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9 de Julio

La santa locura de aquellos argentinos

Aniversario histórico del 9 de Julio. Fragmento del libro La santa locura de los argentinos.

día de la independencia 20210708
día de la independencia | CEDOC-REDES

¿Qué era la Argentina entonces? Desierto áspero. Vacío. Espacio sin tiempo. El mundo como el primer día de la creación. Grandes, dulces, terrible ríos del litoral. Pampas húmedas y barrosas en invierno; resecas en el verano ardiente. Salitrales en el Norte, abandonados fondos marinos. El Sur, del mar bravío, de aguas heladas, mercuriales batiendo los roquedales oscuros. Pajaradas litorales, peces ingenuos, tropillas salvajes; todavía no amenazados por la cruel y utilitaria presencia humana.

A lo lejos, cruzando este mundo del primer día, la diligencia, la "mensajería", con sus postillones transformados en máscaras de polvo ocre, divisando vizcacheras y quebradas. Es apenas un punto en la inmensidad levantando un altísimo cono de polvo reseco, como el humo del vapor en la inmensidad oceánica.

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En esa diligencia, a los tumbos, que apuntaban hacia Tucumán entre cardales y el faro verde de algún ombú, de levita y reloj suizo en el chaleco, iría algún fundador de la Patria. Laprida o Boedo, o el cura Oro.

Por la ventanilla de la mensajería mirarían ese espacio como un desproporcionado regalo de la grandeza de Dios (¡tanto para tan pocos!) Y pensarían -ya civilizada y constitucionalmente- en rescatar el espacio abierto, lo enorme, y vincularlo y asimilarlo con el tiempo del hombre.

Había que alcanzar Córdoba, Río Cuarto, La Rioja o Santiago. Luego, con suerte, serían una semana o diez días de tumbos y sed para llegar a Tucumán, con su frescura de huerto, de casas con umbría de persiana larga. Caserones con sábanas de hilo, fuentes con las famosas naranjas, refrescos de limón sutil y caña de azúcar pelada, para que el viajero pueda morder su dulzura.

Esos hombres aparentemente sensatos, capaces de la cita en latín o francés, estaban llevados por una inexplicable locura, seguramente de raíz ibérica, puramente quijotesca.

Esos hombres aparentemente sensatos, capaces de la cita en latín o francés, estaban llevados por una inexplicable locura, seguramente de raíz ibérica, puramente quijotesca.

Se proponían la independencia y la libertad. Fundarla Argentina, las Provincias Unidas. Decían: "Sí aquí no hay nada, si éstos son desiertos y potreros olvidados por Dios, y a tres meses de navegación de las potencias civilizadas, nosotros, por voluntad cojonal, haremos aquí una gran nación. Y, como no hay nada, estableceremos lo mejor. Será una nación para vivir y existir, no para sobrevivir sin pena ni gloria”. Nadie puede explicar el origen tan desmesurado e infundado propósito fundador. No había en esa gente freno de sensatez. No eran pragmáticos ni realistas. Nadie dijo, en la casa de los Aráoz, donde se reunían solemnemente durante el día y donde bailaban por la noche tomando vino de Cuyo, que el propósito era irreal o carente de realismo o de lógica.

Ni siquiera dudaron cuando se les susurró que estaban condenados por las potencias centrales reunidas en 1815 en el Congreso de Viena (Tayllerand, Metternich) y que se preparaban expediciones militares de castigo en España e Inglaterra.

El "general nuevo"

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La duda no fue tema del Congreso, San Martín, el "general nuevo", se reunía en secreto con Pueyrredón no para defenderse de la amenaza, sino para atacar con una maniobra militarmente desaconsejada por los técnicos: cruzar los Andes y llevar por mar un ejército y las caballadas al Perú.

El acta que firmó Laprida en primer término, cuando se oían vivas y gritos en el salón de piso de ladrillo encerado de los Aráoz decía que unánimemente habían declarado su independencia ante la faz del mundo, votando cada uno de los congresales "comprometiéndose al cumplimiento y sostén de su voluntad de independencia manifestada, bajo seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama".

¿Por qué creyeron en la posibilidad de los mejor después de haber cruzado ese desierto de polvo y de caranchos?

Habían establecido su voluntad sobre la nada, y en poco más de un siglo en aquellos desiertos se alzaría una nación con una calidad de vida similar ala de las más progresistas de la Tierra. Y aquel aldeón llamado Buenos Aires, donde las gallinas picoteaban por los zócalos del Cabildo y del Fuerte, sería una de las diez metrópolis más importantes del planeta.

Eran Quijotes de levita, sotana o uniforme. Convergían hacia San Miguel de Tucumán. Cruzaban un desierto que no puede haber imaginado el manchego. La Confederación Argentina que empezaba a nacer en el corazón de aquellos soñadores empecinados e irreductibles era tierra baldía, waste land. Apenas un paisaje lunar situado entre el último día de tarea de Dios y antes de la obra del hombre.

Era el año 1816, que empezaba amenazador: España se aprestaba a reconquistar el espacio perdido por el impacto napoleónico. Una armada de quince mil hombres al mando de Morillo iba a dar cuenta de subversivos que se llamaban Miranda, Bolívar, San Martín y otros.

