sábado 03 de diciembre de 2022
ELOBSERVADOR Exclusivo | Cmo es "Mis aos con Nstor"

Anticipo del libro de la exsecretaria de Kirchner que vive con miedo

Describe el detrás de la escena, con historias sobre bolsos con dinero, negocios con bonos oficiales y hasta lingotes de oro.

30-06-2013 00:21

Tengo miedo. Por mí y por mi familia. Por lo que nos pueda pasar. Necesito repasar los hechos de mi vida para saber cómo llegué a esta situación. Siempre fui una militante de base, peronista y católica, preocupada por la cuestión social.

Tengo miedo. El viernes 17 de mayo recibí una visita. Luego de contarle a Lanata en Periodismo para todos algo de lo que vi durante los años que trabajé en la secretaría privada de Néstor, y después de haber testificado durante más de cuatro horas ante María Julia Sosa, la secretaria del juez Julián Ercolini, me visitó Darío Díaz. El creador y director del programa de protección a testigos quiso persuadirme de la conveniencia de ingresar a ese programa, dado que, según su evaluación y la de otros colegas, yo debía resguardar mi integridad y la de mi familia.

Si yo aceptara esa propuesta, si pasara a ser una testigo protegida del programa, sería extraída de la “zona de riesgo”, llevada a un destino geográfico desconocido para mí y para mi familia, donde nadie nos conociera, y nuestros nombres y apellidos desaparecerían, cambiados por otros.

Un destierro en mi propia patria, que es lo que sentí, en el fondo, luego de que fui echada de mis tareas en Casa de Gobierno y condenada a un ostracismo que está lejos de concluir, en el que muchos de mis compañeros de militancia de años fingen no haberme conocido, y tienen miedo hasta de nombrarme, y muchos poderosos de hoy, que yo vi nacer y crecer económicamente al amparo del ex presidente, me huyen como si transmitiera la peste.

Tengo miedo. Hoy, hasta que tome esa decisión, por sí o por no, estoy custodiada por la Policía Metropolitana. Qué paradoja, que una kirchnerista de paladar negro sea custodiada por una fuerza creada por el PRO. Pero vivimos en la Argentina…

Cuando vino a verme, Darío Díaz fue muy amable y correcto, me dio la mano firme. En mi estado de hipersensibilidad no pude descubrir si ese apretón era sincero o una especie de subrayado que el hombre imprimía a su gesto para que yo confiara en él.

¿Puedo confiar en alguien? No lo sé. Mi experiencia me indica que no. El único hombre de la política en quien confié siempre está muerto. Y tal vez ahí empieza toda mi desgracia.

¿Puedo confiar en un funcionario que es parte del gobierno que me destrató y al que temo? Díaz me dice que su programa depende del Ministerio de Justicia, pero que no informa a éste. Me dice también que el Tribunal Internacional de La Haya destacó a su programa, estimándolo superior a los de Colombia y los Estados Unidos.

Pienso, me desvelo, me angustio. Lo único que sé es que los hombres que me custodian son voluntarios, no han sido designados: eligieron cuidarme. La única orden que ellos recibieron fue la de protegerme. Darío Díaz me asegura que, si me acojo al programa, voy a estar contenida por profesionales psicológicos –ya que un desarraigo de estas características cuesta mucho–, con casa, trabajo, la posibilidad de sanear deudas. No sé si es la cola del diablo que me tienta en el punto de mi necesidad, o la mano de Dios que me ofrece la salvación.

Yo sé que mucha gente va a comprar este libro buscando una respuesta a un misterio menor, un chisme: si fui o no fui amante de Néstor Kirchner durante los años de mi trabajo como su secretaria privada. Nunca es posible satisfacer la curiosidad ajena.

En mi modesto caso, una respuesta afirmativa o negativa no tendría la menor relevancia en los asuntos de Estado. Sí, en cambio, debo señalar que si afirmo ahora que fui la amante de un hombre casado cuya viuda es hoy presidenta de la Nación, le hago un flaco favor a la causa nacional y popular en la que siempre creí, y dejo que algunos de los lectores de este libro crean que mi testimonio se debe a un asunto minúsculo, al resentimiento y el despecho.

Y si niego haberlo sido, me pongo contra la corriente general de los que necesitan la respuesta que ellos esperan para seguir alimentando las fantasías más afiebradas. La secretaria y su jefe, el escritorio, el secretito, la clandestinidad, los encuentros a escondidas, las promesas de amor nunca cumplidas, etcétera, etcétera. Por lo tanto, que cada cual piense lo que quiera. La verdad sólo la sabemos a ciencia cierta Dios, Néstor, Cristina y yo.

