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DOMINGO / Escándalos que van del papel a las pantallas
sábado 12 enero, 2019

Cuarenta minutos de fama

En La intimidad pública, Beatriz Sarlo analiza ese particular mundo de lo mediático que tiene como actores principales a los famosos. Ocupan la tapa de diarios y revistas, las páginas web y, en muchos casos, son los propios protagonistas quienes lo difunden y amplifican en las redes sociales. Aquí, un fragmento del capítulo “Historia personal de lecturas”, donde describe cómo se lee ese universo (y cómo leemos, en general).

por Beatriz Sarlo

Se gana y se pierde. Para Sarlo, es cierto que Internet brinda la facilidad de acceder a los textos de manera rápida y de poder resolver dudas que se plantean. Pero el libro ofrece otro contrato de lectura, más profundo. Foto: cedoc

La lectura de revistas donde me entero de los escándalos entre “famosos” y de las delicias de la maternidad que los bendice dura cuarenta minutos, de tapa a contratapa. Si me detengo a analizar alguna novedad, la duración se extiende. Pero no son notas que exijan una concentración excesiva ni muchas destrezas. Es suficiente que, en el circuito que forman los medios escritos, los audiovisuales y las redes, los protagonistas se repitan.

Pueblan el espacio donde transcurren las peripecias inventadas o reveladas por los cronistas del show, expertos en el diagnóstico de popularidad y en proteger a sus lectores de las complicaciones innecesarias. Leer no describe siempre la misma actividad ni la misma destreza, velocidad o preparación: “En una sociedad que utiliza instrumentos de la cultura escrita, coexisten varios alfabetismos”. Una masa enorme de investigación ha puesto en claro que no existe una sola lectura, sino posibilidades de leer de un modo u otro. Y que la cultura decide sobre la permanencia o el abandono de un texto.

¿Cuánto deciden las tecnologías de escritura y lectura? Alrededor de esta pregunta simple, hemos girado las últimas décadas. Podría simplificarse: ¿cuánto se pierde y cuánto se gana? Es evidente cuánto se gana: los textos que no tengo a mano en mis estantes los encuentro generalmente en alguna página web. No es evidente cuánto se pierde, desde el momento mismo en que tratamos de leer un libro de trescientas páginas en pantalla. Primera objeción: hay libros que no fueron escritos para ser leídos en pantalla. Por lo tanto, la pregunta es vacía, porque leer un libro de esa extensión en pantalla es como usar un helicóptero para ir hasta el mercadito de la otra cuadra.

Son los lectores quienes deben “adaptar” ese libro para leerlo en sus Kindle. A ese trabajo de adecuación estamos obligados mientras coexistan las viejas formas que dieron nacimiento a la tecnología del libro y las nuevas formas que lo trasladan a un medio electrónico que nació varios siglos después. Seguramente, muchos dirán que es mejor leer a Thomas Mann o a Joyce con el apoyo de las decenas de referencias y diccionarios que nos acompañan si los leemos en pantalla.

Un tradicionalista responderá que esos libros no fueron escritos para leerlos con el auxilio inmediato y la inmediata interrupción de un Cerebro Mágico que solucione, en el instante, las dudas, las hipótesis, y cierre todo el sistema de obstáculos y presuposiciones que son también la riqueza de una lectura, porque vienen de la memoria y dejan que la ignorancia haga su trabajo lento.

No recuerdo cómo fue avanzando y cambiando mi lectura en pantalla. Probablemente no puedo recordarlo con precisión porque hubo fragmentos de una infinidad de libros ya leídos sobre papel o búsquedas en nuevos libros que desconocía, pero sobre los que sospechaba que tenían algo que podía interesarme; hubo archivos, páginas web, blogs, y así hasta hoy. Lo primero que leí en pantalla, desde la web y no desde archivos adjuntos que me enviaban amigos o conocidos, fueron datos, que buscaba en el campo, hoy muy poblado, de diccionarios, ficheros, catálogos, mapas, cronologías, fotos y, más tarde, la siempre salvadora Wikipedia. Pero el verano pasado decidí que iba a leer una novela en pantalla: Salammbô, de Gustave Flaubert. Quise encarar un experimento difícil: leer al aristócrata del estilo perfecto en la cárcel gráfica de Kindle.

