La desaceleración de la inflación no alcanza, por ahora, para recomponer la economía de los hogares. Así lo reflejan los últimos indicadores relevados por el Centro de Almaceneros de Córdoba, que muestran una inflación mensual del 1,8% durante agosto, por debajo del 2,1% registrado en julio, pero con una inflación interanual que todavía alcanza el 33,3%.
Detrás de esa moderación de los precios aparece una realidad más compleja: el consumo continúa condicionado por la pérdida de poder adquisitivo, el endeudamiento familiar y la creciente necesidad de financiar incluso las compras más básicas.
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El dato que resume esa situación es contundente: el 88,7% de los hogares debió financiar la compra de alimentos durante el último mes. Del total, el 39% recurrió al fiado en comercios de proximidad y el 37% utilizó tarjetas de crédito.
Para Germán Romero, presidente del Centro de Almaceneros, el fenómeno refleja una transformación profunda de la situación social y económica de las familias. “Estamos observando una nueva pobreza, integrada en muchos casos por sectores de clase media que no aparecen dentro de los sistemas tradicionales de asistencia, pero que tienen enormes dificultades para sostener su nivel de vida”, advierte.
La inflación baja, pero el bolsillo no se recupera
Durante agosto, el índice de precios relevado por la entidad registró una variación del 1,8%, mientras que la inflación acumulada durante los primeros ocho meses de 2026 alcanzó el 21,4%.
El comportamiento de los precios fue dispar entre los distintos rubros. Alimentos y bebidas sin alcohol aumentaron un 1,6%, mientras que vivienda, agua, electricidad y combustibles también registraron una suba del 1,6%. Otros sectores, como bebidas alcohólicas y tabaco, equipamiento y mantenimiento del hogar, prendas de vestir y calzado, mostraron incrementos de entre el 1,9% y el 2,3%, por encima del promedio general.
Sin embargo, Romero sostiene que el principal problema ya no puede analizarse únicamente desde la evolución mensual de la inflación. “La desaceleración de los precios es importante, pero no significa automáticamente que las familias hayan recuperado capacidad de compra. Los ingresos siguen corriendo detrás de las necesidades reales de los hogares”, señala.
Según el relevamiento, una familia tipo de cuatro integrantes necesitó durante agosto $2.347.195 para cubrir la Canasta Básica Total y no ser considerada pobre. Ese monto, además, no contempla gastos como alquileres o cuotas de créditos hipotecarios.
Para superar la línea de indigencia, en tanto, esa misma familia necesitó $1.108.000 destinados exclusivamente a la compra de alimentos.
La discusión sobre cuánto cuesta realmente vivir
Desde el Centro de Almaceneros también cuestionan la metodología utilizada para medir la pobreza y el peso que determinados gastos tienen dentro de las estructuras estadísticas tradicionales. El planteo apunta especialmente al crecimiento que tuvieron en los últimos años los servicios, el alquiler y los compromisos financieros dentro del presupuesto mensual de las familias.
La quita progresiva de subsidios y el incremento de tarifas modificaron la composición del gasto doméstico, mientras que el acceso a la vivienda se transformó en uno de los principales factores de presión sobre los ingresos. En este contexto, Romero advierte que existen familias que pueden ubicarse formalmente por encima de la línea de pobreza, pero que enfrentan serias dificultades para cubrir todas sus obligaciones.
“Hay una porción creciente de hogares que, en los papeles, no aparece como pobre, pero que después de pagar alquiler, servicios, cuotas y deudas tiene enormes dificultades para alimentarse o afrontar un gasto inesperado”, explica.

Ese fenómeno es el que la entidad identifica como la expansión de una nueva pobreza, vinculada principalmente a sectores asalariados y de clase media que quedaron fuera de los mecanismos tradicionales de asistencia estatal.
El endeudamiento gana lugar en la economía familiar
El endeudamiento se consolidó como otro de los principales condicionantes del consumo. Según el informe, el 44% de las familias destina más del 50% de sus ingresos al pago de deudas. En paralelo, el crédito formal comenzó a mostrar límites. Las tarjetas de crédito, que durante los últimos años funcionaron como una herramienta para sostener el consumo cotidiano, perdieron capacidad como consecuencia del agotamiento de los límites disponibles.
Actualmente, las tarjetas representan el 31% del total de las deudas familiares. Ante esa restricción, una parte importante de los consumidores volvió a recurrir al fiado en los comercios de barrio.
Pero ese sistema, históricamente utilizado como una red informal de financiamiento entre comerciantes y clientes, también comenzó a mostrar señales de saturación. La morosidad vinculada al fiado se ubica actualmente entre el 28% y el 29%, mientras que la incobrabilidad alcanza el 18,5%.
La situación genera una presión adicional sobre los pequeños comercios, que deben sostener ventas financiadas al mismo tiempo que enfrentan dificultades para recuperar el dinero.
Cuando financiar alimentos se vuelve una necesidad
El dato del 88,7% de los hogares que financió alimentos durante agosto es uno de los principales indicadores de la pérdida de capacidad de compra.
La alimentación, tradicionalmente considerada uno de los últimos gastos que las familias recortan, comenzó a depender cada vez más del endeudamiento. El relevamiento también muestra que el 7% de las familias no pudo acceder de manera satisfactoria a la Canasta Básica Alimentaria.
La situación se profundiza al observar las estrategias que los hogares implementan para enfrentar la falta de ingresos. En el 39% de los casos, los adultos redujeron su ingesta de alimentos o dejaron de comer para priorizar a otros integrantes del grupo familiar.
En los hogares con niños, niñas y adolescentes, el impacto también resulta significativo: el 22% informó que los menores se quedaron sin comer o redujeron sus porciones por falta de dinero.
A esto se suma otro indicador de fragilidad financiera. El 51% de los consultados aseguró no contar con capacidad para afrontar un gasto excepcional de $150.000. La falta de margen para enfrentar una reparación, un problema de salud, una deuda imprevista o cualquier otro gasto extraordinario deja a una parte importante de las familias en una situación de vulnerabilidad permanente.
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El desafío de recuperar ingresos y consumo
Las expectativas económicas también mostraron un deterioro respecto de los últimos meses de 2025, cuando existía una visión más optimista sobre la evolución de 2026. Para el Centro de Almaceneros, la estabilidad macroeconómica y la desaceleración inflacionaria son condiciones necesarias, pero insuficientes para recomponer el consumo si no se produce una recuperación de los ingresos reales.
El diagnóstico de la entidad apunta a que la clase media y los trabajadores formales enfrentan una situación particular: no acceden a programas de asistencia, pero tampoco logran sostener con sus ingresos el nivel de gastos que exige la economía cotidiana.
Romero cuestiona además la falta de herramientas específicas para abordar el endeudamiento de los hogares y sostiene que el problema debería ocupar un lugar central en la agenda económica. En ese sentido, el dirigente destacó las iniciativas impulsadas desde gobiernos provinciales y locales para ofrecer mecanismos de refinanciación y alivio financiero.
Entre ellas mencionó el programa Alivio Cordobés, orientado a generar alternativas para sostener el consumo y facilitar la reorganización de las economías familiares. El desafío, sin embargo, continúa siendo mayor: transformar la desaceleración de la inflación en una mejora concreta del poder adquisitivo.
Por ahora, los datos muestran que esa recuperación todavía no llegó a los hogares. Mientras los índices de precios moderan su ritmo, casi nueve de cada diez familias siguen necesitando endeudarse para llevar alimentos a la mesa, una señal de que la estabilización macroeconómica aún convive con una profunda fragilidad en la economía cotidiana.