Sí puedo decir esto, que Néstor me dijo más de una vez: “Cristina y yo te tenemos un profundo afecto. Confiamos en vos. Ella te respeta mucho. Si no, no estarías a mi lado”. Ese malentendido sobre mi rol comienza hace mucho tiempo, en Buenos Aires, cuando yo acompañaba en los actos al presidente. De lejos, mucha gente me gritaba:

—¡Cristina, Cristina!
O me decían:
—¡Cuidalo, cuidalo!

Y yo, sonriendo, tenía que contestarles rápidamente que no era Cristina, que ni siquiera me parecía a ella: que sólo era la secretaria del presidente. Pero tengo que volver a mis miedos, a la causa de mis problemas actuales.

Cuando Cristina decidió que la Casa Rosada tenía que volverse una especie de palacio, Oscar Parrilli, secretario general de la Presidencia, alcanzó su momento de gloria. Según él, ella quería trasladar el área de administración a espacios externos y cercanos.

Era una tarea nada fácil, porque implicaba el movimiento de mucha documentación, lo que suponía incluso cuestiones legales. Uno de los primeros blancos de su traslado fue mi área, Documentación Presidencial. Sobreactuando amabilidad, su segundo, Flavio, me llevó a recorrer lo que serían las futuras oficinas, ubicadas encima de la cochera presidencial, situada a unas cuadras de la Rosada, y que en ese momento estaban en plena refacción.

Flavio me mostraba las bondades del lugar, me prometía que ganaría en amplitud y luminosidad, y que, a diferencia de lo que ocurría en el presente, todos los integrantes de mi área estarían trabajando en el mismo ámbito.

Cortésmente, acepté las ventajas edilicias y lumínicas del posible nuevo destino, pero expliqué que operativamente tal cosa no era factible: primero, teníamos que estar cerca de la Presidenta, porque cumplíamos muchas funciones; segundo, la documentación que salía de nuestra área, antes de ingresar a Documentación Presidencial, debía pasar por Secretaría Legal y Técnica, para luego retornar a nuestra área… Y nada de todo eso estaba reglamentado.

En fin. Más allá de las sonrisas mutuas, me negué al traslado y aún hoy Documentación Presidencial sigue donde estaba. Fue mi última batalla ganada. El 5 de enero de 2011, desde la secretaría de Oscar Parrilli le avisaron a una de mis secretarias que me presentara en su despacho.

Yo ya me imaginaba lo que iba a ocurrir. Días antes me había cruzado con Cristina y su secretario general en un acto en la Casa de Gobierno, y cuando saludé a la presidenta sentí que su respuesta era de una frialdad de hielo patagónico. Ella ya venía rehuyendo mis pedidos de audiencia, no sé por qué. Yo quería solicitarle un traslado, cambiar de aire, ocupar otra función en un nuevo destino. Pero Cristina no me recibía. Así que el llamado de Parrilli iba en la dirección de mis sospechas.

Pensé en Néstor y me sentí más sola que nunca. Entré a su despacho y él me invitó a sentarme.