Como a cualquier lector acostumbrado a avanzar y retroceder las veces que se le ocurra, la experiencia es enervante o sencillamente inútil. No puedo leer a Flaubert sin tener la posibilidad de volver a lo leído; no puedo leerlo sin cotejar una página con otra que está diez más atrás o veinte por delante. Cualquiera que lea en Kindle sabe que esto es posible, pero que el trabajo de ir y venir es mucho más engorroso que si tuviera un libro impreso sobre papel en las manos. Sé perfectamente que, en el dispositivo, puedo señalar, marcar con diferentes colores y pasar texto a tarjetas. Pero estas operaciones son más complicadas que el simple acto de dar vuelta las hojas de papel para buscar lo que se señaló en los márgenes. Esto le sucede a un lector que vuelve hacia atrás. Y a ese lector debiera avisársele que Kindle no es la forma más amigable para seguir su capricho de lectura. Abandoné Salammbô, porque Flaubert no había escrito su exótica novela para que fuera usada del modo determinado por la nueva tecnología. Aunque es una novela de amor y guerra, no está para ser leída con un monocorde movimiento hacia adelante, como si se tratara de un folletín de historia y ficción, de los que hoy están de moda.

Es cierto que pude ejercer mi libertad de abandonar la versión Kindle porque sabía que en mi biblioteca estaba la versión impresa. Si Salammbô hubiera sido un libro inconseguible, seguramente habría aceptado todos los inconvenientes. Pero lo que la tecnología no logró con Salammbô es “reinventarlo”, como suelen decir los entusiastas de un futuro iluminado. A veces padezco accesos de optimismo tecnocrático y, pese a Flaubert, me digo que estoy mejor así, saltando de un libro a otro, sin preocuparme de las condiciones de lectura.

La poesía sufre menos que las novelas. La longitud de cada pieza suele ser reducida. En muchísimos casos alcanza con una sola pantalla, sin necesidad de desplazarse a la siguiente. Hace poco tiempo, leí Los doce, de Alexander Blok, en una de sus versiones de la web. En ese caso, el problema no fue el formato digital, sino uno más antiguo, que los traductores automáticos no solucionan. Para Blok no me faltaba la página impresa sino tener alguna idea de cómo era en ruso. Tal cosa no podía buscarla en ninguna parte. El límite era mi desconocimiento completo de las formas gráficas y sonoras originales. Los diccionarios de la web no podían desvanecer ese obstáculo.

Así como hace un siglo se aprendía a usar un teléfono y, antes, a conducir un auto o una bicicleta, ¿cuánto debemos aprender para usar la nueva tecnología en cada una de sus etapas? La primera computadora que usé no tenía Windows como sistema operativo. Se encendía, titilaba un guión anaranjado sobre la pantalla gris y desde allí debía llamarse al genio encerrado en algún lugar real o virtual al que se accedía tipeando c:\.

Esa computadora estaba en un instituto de investigación alrededor de 1986. Habíamos aprendido a usarla un ingeniero, una secretaria que con sabiduría laboral intuyó que rápidamente se quedaría sin trabajo si no se convertía en una experta tipeadora de Word Perfect, y yo, siempre atraída por la tecnología, como si estuviera bajo la remota influencia de Roberto Arlt. Escribíamos nuestras cosas y, muchas tardes, esos textos o planillas desaparecían. En ese momento, desesperados y sumisos, llamábamos a un técnico a quien le explicábamos todo con las mismas palabras repetidas: “La computadora me tragó el archivo”. Eso durante meses, mientras nuestros compañeros nos miraban como si estuviéramos contaminados por un virus que se alimentaba con nuestros trabajos. Ellos seguían tipeando en la Olivetti.

