La operación militar de los Estados Unidos que secuestró a Nicolás Maduro y lo llevó a un tribunal de Nueva York nos pone en una encrucijada que muchos resuelven simplemente apelando a afinidades ideológicas.
Por un lado, el hecho de que el presidente norteamericano, Donald Trump, decida unilateralmente violar el territorio de un país soberano y retirar a quien ejercía como líder político—más adelante trataremos con la ilegitimidad del cargo que Maduro usurpó —implica una violación total de los principios pacifistas bajo los cuales se ha regido Sudamérica justamente desde el fin de las múltiples dictaduras militares impulsadas en gran medida por EE.UU. hacía fines del siglo XX. O sea, ya hemos sufrido en carne propia las consecuencias del intervencionismo yanqui en nuestro continente, y su memoria no es grata.
Pero al mismo tiempo está comprobado que Maduro y el régimen chavista se habían enquistado en el poder (y siguen), el cual habían detentado para cometer todo tipo de violaciones a los derechos humanos incluyendo desapariciones y ejecuciones sumarias, como detallan múltiples informes al respecto incluyendo el de Michelle Bachelet en 2019 cuando era Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
La dictadura chavista
El régimen bolivariano de Maduro endureció fuertemente sus tendencias autoritarias y hace años que había descendido al más bajo de los estadios políticos: dictadura. Habiendo robado y fraguado múltiples procesos electorales, la proscripción de María Corina Machado en 2023 y el fraude en las elecciones presidenciales de 2024 fueron la última confirmación de que el régimen chavista no tenía ninguna intención de dejar el poder, por más presión internacional y diplomacia que se ponga sobre la mesa.
Aunque suene antipático, la “Operación Resolución Absoluta” parecería ser la única opción que terminó por shockear al ecosistema socio-político-militar de Venezuela y que podría impulsar el camino hacía elecciones democráticas que terminen con la dictadura chavista. Más allá de quien la ordenó (Trump) y que lo haya hecho por las razones equivocadas (petróleo). En cierto sentido, hay que “taparse la nariz y mirar para el otro lado”, aceptar el derrocamiento de Maduro (que es totalmente contrario al derecho internacional), y aspirar a que el plan de EE.UU. no termine en los fracasos estrepitosos del pasado reciente (Afganistán, Iraq, etc).
La “superpotencia” y su “patio trasero”
El problema es que es una posición muy incómoda, tanto desde lo ético, legal y geopolítico. Aceptar la imposición por la fuerza militar de una “superpotencia” que actúa con impunidad y considera al hemisferio su “patio trasero” es problemático por donde se lo mire. Más aun cuando quien comanda las fuerzas armadas más potentes del mundo sea un personaje como Trump quien cada día demuestra mayores inclinaciones imperiales. Pero sería igual de nocivo con un presidente como Barack Obama, a quien muchos ven como un estadista—ganó el Premio Nóbel de la Paz que tanto anhela Donald—pero que también utilizo los recursos militares de EE.UU. para librar la “guerra contra el terrorismo” que incluyó desapariciones forzadas y ejecuciones sumarias, entre otras.
El hecho de que el presidente de EE.UU. babeé cada vez que menciona el petróleo venezolano, como al mismo tiempo que parezca bloquear un plan de transición que incluya a Corina Machado son señales de alerta importantes.
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Transición e ideología
Es por eso que es fundamental que el plan de transición sea efectivo, eficiente e incluya la decisión soberana del pueblo venezolano. En un reciente artículo en Perfil, Andrei Serbin Pont detalla cómo debería ser ese proceso.
A la vez, es importante separar las aguas y analizar el proceso desde una posición equidistante de las ideologías. Aceptar que la situación genera contradicciones entre los principios de no intervencionismo y el fracaso de la diplomacia, los líderes regionales, y la oposición venezolana de forzar un cambio ayuda a no caer en argumentos simplistas. Resulta patético lo agrietado que se ha vuelto el discurso político en EE.UU. donde republicanos y demócratas panquequean a gran velocidad frente a la situación de Venezuela en base a su apoyo o rechazo a la imagen de Trump. En general, es lo que pasa acá y en el resto del mundo.
Venezuela necesita de todo el apoyo posible para poder salir del agujero donde está.
cp