domingo 29 de enero de 2023
DEPORTES Mundial de Qatar 2022

Argentina campeón del mundo | Fue el “Chiqui” Tapia, bobo

Sin él, no existiría la “Scaloneta”. El presidente de la AFA “inventó” a Lionel Scaloni y lo sostuvo, sin interferirlo, tanto como el técnico jerarquizó a muchos de sus entonces ignotos jugadores. Hoy todos aclaman a los nuevos campeones del mundo, pero a Claudio Fabián Tapia nadie lo incluye ni le reconoce méritos. Es hora de hacerlo y disculparnos.

19-12-2022 15:10

Si usted es diferente, probablemente no caerá bien a algunas personas” (Seth Godin, escritor estadounidense).

Lionel Messi, por fin, rindió su asignatura pendiente, consiguió el título que le faltaba y es el hombre más amado de todo el planeta (literalmente). Julián Álvarez ahora es ciudadano del mundo, como escribió el ‘Chavo’ Fucks en Ámbito Financiero. No faltan aquellos que percibieron la miopía de Marcelo Gallardo, que “no vio” a la revelación del Mundial, Enzo Fernández, la joya que le recomendaban los comandantes de las inferiores y, de acuerdo a “La Página Millonaria”, el DT le pidió que se busque club (Defensa y Justicia): para su suerte fue solo a préstamo. También están los que sienten la injusticia que la respuesta física le adjudicó al otro genio de la Selección Nacional, Ángel Di María, negándole jugar todos los partidos.  Sí, el Mundial de Qatar 2022 nos llenó de observaciones aquí y acullá. Las redacciones y los bares, hinchas y entendidos lo discutieron y lo siguen festejando. Y está bien que así sea.

Sin embargo, la conquista del Mundial fue una obra “superior a ellos”, los goleadores y dibujantes de fantasías en los estadios a la vera del antiguo Golfo Pérsico. Por atrás de esos cracks estuvo el cuerpo técnico, encabezado por un Lionel Scaloni sentenciado en primera instancia (circulan videos de todos los periodistas deportivos poniendo un desaforado grito en el cielo cuando su nominación). No puedo criticarlos, yo también demoré en aceptarlo, demoré más de la cuenta. Parecía improvisación. Uno tiene muy metido en la neurona que ya no funciona bien pero sigue activa, eso de que “la experiencia es fundamental”, y el natural de Pujato, Santa Fe, no tenía pergaminos a la altura de los muchos antecesores suyos que habían fracasado en el intento. Premisas de ese tipo permitían arrojar todas las piedras que se quisiese contra el poco recordado Scaloni, el que – según nosotros, fatuos analistas – nos llevaría a otro fracaso mundialista.

Scaloni nunca reclamó ni dijo nada, apenas no fue simpático con quienes lo criticaban y, en paralelo, enjuiciaban su proyecto de renovación sin conocerlo verdaderamente. Nadie apostó por él. Nadie. Su entorno tampoco salió al cruce de ningún sabihondo. Todos ellos parecían seguir las reglas de la monarquía europea, esa de “no contesten ni alimenten el fuego que quieren apagar”. Y haciendo oídos sordos a la ignominia, llegó al Mundial con 36 partidos de invencibilidad (desde el 02/07/19 hasta el capicúa 22/11/22), instalándose a uno del record histórico que a nivel mundial todavía exhibe Italia, el gigante ausente en Doha que Argentina goleó en la Finalísima, jugada en Wembley, este año.

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Claro que no se hubiese coronado sin las alucinadas repentizaciones de Messi, sin los goles impensados de Julián Álvarez, sin el completísimo juego de Enzo Fernández y sin la esporádica inventiva de Di María, entre otras opciones. No, obviamente no. Del mismo modo que la Junta Militar del ’78 no hubiese celebrado “su” Mundial sin Mario Kempes, Ubaldo Fillol y Daniel Passarella; o Carlos Salvador Bilardo, por estratega que fuese y miles de videos rivales que viese,  no hubiera conseguido el “bi” sin Diego Maradona. Entonces, “a cada uno lo suyo”.

Ya que nos precipitamos antes y fuimos injustos, recapacitemos ahora en busca de ecuanimidad. Precisamente por ese verdadero principio de justicia que exige la consagración y como acto de absolución final, Scaloni bien merece ser esculpido en el mármol de la gloria que conlleva el ‘Tri’. Tanto como merece recibir las disculpas de todos quienes no creímos en su éxito, a lo mejor envenenados por el oprobioso fracaso de 2018. No importa, en desnudo examen de consciencia, hagamos una reverencia y pidamos perdón.