Esta relación temprana (para el caso argentino) me volvió una fanática. Compré mi primera Toshiba portátil en enero de 1989. Todo el mundo pasaba por mi escritorio para admirarla; por entonces, ya había aprendido lo suficiente para que mis archivos no fueran devorados por el agujero negro que se generaba como venganza de un golpe de tecla errado. Empecé a usar programas para hacer fichas de los libros; no eran programas ni buenos ni flexibles, pero me inculcaban la idea de que seguía el camino del futuro. Mi entusiasmo en la temprana década del noventa solo me autorizaba a descubrir las ventajas de la digitalización.

Una de ellas, todavía hoy, me parece un milagro bienhechor: nunca más había que numerar notas al pie de página. Se numeraban y se reubicaban “solas”. Otra, también difícil de entender, era que el mismo escrito podía pasar a distintos tipos de letra, como si existiera una sustancia digital que quedaba intacta mientras yo modificaba su aspecto exterior. Quienes todavía no trabajaban con computadora se hartaban de interminables conversaciones entre gente que, por otra parte, sabía muy poco de lo que hablaba.

La comunicación a distancia se realizaba, entonces, por fax. Esta tecnología no cambió el estilo de las cartas que se enviaban: el formato era el mismo, los encabezamientos, la mención de lugar y fecha. El fax era una carta, pero de llegada relativamente instantánea. A fines de los noventa, en Dinamarca, escribí los primeros correos electrónicos. Con ellos, en efecto, cambiaba todo. Incluida nuestra forma de leer, nuestra velocidad de respuesta, nuestro consumo acelerado, no tanto por la masa de comunicaciones que recibíamos sino por la sensación de urgencia y velocidad que acompañaba a la nueva expansión tecnológica.

Empezamos a pensar en términos de minutos y todo lo demás pareció lento, arcaico, innecesario. (...)

La tecnología siempre ha producido reacciones optimistas (incluso utópicas) y reacciones pesimistas y melancólicas. Es obvio que las formas de uso de los nuevos aparatos de lectura nos acercan al fin de la lectura intensiva.

 Leída en el teléfono, cada noticia merece solo treinta y cinco segundos en promedio. Cualquiera que la lea sobre papel sabe que el tiempo requerido es más largo, incluso si solo se lee el título, la volanta y el copete. Las noticias, cada vez más complejas, se vuelven tan nítidas como aproximativas y el recuerdo que queda es el de titulares (si es que permanece algún recuerdo). Una intrincada noticia económica termina sintetizada en el alza o la baja de algún índice o el precio de las divisas, cuya cifra se repite en diarios, medios audiovisuales y redes, sin que la explicación permanezca. Hay noticias mejor adaptadas a este régimen veloz. Son aquellas que tocan zonas de la imaginación delictiva o de los miedos. De cualquier forma, todas mueren por efecto de la acumulación; el crimen o la pasión de ayer deben dejar lugar al de hoy, que deberá ceder su espacio al de mañana. Por eso es tan difícil mantenerse en las primeras planas reales y virtuales. Más adelante trataré de explicar cómo lo logran los famosos con los vericuetos de sus biografías.

Vuelvo al comienzo. ¿Qué hacen las nuevas tecnologías con los textos? Los ponen al alcance, los acercan, responde el manual bien pensante. Democratizan, distribuyen, diseminan, y una larga lista de sinónimos bienhechores. Cierto.

¿Cambian nuestra posición como lectores? Seguramente la cambian. Nos dan más poder para decidir la situación de lectura, el lugar, la hora del día. Todo esto si pensamos en lectores con acceso ininterrumpido a internet o con un gran archivo de textos bajados de la web, es decir lectores que ya han buscado previamente, sin atenerse solo al azar de los encuentros fortuitos. Estos lectores han multiplicado sus condiciones de lectura y sus posibilidades de comparación de textos, de imágenes y de sonidos. Quiero pensar que no son una minoría, pero los resultados de las pruebas de lectura en la escuela primaria y secundaria me indican que es equivocado ser demasiado optimista, porque los que no comprenden un texto en la adolescencia son también, según comentarios de los expertos, quienes mejor se manejan en internet. ¿En qué se funda este optimismo que no presenta sus datos?