Eran Quijotes de levita, sotana o uniforme. Convergían hacia San Miguel de Tucumán. Cruzaban un desierto que no puede haber imaginado el manchego

El Congreso de Viena había restaurado un poder europeo-mundial entre valses, aventuras de boudoir y champagne. Talleyrand y Metternich -dos genios- edificaban un nuevo orden mundial. Entre los cristales del salón de Schönbrunn les deben de haber contado de cierta remota conspiración de abogados, curas y militares que aspiraban a un contra congreso, con vino carlón, cielitos, arroz con leche y locros. Habrán sonreído con suficiencia, porque de esas pampas sólo se conocían los relatos de misioneros o ingleses excéntricos.

Entonces la Argentina era más bien un océano de tierra amenazadora. Ir de Buenos Aires a Tucumán llevaba unos veinte días, siempre que no se topase con barriales o indios levantados. Una legua podía costar todo un día de tironeos con la cuarta. Una carga de muebles, libros o alimentos podía necesitar seis meses de carreta. Las jaurías, a veces de tres mil canes cimarrones, solían atacar las galeras con los ojos rojos como ascuas, enfurecidas de hambre. Eran implacables con cristiano de a pie o con animal enfermo. Las galeras se amarinaban como naves y se partía entre gritos de postillones, llantos de adiós y ladridos de perros queridos.

Monotonía de sucesivos cardales. Gritos de teros asustados. Noches cósmicas. Pampa húmeda y vacía. Salitrales infinitos. A veces polvareda de potros cimarrones.

Estos hombres pasaban las horas de traqueteo tratando de fijar la vista en Rousseau o en Chateaubriand. De un sacudón las hojas saltarían del sosegado Samuel al inquietante Apocalipsis.

El rigor de la jornada no amainaba en la noche de la posta. Se bendecía un catre sin chinches o sin vinchucas que "se inflaban con nuestra sangre hasta adquirir el tamaño de una avellana" (Mantegazza). Un científico inglés anotó que los mosquitos "parecían pichones de langostas marinas" y que sólo era posible dormirse después de la cena (la de ellos, se entiende). Raramente la carne de la fiambrera era fresca y se accedía a un buen asado. Generalmente aparecía un puchero peligrosa y misteriosamente residual, donde se disimulaba entre picantes la carne abombada.

Nuestros almidonados académicos no nos cuentan que aquellos hombres, aquellos fundadores, iban acosados por terribles dudas, dolores de muelas, melancolías de amor, indigestiones, picaduras, pasmos y deudas. Seguramente soñaban un modesto "progreso" de casas con jardín, bibliotecas de nogal, caminos seguros y asados de carne fresca rociados por vino de Mendoza. Ciertamente no pudieron imaginar una consecuencia de autopistas, aeropuertos, silos, comisiones de energía atómica, o suponer que sólo ciento diez años después aquellos desiertos serían la sexta potencia financiera del mundo.

Pobres y solemnes, todos fueron llegando hacia fines de junio a Tucumán.

Pobres y solemnes, todos fueron llegando hacia fines de junio a Tucumán. Se repartieron en las casas de familia. Sus huesos doloridos se amodorraron entre sábanas de hilo que olían a alhucema. El 9 fue la gran sesión en casa de Zavalía. Allí lanzarían su desafío al mundo. Todos respondieron con una sola aclamación cuando el secretario del Congreso, Paso, preguntó "si querían que las Provincias de la Unión fueran una nación libre e independiente de los reyes de España". Fue unánime. Nunca habrá resonado más argentinamente el ¡Arriba, Argentina!

Las copias del Acta fueron expedidas inmediatamente a Buenos Aires y de allí partieron en sobres lacrados hacia las orgullosas cancillerías europeas. Habrán pensado que se trataba de una burla, pero ya Bolívar reanudaba su ofensiva retornando de Haití y San Martín se encontraba con Pueyrredón para definir la estrategia naval-militar más novedosa de la época: el insólito cruce de los Andes y el desembarco en Pisco. La sinrazón patriótica y genial vencía al sórdido cálculo, a las conveniencias de la mediocridad.

Ahora el desierto, los perros cimarrones, el puma, ya no existen. En las postas está el Automóvil Club u hoteles confortables. Ya no se oye el canto del gallo ni el de las campanas, ni en Buenos Aires ni en Tucumán. Si aquellos fundadores retornasen con sus levitas polvorientas y sus charreteras bordadas por monjas de la caridad no comprenderían nuestras tribulaciones. Esa tristeza de no saber administrar las cosas, de perder rodeados de riquezas. De no tener inventiva ni siquiera para administrar con astucia.

Sentimos en nosotros una sana rebelión contra la decadencia. No nos conformaremos en nuestra generación con seguir perdiendo años en lamentos

Ellos verían que el único desierto está ahora en el fondo de nuestros ojos. Es el desierto interior. La falta de coraje, de fantasía, de propósito generoso, fundacional. Nuestra eterna queja les parecería pura flojera. Si pudiesen romper ese cristal velado que nos separa de los muertos nos preguntarían: "¿En qué lujo de santidad o de heroísmo están ustedes usando el instante de la vida? ¿En qué grandeza emplean ustedes la maravilla del poder?"

Sentimos en nosotros una sana rebelión contra la decadencia. No nos conformaremos en nuestra generación con seguir perdiendo años en lamentos. Hay signos saludables de esta reacción que nos une más allá de diferencias partidarias.

No es posible que esos héroes del pasado, que suelen merodear especialmente alrededor de los días patrios, cuando escuchen otra vez el estremecedor ¡Arriba, Argentina! sea solamente por algún gol de Maradona o Messi en el Mundial.

*Autor de La santa locura de los argentinos. (Fragmento).