La escalada bélica en Medio Oriente volvió a meter presión sobre los mercados globales y reabrió una discusión sensible para la Argentina: más ingreso potencial de dólares por energía, pero también más inflación, más riesgo país y un dólar que, según Salvador Di Stéfano, ya encontró piso y debería acompañar la suba de precios.
La guerra volvió a activar el manual clásico de cobertura en los mercados. Según el análisis publicado por el analista de mercados conocido como "el gurú del blue", el primer impacto se vio en la suba del petróleo, en el fortalecimiento del dólar a nivel internacional y en una mayor presión sobre los activos emergentes. En ese contexto, Argentina aparece atravesada por un efecto doble: puede beneficiarse por un mayor flujo de divisas ligado a la energía y al agro, pero al mismo tiempo queda más expuesta a la inflación y al encarecimiento del riesgo financiero.
Los bajos salarios y la falta de trabajo desplazan a la inflación en la agenda económica
Para Di Stéfano, el canal central del shock es el crudo. Su análisis plantea tres escenarios: un barril estabilizado entre US$ 90 y US$ 100 mientras persista la incertidumbre, una suba hasta US$ 150 si el conflicto escala con mayor involucramiento de potencias, o una baja a la zona de US$ 60 a US$ 70 si se alcanza un alto el fuego. Esa variable es clave porque no sólo afecta al negocio energético: también condiciona la inflación, la tasa de interés y el humor global hacia los países emergentes.

En la visión del analista rosarino, la Argentina podría capturar parte del lado favorable de ese movimiento. Su argumento es que un petróleo más caro implicaría más dólares por exportaciones energéticas y más ingresos fiscales, ya que el sector tributa retenciones. A eso suma una expectativa positiva sobre el agro: en su columna menciona una posible cosecha de maíz de 64 millones de toneladas, dato que conviene tomar como referencia atribuida a su análisis.
Pero el efecto no sería limpio. Di Stéfano advierte que la suba del petróleo también empujaría el precio de los combustibles y volvería más difícil la desaceleración de la inflación. En su lectura, el mercado ya estaba descontando una inflación anual en torno del 28,7%, estimada a partir de la brecha entre bonos en pesos a tasa fija y títulos ajustados por CER, el coeficiente que indexa capital por inflación.
Ahí aparece el punto que más mira el mercado cambiario: el dólar. Según Di Stéfano, el tipo de cambio “encontró un piso” en la zona de $1.390 a $1.400 y, en algún momento, “tendrá que copiar la inflación corrida”. Su razonamiento es macroeconómico: si el dólar se atrasa frente a los precios internos, la inflación en dólares sube por encima de la internacional, se enfría la competitividad exportadora y se incentivan más importaciones. En otras palabras, su hipótesis no es la de un salto discreto inmediato, sino la de una corrección cambiaria que acompañe el ritmo inflacionario para evitar un mayor atraso del tipo de cambio real.
Las reservas del BCRA y la deuda
El diagnóstico se completa con la mirada sobre reservas y deuda. En su análisis, Di Stéfano sostiene que el Banco Central mantendrá la política de acumulación de divisas. Señala que hasta el 19 de marzo de 2026 en el mercado libre de cambios se habían negociado US$ 12.240 millones y que la autoridad monetaria había comprado US$ 3.614 millones, equivalentes al 29,5% del total operado. También afirma que las reservas se ubicaban en US$ 43.702 millones y proyecta que podrían llegar a US$ 50.000 millones hacia el 30 de junio.
Desde esa base, el economista interpreta que no hay un riesgo inmediato de cesación de pagos y remarca que el mercado sigue distinguiendo entre bonos que vencen dentro del actual mandato y títulos con vencimientos posteriores. Esa diferencia, según su lectura, refleja que los inversores muestran más confianza en el corto plazo que en el tramo más largo de la curva, donde vuelve a pesar la incertidumbre sobre la continuidad futura del programa económico.
La conclusión de fondo de Di Stéfano es que la guerra no pega de una sola manera sobre la Argentina. Puede mejorar la caja de dólares por exportaciones, pero al mismo tiempo obliga a recalibrar toda la nominalidad de 2026: inflación más alta, tasas reales más exigidas, riesgo país otra vez en el centro de la escena y un dólar que, tarde o temprano, debería moverse para no profundizar el atraso cambiario.
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