Anticipando lo que se venía, le dije:
—No, está bien, me quedo parada. ¿Qué pasa?
El trató de aflojarme:
—Bueno, bueno, no te pongas así, Miriam. Sentate.
—¿Por qué? ¿Tenés miedo de que me caiga?
—Dale, sentate.
Accedí, y él me informó:
—La Presidenta me dijo que te pida la renuncia.
—¿La pedís vos o la pide ella?
—No, ella.
Lo miré a la cara y me pareció un cobarde. Desde mi bronca le dije:
—Sos una basura, te diste el gusto, me dejan en la calle.
—Siempre me decís lo mismo, me acusás a mí. Algo te habías olfateado y anduviste desparramando por los pasillos de Gobierno que yo te quería rajar –me contestó–. Pero yo cumplo órdenes. Ella ya tiene la persona que te va a reemplazar. Quiere gente joven.
—¿Tan vieja estoy?
Se rió.
—¿Por qué me echan, Oscar?
—Yo no te debo ninguna explicación a vos –me contestó–. Pero si querés saberlo, Cristina conoció a una chica que le cayó bien y la quiere en ese puesto.
—¿Quién es la nueva?
Mariana Larroque.
—¡Ah, la hermana del Cuervo!
—Sí. Ahorrémonos sufrimientos y entregame tu renuncia ya.
—Qué fea tu actitud, Oscar. ¿Te das cuenta de que me están dejando en la calle?
—Vos tenés contactos, Miriam. Buscate algo en otro lado.
—Mirá, Oscar, decime la verdad. ¿Por qué me echan?
—Si no lo sabés vos…
—Si es por ese chisme viejo de que soy la amante de Kirchner, te recuerdo que esa boludez ya la decían en nuestra prehistoria. “La Mónica Lewinsky de Santa Cruz.” Así que si me echan ahora por esa pelotudez antigua es porque vos le calentaste la cabeza.
—¿Vos creés que Cristina es influenciable? Dale, Miriam, no jodas o te hago echar por mal desempeño en las funciones.
—¿Qué? ¿Por entregar mal una carta? No jodas vos. Quiero hablar con Cristina.
No rompas, Negra. Ya no sos la Evita de Kirchner.
Acá no podés seguir.
—¿Pero adónde quieren que me vaya?
—No sé, buscate algo en el PAMI, por ejemplo.
—Ah. ¿Y qué voy a hacer ahí?
—Bueno, fijate… Tampoco pretenderás ser jefa de área.
—Dame una audiencia con ella.
—No necesitás una audiencia, si vos entrás cuando querés. Andá a verla.

Fui a la antesala del despacho presidencial y pedí hablar con Cristina. Me agendaron y me quedé esperando cerca de una hora. En un momento, por una puerta lateral del despacho, sale uno de sus jóvenes y flamantes secretarios, Pablo Barreiro, el hijo del cuidador y jardinero (y ahora empresario) de la residencia de El Calafate, y me llamó. Fuimos al que antes había sido el despacho de Daniel Muñoz, y me pidió que me sentara. Estaba muy nervioso.

—Miriam –me dice–, la Presidenta me pidió que te diga que te manejes con el doctor Parrilli, que tiene todas las instrucciones.
—Ya hablé con Parrilli. ¿No me va a recibir? ¿No me quiere recibir?
No.
Así que dejé el despacho, fui a mi oficina y redacté mi renuncia. Después de despedirme de mis colaboradores más cercanos, salí, y en el pasillo me estaba esperando una de mis tantas colaboradoras directas, que actuaba de correveidile de Parrilli. Con cara falsamente compungida me dijo:
—Ay, Miriam, te lo tengo que decir…
—¿Qué?
—Se dice por acá que tu hija menor, María Paz, es hija de Néstor…
—¿Qué? –me quedé atónita.
La hipócrita siguió:
—Es muy probable que haya llegado esa versión a oídos de la Presidenta… Por eso te pidieron la renuncia…
—¿Sabés qué? Que le hagan el ADN a mi hija y que le vayan a pedir disculpas al padre…

Me fui de la Casa de Gobierno después de recoger mis cosas. Algunos me saludaron y lloraban. Otros me ignoraron.

Hubo gente que después me siguió llamando. Alguno que otro intentó ayudarme hasta con dinero para afrontar algunas deudas, pero siempre bajo una consigna: que no se entere Cristina.

De casi doscientos llamados que recibía por día, a partir de entonces sólo querían hablar conmigo mis familiares y algunos amigos a los que no les importaba la consecuencia de dialogar con alguien a quien Cristina no apreciaba. Nadie me quería dar trabajo. Encima, como si fuera una broma siniestra, había rumores de que yo pretendía parte del legado de Néstor o que tenía cuentas en Suiza. Yo me reía: “Díganme el número”.

La llamé a Alicia, la hermana de Néstor, con quien hablábamos habitualmente cuando necesitábamos algo de la Presidencia porque el presidente lo pedía.

—Alicia te pide –me dijo su secretaria– que por favor no la llames más porque la comprometés.

Aunque dolorosa, la respuesta de la ministra de Desarrollo Social era previsible. Siendo mayor que el hermano, era su soldado más fiel y obediente. Muerto Néstor, todo el mundo esperaba que afloraran las diferencias familiares y políticas que, desde la época de Santa Cruz, distanciaban a la hermana de la esposa.

Sin embargo, esta vez Alicia se subordinó a la Presidenta y tampoco me atendió. A Aníbal Fernández ni lo llamé. Para quien no conozca ciertos detalles, resulta raro que no haya intentado comunicarme con el ministro del Interior, que tantos resortes podía tocar para auxiliarme. Pero el autor del Manual de zonceras argentinas sabe ejercitarse en el asunto que trata su libro. Una vez, una tarde de frío, al término de un acto en el Conurbano, donde estábamos junto al presidente y toda la comitiva, Néstor se precipitó a saludar a los asistentes, como hacía habitualmente.

