El femicidio de Agostina Vega volvió a poner en discusión cómo la sociedad interpreta a quienes cometen este tipo de crímenes. Mientras gran parte de la opinión pública suele describir a los agresores como “monstruos” o personas ajenas a la vida cotidiana, la especialista en gestión educativa Viviana Posay advirtió que esa mirada desvía la atención de las raíces culturales que sostienen estas violencias.
La especialista sostuvo que catalogar a un femicida como un monstruo implica quitarlo del entramado social que lo produce. “Lo empezás a ver como una cosa no humana. Es humano, es una persona que tiene una hija, un trabajo, un vecino que te saluda. No es que las violencias machistas son hechas por personajes de ciencia ficción o películas de terror”, explicó.
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Para Posay, esa idea impide reconocer una realidad que muestran las estadísticas. “El 93% de los femicidas están en el entorno cercano de la víctima y más del 60% son parejas o exparejas. No es el desconocido que te espera en la oscuridad”, afirmó.
Además, remarcó que pensar en los agresores como excepciones individuales también libera de responsabilidades al resto de la sociedad. “Es un concepto muy cómodo porque nos deja tranquilos. Mi hijo nunca va a ser un femicida, mi vecino nunca va a ser un femicida. Pero individualizar el fenómeno impide desarmar la cultura machista”, señaló.
Violencias naturalizadas
Según explicó, estos crímenes no aparecen de manera aislada, sino que representan el extremo de una serie de prácticas que comienzan mucho antes. “El femicidio es el punto final de la cultura machista. No es una cosa rara que va por otro carril, es el final del recorrido”, indicó.
En ese sentido, sostuvo que las formas más extremas de violencia suelen estar precedidas por conductas que muchas veces son romantizadas. “Hemos crecido pensando que si nos celan nos aman más. Después esos espacios de libertad se van achicando cada vez más”, afirmó.
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Posay también cuestionó expresiones que continúan reproduciéndose en distintos ámbitos sociales y mediáticos. “Hace dos minutos escuchábamos a alguien decir que una adolescente parecía más madura para su edad. Son discursos que siguen naturalizando situaciones de violencia y desigualdad”, advirtió.
El origen cultural
La especialista consideró que la construcción de estos patrones comienza desde edades tempranas. Como ejemplo, mencionó una situación frecuente en jardines y escuelas. “Cuando una nena dice que un compañerito la empujó o le pegó, muchas veces se le responde: ‘es porque le gustás’. Ahí se le está enseñando a tolerar una conducta que no debería naturalizarse”, explicó.
Para Posay, estos mensajes terminan legitimando formas de vinculación atravesadas por el control y la violencia. Por eso insistió en la necesidad de revisar prácticas cotidianas que suelen parecer inofensivas, pero que contribuyen a reproducir desigualdades y relaciones de poder desde la infancia.