Las encuestas comienzan a trazar un marco claro para la política exterior de Donald Trump: antes y después de las acciones militares de Estados Unidos en Venezuela, la opinión pública mostró escaso entusiasmo por una mayor intervención en conflictos externos y una fuerte preferencia porque el Gobierno se concentre en los problemas internos. Así lo refleja un análisis de The Associated Press basado en sondeos recientes, que advierte sobre un posible desajuste entre las decisiones de la Casa Blanca y las prioridades sociales.
Según una encuesta de AP-NORC realizada el mes pasado, la mayoría de los estadounidenses quería que en 2026 el Gobierno estadounidense enfocara su agenda en asuntos domésticos como la atención médica, la economía y el costo de vida. Solo cerca de una cuarta parte mencionó temas de política exterior —como Ucrania, Israel o la participación internacional en general— entre las prioridades, un porcentaje inferior al registrado en los dos años previos. Venezuela, en ese relevamiento, prácticamente no apareció como preocupación específica.

Incluso tras la operación militar que derivó en la captura de Nicolás Maduro, las encuestas sugieren que el respaldo social a una intervención más profunda es limitado. Un sondeo del Washington Post y SSRS realizado durante el fin de semana posterior al operativo mostró a la opinión pública dividida: alrededor del 40% aprobó el envío de fuerzas estadounidenses para capturar a Maduro, un porcentaje similar se manifestó en contra y cerca del 20% dijo no tener una posición definida. El apoyo fue mayor entre republicanos, mientras que los demócratas se opusieron mayoritariamente.
Más contundente fue el rechazo a una eventual tutela directa de Washington sobre el país caribeño. Casi la mitad de los encuestados (45%) se manifestó en contra de que Estados Unidos tome el control de Venezuela y elija un nuevo gobierno, y alrededor de 9 de cada 10 consideraron que el futuro liderazgo del país debe ser decidido exclusivamente por los venezolanos.
Los datos no son nuevos. En diciembre, una encuesta de Quinnipiac ya había mostrado que cerca de seis de cada diez votantes registrados se oponían a una intervención militar estadounidense en Venezuela. Entre los republicanos, la opinión aparecía dividida: aproximadamente la mitad apoyaba la medida, un tercio la rechazaba y un 15% no tenía una postura clara.
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El tema del narcotráfico, uno de los ejes del discurso de la administración Trump para justificar la operación, tampoco figura entre las principales prioridades ciudadanas. En la encuesta de AP-NORC, pocos estadounidenses mencionaron las drogas como un asunto central para el Gobierno, y cuando lo hicieron fue mayoritariamente dentro del electorado republicano: cerca de uno de cada diez, frente a porcentajes casi nulos entre demócratas e independientes.
En términos más amplios, las encuestas reflejan una persistente reticencia republicana a que Estados Unidos asuma un rol más activo en los problemas globales. Solo uno de cada diez votantes republicanos expresó en septiembre, según AP-NORC, que el país debería involucrarse más en los asuntos del mundo. La mayoría consideró que el nivel actual de participación internacional es “más o menos el adecuado”.
Ese dato conecta directamente con una de las banderas centrales de la campaña de Trump. De acuerdo con AP VoteCast, cerca de siete de cada diez votantes que lo apoyaron en 2024 querían que Estados Unidos tuviera un papel “menos activo” en la resolución de los conflictos internacionales, en línea con la promesa de “Estados Unidos primero” y el rechazo a las “guerras eternas”.
Aunque existe margen para que la opinión pública se modifique a medida que la Casa Blanca defina con mayor precisión su estrategia hacia Venezuela, los sondeos advierten que el escenario es complejo. Con una sociedad concentrada en resolver tensiones económicas internas, cualquier giro hacia una política exterior más expansiva aparece, al menos por ahora, como una decisión que corre por delante del consenso social.
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