefinición de unos comicios que pueden marcar el futuro de un país, o al menos su rumbo político en los próximos cinco años. Ceses del fuego o treguas que penden de un hilo y cuya evidente precariedad es perforada cada tanto por incidentes que elevan la tensión o el número siempre vidrioso de la cifra de víctimas de las guerras.

Escaladas e incontinencias verbales de líderes o gobernantes que ya ni se preocupan en atenuar su verborragia ni en disfrazar los oscuros intereses que se esconden en actos y gestos, en medio de amigos o aliados ocasionales que, como ellos, fingen demencia -si es que en verdad no la padecen- frente a las realidades más crueles.

Por disímiles circunstancias, distintas partes del mundo parecieran iniciar este segundo cuarto del siglo 21 en una suerte de compás de espera, en un tablero cuyas piezas se han mezclado de manera caprichosa y en función de intereses que no son nuevos pero tienen en la tecnología y la comunicación sofisticados mecanismos de penetración e influencia.

Ganar cuesta un Perú

Dos semanas después de las elecciones generales para las que había 35 postulaciones presidenciales, Perú aún no ha confirmado quien será el rival de Keiko Fujimori Higuchi en el balotaje del próximo 7 de junio.

La hija de quien gobernara el país en toda la década de los ’90 y luego fuera condenado por crímenes de lesa humanidad y corrupción, encabeza el recuento y es la única que formalmente ha asegurado su presencia en la segunda vuelta.

Con 95,48 por ciento de los sufragios escrutados, Fujimori, del partido Fuerza Popular, obtenía ayer 2.739.241 votos, equivalentes a un 17,1%. En el segundo lugar y con una tendencia favorable en las últimas horas, se situaba Roberto Sánchez Palomino, de Juntos por el Perú, y “heredero” del derrocado presidente de izquierda Pedro Castillo Terrones, con 1.933.270 votos, que suponían un 12,01% del total. Muy cerca se ubicaba el ultraconservador Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, con 1.910.176 sufragios, que equivalían al 11,9%, y quien en su momento denunció fraude y pidió anular unas 4.500 actas por supuestas irregularidades, en un reclamo que no ha tenido ni respuesta judicial ni eco político favorables.

Y mientras magistrados ordenan actuaciones judiciales contra Piero Corvetto, quien ejerció de máxima autoridad electoral en estos comicios, hasta que renunció a su cargo días atrás, la indefinición -que podría extenderse hasta ya entrado el mes de mayo- agita otra vez las aguas y amenaza con alterar el viaje del actual mandatario interino, José María Balcázar, hacia la entrega del poder, el 28 de julio.

Perfilada la batalla final entre la derecha fujimorista y la izquierda que encarnó el maestro rural que la venció en 2021, el establishment económico que mueve tras bambalinas los hilos de la política peruana, espera confirmar el próximo nombre para recordarle que no debe sacar los pies del plato.

Curados de espanto y con base en un presente peruano que vio pasar ocho presidentes en los últimos 10 años, analistas locales miran hacia un Congreso que volverá a ser bicameral y en el que Keiko cuenta con más escaños y Sánchez debería tender más puentes en el caso de llegar a la Casa de Pizarro.

El mapa político sudamericano también aguarda por otras dos elecciones clave de la región: Colombia irá a las urnas el 31 de mayo para designar al sucesor de Gustavo Petro; y Brasil, el país más grande, poblado e influyente de Latinoamérica, lo hará el 4 de octubre.

El giro de Hungría

También en otras latitudes y continentes las urnas han marcado o quizá marcarán cambios de rumbos o tendencias, pero todavía tampoco están del todo claros los alcances y destinos de esos posibles virajes.

La estrepitosa caída de Viktor Orban, por quien habían hecho campaña en la mismísima Budapest el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, o el presidente argentino, Javier Milei, supuso un revés ostensible para la nueva derecha extrema o la variopinta ultraderecha que incluye además del mandatario argentino y al estadounidense Donald Trump, al chileno José Kast, a la italiana Giorgia Meloni (aunque con matices) o los neofranquistas españoles de Vox, entre otros. Pero también es una pérdida para el presidente ruso, Vladimir Putin, con quien Orban tenía estrechos vínculos. La irrupción del joven Peter Magyar como nuevo premier húngaro, más allá de las incógnitas pendientes por su pasado en la misma fuerza de Orban o por algunas declaraciones de campaña, fue celebrada en Ucrania por Volodimir Zelenski, por Pedro Sánchez en España o por la alemana que preside la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen.