Sin embargo, eso no es todo. No, porque en la cúspide de ese alabastro, por sobre la mismísima Selección y su arquitecto, hay otro nombre para cincelar y reconocer, otra imagen profanada – también apresuradamente – para limpiar. Una más: la de Claudio Fabián “Chiqui” Tapia. El hombre al que, nobleza obliga, todos debemos desagraviar. Si alguien fue criticado, a veces sin consideración alguna y jamás reivindicado, hasta maltratado diría en todo este ciclo, fue el presidente de la AFA. Otra vez la necedad periodística, incluida la mía, funcionó para objetar lo desconocido con requintes de insensibilidad.

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Tapia desembarcó en la sala mayor de la calle Viamonte sin abolengo, no era una celebridad, no pertenecía al círculo áureo de los “Grandes” clubes y los amancebados con ellos. “Venía de abajo”, un pecado en este mundo de figurones y dilapidaciones propias del fútbol profesional. Golpe bajo tras golpe bajo se creó una imagen difusa de él, más borrosa que clara, llena de dudas, desalineada en la finalización de cada trazo. El lápiz del desconocimiento, casi oscurantista, parecía triunfar una vez más; ese era el retrato instalado y consumido: el intruso “Chiqui” no servía.

Tapia, a imagen y semejanza de Scaloni, nunca dijo nada. Como un hidalgo sparring absorbió los impactos, aceptó guantazos, reveses, porrazos y coscorrones; hasta insultos y discriminaciones. En resumen, fue digno. Silenciosamente supo poner la otra mejilla. Todo estaba mal si lo traspasaba, ninguna decisión era correcta si de él emanaba o lo atravesaba. Y claro que erró, como todos, pero nunca –tal vez– tanto como erramos sus críticos, juzgándolo sin el debido proceso e irrespetuosamente, impelidos por “la violenta inclinación de la naturaleza humana hacia el mal”, tal como escribió Catón el Viejo, en sus cartas anteriores a Cristo.

Sus aciertos siempre fueron ignorados. Este mismo año, por ejemplo, nadie publicaba que aun cuando su club, Barracas Central, corría riesgo de perder la categoría, él defendía mantener los descensos, esos que querían amputar otros dirigentes menos decorosos y más acostumbrados a la manipulación, guiados por intereses propios, desdeñando la salud del mismísimo fútbol argentino. A su modo, él la cuido pese a los desmadres de la Liga Profesional.

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Con cuero de elefante, Tapia aguantó los latigazos y bancó su mejor creación, el “proceso Scaloni”. Desaparecieron nombres históricos del elenco nacional, como el de Lucas Biglia y Éver Banega, al tiempo que se jubilaban valores indiscutibles como el Sergio “Kun” Agüero o Javier Mascherano. Y asomaron ignotas promesas que pocos hinchas sabían dónde habían surgido y menos aún adónde actuaban, como Emiliano Buendía o Franco Cervi. Probando y renovando, sin la pompa mediática de otrora, encontró el camino y la imbatibilidad fue avanzando a contramano de las críticas.

Finalmente, llegó el triunfo que lavó el pasado con aguas menos contaminadas: se conquistó la Copa América, esa que se había negado por casi tres décadas. Y se logró a todo lujo, ante Brasil en el emblemático estadio Maracaná. Fue el bálsamo que cicatrizó las heridas abiertas en el lomo de Scaloni y sus colaboradores. Los resultados, ahora, lo tornaban creíble para los “poco-creíbles”. El cambio de discurso se hizo evidente, casi siempre camuflado de distintas formas, menos de la más lógica para el caso, la de la mea-culpa. ¿Para y por qué decir 'me equivoqué'? No hacía falta. Festejemos, somos argentinos.

Eximido y aprobado Scaloni, cuyo apellido ya se prolongaba para identificar a la actual Selección, ahora “Scaloneta”, también de un día para otro, nombres comunes en la guía telefónica como los de Nicolás González y Lisandro Martínez se convirtieron en familiares. Ahora también se sabía que Cristian “Cuti” Romero era cordobés y Emiliano “Dibu” Martínez se agrandaba, hasta obscenamente, como galleta en el agua. Borrón y cuenta nueva.

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Messi, siempre mágico, ayudaba con sus goles a enjuagar los trapos sucios de los vituperadores de turno (“Diego no hubiera aguantado tanta infamia, habría saltado”, me dijo un apóstol de la Iglesia Maradoniana). Nada más importaba: Argentina era campeón de América y casi enseguida sellaba su pasaporte para el Mundial de Qatar y ganaba la Finalísima en Londres. Todo parecía estar de nuevo en orden, lo que casi nunca es malo.