Cualquier tipo de lectura no es apropiada a cualquier texto. Las ojeadas rápidas para enterarse de algunas noticias en la web son desoladoras si el texto presenta dificultades equivalentes a las de la primera estrofa del Martín Fierro, que es bastante sencilla, pero incluye una palabra rara, escrita con una ortografía también extraña (vigüela) y una comparación que no es difícil de entender pero que, como toda comparación, tiene su enigma: (...)

Es verdad que la velocidad de las nuevas tecnologías exige que aprendamos a leer de otra manera. Y de este modo las diferencias culturales parecen más porosas que las diferencias sociales, pero quizá no lo sean. El entrenamiento cultural es como el entrenamiento deportivo, obligatorio.

Solo los populistas aceptan la obligatoriedad del entrenamiento deportivo y rechazan la del cultural. Internet seguramente puede ayudar a unos y otros: despierta el populismo tecnológico, pero es un sistema de distribución que demuestra las bases flojas del populismo, porque en la red no se aprende todo lo necesario para usar el sistema. Por ejemplo: se aprende solo un modo de leer, el de la lectura rápida y salteada.(...)

 Leer es manejar sistemas que se aprenden leyendo. El círculo puede ser una condena o un placer. Entro a una red social. Los mensajes usan la lengua del lugar donde han sido emitidos. Generalmente la emplean en sus formas coloquiales simples. El vocabulario requiere estar actualizado en la cultura del momento, conocer las palabras de moda, saber cuándo ya se deja de usarlas; ser hábil en el manejo de los tonos, de la agresión a la ironía, de la sinceridad brutal o el fingimiento hipócrita. Pero todos estos dispositivos tienen que aplicarse a algo rigurosamente actual. No sería eficaz un escándalo ni un chisme ni una invectiva si carecieran del valor de la más flagrante actualidad. Maradona es un experto. Pero hay miles que, sin la notoriedad gloriosa del futbolista, también conocen las reglas. Las reacciones y las acciones muy comentadas transcurren entre expertos.

Hay reglas. La primera tiene que ver, nuevamente, con el tiempo de lectura o el de comprensión de una trasmisión oral. Hace poco, el entrenador de un seleccionado de fútbol hizo un diagnóstico que demuestra una experiencia tan fina como la de un psicolingüista. Se refería a la forma en que tenía que asegurarse la llegada del mensaje a sus jugadores. Y dijo: “Si hablo más de tres minutos, perdí, porque después de tres minutos ya no prestan atención”. Tres minutos: el lapso de atención de hombres jóvenes, saludables y privilegiados. Seguramente por eso, Messi no se enteró de que él y su padre evadieron millones en impuestos en España: no pudo atender una explicación más larga sobre la maniobra.

El lapso de atención es también un producto de las tecnologías que transmiten el mensaje. Algunas investigaciones señalan que los estudiantes secundarios se atienen a la primera respuesta que encuentran en la web. Sus profesores, a quienes la pedagogía les enseñó (o los obligó) a ser optimistas tecnológicos, recurren a una tautología o a una verdad de Perogrullo cuando dicen que así funciona la web para los adolescentes: primera búsqueda, primera respuesta y final. Se puede criticar el instantaneísmo de los adolescentes; se puede criticar también el optimismo tecnológico que pregonan sus maestros. Pero es probable que las cosas, en la web, no puedan funcionar de otro modo, porque es un espacio técnicamente apropiado a la velocidad. Todos sabemos que si una página tarda más de un instante en cargarse, comenzamos a teclear sobre el escritorio. La velocidad es la promesa, a ella nos adaptamos y eso es lo que exigimos.


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