Un estudio reciente del Observatorio de la Deuda Social de la UCA ha puesto sobre la mesa una realidad a menudo ignorada: una gran parte de los trabajadores en Argentina enfrenta serias dificultades para alimentarse adecuadamente durante su jornada laboral.
Más allá del impacto social, los especialistas en medicina laboral advierten que este fenómeno se está convirtiendo en un riesgo ya que eleva las probabilidades de accidentes y disminuye la productividad.
La conversación sobre riesgos laborales suele centrarse en cascos, arneses y protocolos de seguridad. Sin embargo, un factor mucho más básico y silencioso está ganando terreno como una de las principales amenazas para la integridad de los trabajadores: la mala alimentación.
El informe reciente de la UCA, en colaboración con Edenred, arrojó una cifra que obliga a repensar el concepto de seguridad laboral: el 83,5% de los asalariados en Argentina sufre algún tipo de vulnerabilidad alimentaria en su día a día.
Muchos trabajadores prescinden de comidas
El estudio revela que, debido a dificultades económicas, muchos trabajadores se ven forzados a saltarse comidas o a optar por alimentos de menor calidad nutricional. Si bien el estudio se enfoca en la dimensión social y económica, sus hallazgos tienen una correlación directa con lo que sucede dentro de fábricas, oficinas y otros espacios de trabajo.
Desde el campo de la medicina laboral, la conexión es clara. “Un trabajador que no ha consumido los nutrientes necesarios es un trabajador con sus capacidades cognitivas y físicas disminuidas”, explica Federico Martín, director médico de Praevida, empresa especializada en medicina laboral. Y agrega: “La fatiga, la falta de concentración y la reducción del tiempo de reacción son consecuencias directas de una nutrición deficiente. En un entorno donde una fracción de segundo puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia, no podemos permitirnos ignorar este factor".
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Esta perspectiva se vuelve aún más crítica al observar las estadísticas nacionales. Durante 2024, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT) registró casi 360.000 accidentes de trabajo y enfermedades profesionales. Aunque es imposible atribuir una causa única a cada siniestro, los expertos coinciden en que un estado de salud precario, exacerbado por una mala alimentación, crea un terreno fértil para los accidentes.

Esta visión es compartida por empresas del sector de la seguridad y salud laboral cuyo objetivo es construir una cultura de cuidado que involucre tanto a empleadores como a empleados, donde la salud se gestione de forma proactiva. Esto incluye desde exámenes médicos periódicos que pueden detectar signos de malnutrición, hasta capacitaciones que eduquen sobre el impacto de la alimentación en el rendimiento y la seguridad.
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Posibles vías de solución
El propio estudio de la UCA señala una posible vía de solución: el 80,4% de los encuestados se mostró a favor de recibir un aporte de su empleador para la alimentación. Esta demanda sugiere que los trabajadores son conscientes del problema y buscan activamente alternativas.
Ante este panorama, ¿qué pueden hacer las empresas? Desde la medicina laboral, los especialistas proponen un conjunto de medidas concretas que van más allá de la “caridad” corporativa. Se trata de intervenciones estratégicas que impactan directamente en la salud, la seguridad y la productividad.

Una primera recomendación es realizar un diagnóstico integral de la situación nutricional de los empleados. Esto puede incluir evaluaciones médicas que detecten signos de malnutrición, fatiga crónica o deficiencias de nutrientes.
La segunda línea de acción es implementar programas de educación y concientización. Capacitaciones sobre la importancia de una nutrición adecuada para el rendimiento y la seguridad pueden cambiar comportamientos tanto en empleadores como en empleados. Esto incluye educar sobre cómo una comida balanceada mejora la concentración, reduce la fatiga y disminuye el riesgo de accidentes.
Una tercera medida es garantizar infraestructura básica en el lugar de trabajo. El estudio de la UCA reveló que entre trabajadores sin acceso a recursos como heladera o microondas, el salto de comidas asciende al 72%. Proporcionar espacios adecuados para que los empleados calienten y conserven sus alimentos es un paso fundamental.
En definitiva, la vulnerabilidad alimentaria ha dejado de ser un problema exclusivamente social para convertirse en un asunto de primer orden en la agenda de la salud y seguridad laboral. Entender que la comida no es un gasto, sino una inversión estratégica en el capital más valioso de cualquier empresa —su gente—, es el primer paso para construir entornos de trabajo más seguros, saludables y, en consecuencia, más productivos.