Del otro lado de las vallas, el pueblo luchaba por acercarse. De nuestro lado había funcionarios, militantes, prensa, custodios y miembros de Documentación Presidencial. Néstor, como una estrella de rock, iba hacia el público y el público iba hacia él.

Más apretada que en el 60 con destino a Constitución en hora pico, yo estiraba las manos para recibir las cartas de la gente que se estiraba del otro lado o las iba pasando de mano en mano. En medio de ese fervor, de pronto siento que sobre mi nalga izquierda se posa una zurda confianzuda, abierta, que se apoya, palpa y levanta el cachete, como evaluando el peso. Casi no podía girar, pero lo conseguí y furiosa le dije:

—¿Qué hacés?
El bigotudo me miró con su mirada pícara y sonriente.
—Fue sin querer… Miriam.
—Pero la puta… ¡Qué va a ser sin querer!
—Dale, Negra, no me echés flit… No te enojés…

Lo fulminé con la mirada, di otra media vuelta sabiendo que no se iba a animar a más, y pensé: “Por qué no le vas a tocar el culo a Jauretche”. Me corrí y seguí juntando las cartas.

Por su parte, Alberto Fernández –que había dejado de ser funcionario– me atendió recién después de algunos meses en que insistí en verlo. Necesitaba pagar la escuela de mi hija y le hacía propuestas laborales, y él, sin prometerme nada, ofreció tocar a algunos contactos. Lo cierto es que tampoco él había quedado bien parado económicamente tras su salida de la Casa Rosada, y su secretaria me dijo después que a veces ella iba a trabajar a la oficina para colaborar con él pero sin cobrar.

Rudy Ulloa, quien se decía el mejor amigo de Néstor –quizá porque a su sombra adquirió una solvencia que ahora le permite declarar, como un divo, que le envidian el éxito–, jamás me llamó para saber cómo estaba. Yo lo llamaba y llamaba para pedirle una mano y no me atendía. Quizá porque se pasaba las horas en una habitación insonorizada en el edificio que, dicen, les compró a los herederos de Yabrán.

Pero… eso debe ser una difamación. Me esquivó permanentemente. Tenía mi teléfono registrado. Y cuando lo llamaba desde un locutorio y él atendía sin saber de quién se trataba, se lo recriminaba:
—¿Pero qué pasa, Rudy? ¿No me podés ayudar? Vos sabés en qué situación estoy… Necesito trabajo…Es una cuestión de humanidad…
—No, Negra, yo te llamo…
—No me digas eso porque nunca lo hacés.
—No, te voy a llamar, dame tiempo.
—¿Para qué querés que te dé tiempo? Me echaron y tengo que pagar el alquiler y darles de comer a mis hijos.
—Disculpame, estoy corriendo, tengo que ir a Olivos, que me llamó la bruja y no sé qué quiere. Después te llamo.
Nunca lo hizo.

También recurrí al ministro de Planificación. Lo llamé muchas veces y no podía atenderme. Dejaba mensajes en su secretaría privada, donde tomaban el recado y decían que se lo transmitirían. O quizá no escuchaba mis llamados porque estaba sumergido en el canto de la colección de pájaros exóticos que cría en su mansión del country Puerto Pirán, en Zárate. Finalmente, conseguí hablar con su secretario, José María Olazagasti, quien se ocupó de darme excusas verosímiles, hasta que dejó de atenderme.

A través de un amigo, recurrí entonces a otro colaborador de De Vido, que me facilitó la posibilidad de un encuentro, invitándome a que asistiera a un programa en la televisión pública. Desde ya, no como participante.

Entré junto con los que van a ver el programa dispuestos a aplaudir. Nadie reparó en mí cuando entré al estudio, salvo cuando ingresó el ministro con sus colaboradores, quienes quedaron ubicados a mi lado. Julio no me vio. El conductor, los panelistas y el entrevistado hablaron de gas, de energía, y de lo bien que estaba el país. Cuando terminó la entrevista en 6-7-8, me acerqué a De Vido, quien me saludó afectuosamente:

—Hola, nena, ¿cómo estás?
—Más o menos, necesito hablar con vos, por trabajo.
El me frenó:
—Acá no hablemos –me dijo, y dirigiéndose a su jefe de prensa le ordenó que armara una reunión fuera del ministerio. El jefe de prensa tomó mis datos y me dio los suyos. A partir de ese momento llamé y llamé, sólo una vez respondió, no me dio la cita convenida y nunca más me atendió.