Irán juega la guerra en modo Lego y disputa el relato global con IA

Por el contrario, el cambio de mando en Hungría pondrá a ese país en otra lista para el jefe del gobierno de Israel. Y es que según declaró esta semana el propio Magyar, en una diferencia ostensible con su antecesor, hará cumplir la orden de captura emitida por la Corte Penal Internacional si Benjamin Netanyahu ingresa en territorio húngaro.

Por ahora, el primer ministro israelí tiene el foco en conflictos armados que, según muchos de sus opositores, se han alargado con la finalidad de prolongar la supervivencia política y postergar las acciones judiciales que por diversas causas acechan al gobernante que más tiempo ha regido los destinos del Estado hebreo, desde su fundación en 1948.

Mundo en guerra

La prórroga de una endeble tregua con el Líbano, donde los bombardeos israelíes dejaron desde el pasado 2 de marzo 2.491 muertos, casi 7.800 heridos y cientos de miles de desplazados, según datos del gobierno de Beirut, no alcanza para esperar un cercano futuro de paz. Menos aún si se repara en las imágenes que esta semana mostraron el ataque que costó la vida a la periodista libanesa Amal Khalil y el asedio posterior contra ambulancias y equipos que acudieron en su rescate, en contraste con un alto el fuego anunciado el 16 de abril que ya fue muchas veces violado.

Tampoco se han silenciado las bombas y los ataques en Gaza, territorio arrasado donde en teoría rige una tregua pactada en octubre pasado entre Israel y Hamas. Según el ministerio de Sanidad gazatí, desde que se acordó el cese del fuego hace seis meses al menos 809 personas murieron y más de 2.200 resultaron heridas en la Franja que Trump, de la mano de su yerno Jarred Kushner, prometió convertir en la “nueva Riviera del Mediterráneo”, cuando se hayan retirado los escombros y los palestinos que se niegan a abandonar su tierra.

Entre estos últimos están unos 70 mil habitantes de Deir al Balah, una ciudad al sur de Gaza, quienes al igual que un millón y medio de palestinos de Cisjordania estaban llamados a elegir este fin de semana alcaldes, concejales y otras autoridades locales, cada vez más lejos de un Estado soberano propio.

Alineados en un patio atravesado por intervenciones y tragedias

Gaza o el conflicto palestino salieron de las portadas y pantallas a medida que el foco se mudaba a Teherán o al Estrecho de Ormuz. Pero para quienes esperan aún por ayuda en la Franja, como para las víctimas de la Guerra en Ucrania, que Trump prometió acabar en un día y ya superó los 50 meses, los relojes y las urgencias no se han detenido.

Mesianismo recargado

Empecinado en mostrar una imagen siempre triunfal que no condice con percepciones de terceros sobre sus yerros en política exterior, el más impredecible y ególatra de los últimos ocupantes del Despacho Oval de la Casa Blanca, alterna anuncios, amenazas y diatribas tan cambiantes como sus decisiones y estrategias.

Sumido en una crisis de final aún incierto, que dispara el precio del crudo y encarece la energía, a la vez que afecta al transporte, el comercio y la producción globales, el mundo entero asiste a un conflicto que se inició con los ataques del 28 de febrero sobre Irán (donde las cifras oficiales reportan más de tres mil muertes por las bombas de Estados Unidos e Israel), pero que luego se esparció hacia otras naciones de la región.

Este fin de semana, con la mediación de Pakistán, delegaciones de Estados Unidos e Irán dieron señales de retomar el diálogo y prolongar una tregua que cada tanto se rompe con fuego cruzado. El fuego real se focaliza en Ormuz, que Teherán promete cerrar si la guerra recrudece y al que Washington envía portaaviones con miles de soldados, en lo que no pocos ven como preludio de una invasión terrestre.

Con la mira en la elección de medio término que marcará lo que resta de su gobierno, Trump bajó un cambio a su frase de borrar a una civilización pero luego derrochó delirios mesiánicos al enfrascarse en una puja dialéctica y digital con el papa León XIV. Y si de frases enmarcadas en mentados “choques de civilizaciones” se trata, habría que sumar la de Milei al recibir el título de doctor Honoris Causa de la Universidad de Bar Ilán, en Israel, donde afirmó: “Con determinadas culturas no vamos a poder convivir”. O la más temeraria del ministro de Defensa de Israel, Israel Katz, quien este jueves sentenció que su país aguardaba la venia de Estados Unidos para retomar los ataques y “volver a Irán a la Edad de Piedra”.

Ante este panorama incierto, asumido con indiferencia o con pasividad, el planeta (o buena parte de él) parece en compás de espera. Espera hacia una paz demorada y esquiva, o hacia un final para el que algunos parecieran querer acelerar la cuenta regresiva.