No obstante, el presidente de la AFA siguió murmurado, en el mejor de los casos ninguneado. “Hay tanta afrenta cuando se ataca con saña a quien erró, como cuando se le niega el acierto a quien lo tuvo”, enseñaba el gran periodista rosarino Evaristo Monti. Para los infinitos detractores de Grondona, Tapia nunca pasaría de ser otro granuja y duraría nada; enseguida lo bautizaron “Cheque” Tapia. Y para quienes tenemos a “Don Julio” como el mayor dirigente que ya tuvo el fútbol vernáculo, su alumno “Chiqui” no sería más que un falso imitador. Alguien menor, cuyo tamaño se lo daba Barracas Central (que después de ochenta y pico de años lo devolvió a Primera División, ascenso que la prensa pondría bajo la lupa de las sospechas) y no la “casa madre” del fútbol nuestro de cada día: “La AFA le queda grande” decíamos todos. En muchos momentos, creyentes de nuestro propio discurso, pensamos que el legajo estaba concluido, con castigo inminente, a la espera de un nuevo expediente con otro nombre en la carátula.

Pero el tiempo que a veces condena, también premia. Fue pasando y Tapia “aprendiendo el oficio”, como alguna vez él mismo confió a sus íntimos, sabiendo que el “todo pasa” era mucho más que una leyenda egipcia grabada en un anillo de oro. Así, transcurrió hasta llegar noviembre de este raro 2022, fecha en la que muchos en el mundo ya consideraban a la Selección Argentina como la gran candidata a conquistar el título ecuménico. Favoritismo amparado por un Messi que en el PSG francés repetía un semestre típico del “Barcelona de Pep Guardiola”, lleno de goles y asistencias. Pronóstico también, tímidamente, respaldado por el ahora exitoso técnico que conmemoró en pleno Maracaná un año antes y Wembley pocos meses atrás. Más una veintena de promesas, cuyas caras el álbum de figuritas Panini fijaba definitivamente en la mente de argentinos de todas las edades.

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Del “Chiqui” no había figurita. Y nadie le decía una sola palabra laudatoria, como si todo ese proceso y esas conquistas no hubiesen tenido un mentor. “El día que Tapia contrató a César Luis Menotti como asesor de Scaloni, me di cuenta que lo bancaria hasta el Mundial y que era un directivo que entendía el fútbol”, me dijo el “Chango Juan Carlos Cárdenas, poco antes de fallecer. El crack que en 1967 le dio a Racing y al fútbol argentino el primer título mundial, tenía razón. Pero su concepto no fue pasado a público.

Quizá, faltaba la gran gala. Ganar el mismísimo Mundial. ¿Sucedería? Parecía que sí, caso nos dejásemos empujar por el emotivo triunfalismo de los hinchas argentos. Pero todo pareció ir aguas abajo cuando se perdió el primer partido ante Arabia Saudita, el rival que aparentaba ser el más fácil de la Copa, con el que se podría alcanzar el record de invencibilidad entre todas las Selecciones de la historia... Eso, mientras los otros candidatos ganaban y, en casos, goleaban en ese inicio qatarí. ¿Otro “desastre de Suecia ‘58” cuando teníamos el mejor plantel? ¿Otro Japón/Corea ’02 cuando teníamos el mejor técnico? ¿Otra Rusia ’18 cuando teníamos el peor vestuario de todos los tiempos? Todo volvió a primera plana. Zozobra general en el ambiente.

Más, los jugadores creían en el grupo y en el técnico, se sentían respaldados por la AFA (Tapia). Sabían que el exceso de confianza los había traicionado y se juraban no volver a caer en esa: “Esa derrota nos bajó a tierra; creo que resignamos el invicto para ganar la Copa” declaró tras la Final y con sinceridad Rodrigo De Paul. Pero más importante que todo ello, fue la lección que en ese momento dio Scaloni. Tuvo claro que había cosas que corregir y las corrigió, entendió que no estaba obligado a amarrarse solamente a los nombres que lo habían hecho llegar a Qatar; tenía que hacer cambios y fiarse de sus nuevos elegidos, Julián Álvarez y Enzo Fernández, principalmente. No le tembló la mano para dejar afuera del once titular a Lautaro Martínez y depositar en el banco a Leandro Paredes que no funcionaban, mientras decidía que otro novato, Alexis Mac Allister sustituiría a Giovanni Lo Celso, que quedó fuera del mundial por lesión. Había que armar un nuevo equipo. Parecía arrebatado, tal vez lo era. Un riesgo que debía correr y lo corrió.

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Después del traspié inicial, el presidente de la AFA no fue al vestuario o al entrenamiento, como históricamente se hizo en el fútbol argentino, para apuntar fallas, indicar el nombre de un culpado o sustituir este por aquel. Una vez más Tapia respaldó al proceso y a su líder. ¿Cuánto vale eso?... Solo la prensa, este autor incluido, vio responsables en el papelón del debut; muchos, por ejemplo, no tardaron en bautizar a Lautaro Martínez como “el nuevo Gonzalo Higuain”, por los goles perdidos esa primera tarde... Nada de eso, “Chiqui” continuó fiel a su evangelio, solo bajó confianza y dejó trabajar a los entendidos “a cargo”, como había hecho en los 48 meses anteriores. No lo torcieron los fantasmas del pasado; nada de 1958, 2002 o 2018. Una línea de conducta que no traicionó un resultado por trágico que amagase ser. Prefirió pensar en 2010, cuando la España de Vicente del Bosque e Iniesta perdió su primer partido y tres semanas después levantó la Copa. ¿Por qué no?