Esta situación empezó a afectar mi salud. Tenía que poner el cuerpo para protegerme y proteger a mi familia. Por supuesto, quería preservar a mis hijos de amenazas y riesgos. Ya bastante tenían con la angustiosa situación económica en la que estábamos viviendo como para, encima, tener que cargar con el miedo que sentía. Mi presión se disparó a las nubes, me volví asmática. Me aparecieron problemas en las articulaciones. Me dolía el cuerpo tanto como el corazón.

Sin trabajo, sin obra social, recurrí al área a la que, cuando trabajaba en Casa de Gobierno, derivaba más correspondencia con pedidos de auxilio: la Dirección de Asistencia Crítica, a cargo del compañero karateca, militar y médico Sergio Berni, quien más de una vez había solicitado mi intercesión para que el presidente lo atendiera. A él le rogué que me ayudara con los medicamentos, algo que hubiera podido resolver perfectamente sin faltar a sus atribuciones.

—No, me comprometés… Ahora no te puedo atender… Sabés cómo está la situación ahora con vos… –su tono, a través del teléfono, sonaba menos valiente que el de sus apariciones públicas.
—Pero, Sergio… Son medicamentos… Hoy no los puedo comprar. Si no conviene que yo vaya por ahí, mando a alguien que los busque.
—No, Miriam… no puedo –y me cortó sin despedirse.

Hay gente que sí me ayudó, y que me abstengo de nombrar para no comprometerla.

Todos los días llevaba a mi hija al colegio y después me arreglaba para salir a trabajar… Mi trabajo era buscar trabajo. Mientras, mis ahorros desaparecían y mis deudas crecían. Hoy, mucha gente dice que yo hablo, o hablé, por despecho. En un periódico de circulación nacional salió un comentario que me hirió mucho: decían que me consideraba con derechos adquiridos a pedir ayuda.

Ese comentario malicioso es cierto y falso a la vez. No me considero con más o menos derechos que cualquier argentino a pedir asistencia del Estado en caso de necesidad. “Donde existe una necesidad, nace un derecho”, dijo Evita.

Cuando trabajé en la función pública, consideré mi deber auxiliar al desamparado sin mirar el color político de quien solicitaba asistencia. Hoy soy yo la que está del otro lado del mostrador de Balcarce 78, la mesa de entrada donde atendíamos y recibíamos los pedidos de ayuda.

Al mes de que me echaron de Casa de Gobierno tuve la mala suerte de que la revista Noticias me pusiera como nota de tapa.Poca gracia me causó ver el título: “La otra viuda de Kirchner”.

Lo que ocurrió es que comenzaron las amenazas telefónicas. A cualquier hora. Sonaba el teléfono, yo levantaba el tubo y una voz siempre distinta me decía cosas como “Te vamos a cepillar”, o “Sos una traidora “, o “Vas a aparecer en una zanja”. También me hacían llegar mensajes de contenido mafioso a través de los pocos compañeros que seguían ligados a mí.

Provenían de ex espías de la SIDE, muchachos de base, más fanáticos que discriminadores, etcétera. Los mensajes eran siempre los mismos: que me cuidara, que me iban a limpiar… Sabiendo dónde se podía cortar esto, llamé a Héctor Icazuriaga –jefe de la SIDE–, a Carlos Zannini –secretario de Legal y Técnica–, tratando de llegar a Cristina y de explicarle cómo había sucedido todo.

Nunca me atendieron.

Intenté salir en otros medios para decir mi verdad. Curiosamente, nadie me quiso recibir.

Entretanto, comienzo a ver vehículos y gente de la SIDE en la puerta del edificio donde vivía. En octubre de 2011 me reencuentro con un periodista de Caleta al que conocía desde la infancia: Eduardo “Lalo” Zanini (ninguna relación con el funcionario). El me convenció de la necesidad de escribir un libro contando mi historia y lo que viví durante mis años junto a Néstor.

A partir de entonces, me acompañó todo el tiempo, y fue él quien me propuso que fuera al programa de Lanata. Allí, mi rostro volvió a la figuración pública, y supe que tenía que contar lo que había vivido.

Dije algo de eso en Periodismo para todos, y a partir de entonces, aunque sané mis dolencias físicas, volví a tener miedo.

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