Ese es Claudio Fabián “Chiqui” Tapia. Bastante más que un sanjuanino – fanático del verdinegro San Martin – que fue barrendero en Buenos Aires. Tampoco es, simplemente, el yerno del polémico gremialista Hugo Moyano o un ex empleado del Sindicato de Camioneros. No es solo el padre de Iván Tapia, el buen capitán de Barracas Central, mejor jugador que él, que fue un poco recordado delantero de ese centenario club (al que en sus casi 20 años de presidencia “Chiqui” reconstruyó social y deportivamente: el estadio lleva su nombre), o Sportivo Dock Sud, donde colgó los botines, icónicas entidades del siempre épico fútbol de ascenso.

No aterrizó en la AFA en paracaídas, Tapia llegó al cargo máximo porque primero fue integrante del Comité Ejecutivo afista representando a la Primera C, luego miembro titular de la mesa divisional de Primera B, también Secretario de Torneos de la AFA y buen alumno del mejor profesor que la difícil materia “Dirigente de Fútbol Argentino” ya tuvo: Julio Grondona. Por alguna meritoria razón, cuando era ignorado por la prensa hegemónica, fue galardonado “dirigente destacado” de 1ª C en una ocasión y dos veces de 1ª B, en los Premios Alumni que entrega el Círculo de Dirigentes y Ex Dirigentes del Fútbol Argentino. Destaques que en esa larga caminada primero lo erigieron vicepresidente de AFA en 2015 y su presidente en 2017, instante en que comenzó a estudiar inglés y a recibir una patibularia embestida mediática, en casos viciada por intereses espurios que pretendían sentar otros señorones en el sillón que, entre el final de Grondona y su llegada, calentaron con temperatura de trinchera Luis Segura y Armando Pérez.

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En su gestión, además de la pandemia de coronavirus, cruzó indemne el Fifagate. Resistió los intentos golpistas del “angelicismo” (Daniel Angelici), cuando Mauricio Macri era presidente del país, a pesar de haberlo ayudado en las huelgas de los recolectores de basura, cuando el heredero era alcalde porteño. Tampoco se dejó atropellar por la SuperLiga en el auge de Marcelo Tinelli, por quien abogó el presidente argentino Alberto Fernández apenas electo. Y, muy importante: mantuvo el espíritu grondoniano en temas vitales, como la independencia de todos los tribunales de AFA y la importancia del ascenso y del fútbol del interior. También respetó antigüedades en la organización. Puso a Boca y a River en su lugar cuando querían todo para ellos. No concuerda con 30 equipos en Primera y 37 en la ‘B’ Nacional, simplemente – por ahora – acata la imposición que llegó a la AFA antes de él asumir (un carpetazo de Máximo Kirchner  que los gobernadores fogonean semanalmente). Y no se inclinó ante la Conmebol para recuperar la vicepresidencia de la FIFA, la que había conquistado “Don Julio” y le quitaron de un plumazo.

Un dato más: cuando Diego Maradona arremetió en TyC, diciendo que “Scaloni no puede dirigir ni el tránsito”, llamó al DT y lo tranquilizó. Otro dato: el plantel campeón del mundo lo adora, tanto cuanto los empleados de AFA; la gente de Barracas Central ni hablar. Y un último dato: lida permanentemente con su propio Comité Ejecutivo, donde todavía tiene resistencias por cuestiones de casta (más de un integrante esperaba un fracaso en Qatar para expropiarle el deseado sillón presidencial).

Ahora Tapia venció, tanto como vencieron Scaloni y Messi. Vencieron en Doha y nos vencieron a todos nosotros. Y no importa que, a ejemplo del emperador romano Valerio Maximiano, no reprochara a ningún sicofante el examinar de sus actos. No interesa que él no lo pida, de todos modos hay que redimirlo públicamente con un simbólico "bisht" de respeto (la “abaya” árabe que vistió Messi cuando recibió el trofeo). Y más que eso, reconocer nuestro error evaluativo inicial. Disculparnos es de bien nacidos; nos hará sentir mejor. “Chiqui” merece la redención, bobo (si Scaloni es el padre de la criatura, Tapia es el abuelo). Pues, de él nació esta alegría del pueblo argentino, la mayor de todas desde 1986. No le escribiré un villancico en versos hexasílabos, pero diré que llenó el alma agrietada de gente cuyos platos y bolsillos están vacíos. Lo que no es poco en vísperas de navidad.

* Periodista