Usando el vocabulario de los tuiteros libertarios, Javier Milei vino a domar la inflación, pero la inflación terminó domándolo, por lo menos por ahora. No hay intervención del INDEC ni “ministerio de la verdad oficial” que pueda tapar el sol: la economía argentina está empantanada en el peor de los mundos, lo que los economistas llaman “estanflación”, que es igual a recesión más inflación.
A pesar de la caída de los salarios, de la baja del consumo, los recortes en el Estado y el déficit fiscal, los precios siguen aumentando. Y lo que es peor aún, impulsados principalmente por el aumento de los alimentos, que aumentaron un 4,7% según el INDEC, lo que impacta en los sectores de la población menos favorecidos.
La ironía es que si el INDEC hubiera aplicado en enero la nueva metodología del IPC, que le costó su cargo a Marco Lavagna, la inflación habría sido levemente menor, ubicándose entre 2,7% y 2,8% frente al 2,9% oficial. Especialistas como Miguel Kiguel, Hernán Lacunza y Nadin Argañaraz coincidieron en que el dato con la nueva canasta habría sido algo más bajo contradiciendo las informaciones que le asignaban más de 3%. De hecho, con un índice similar al nuevo que se terminó no aplicando a nivel nacional en la Ciudad de Buenos Aires, el índice de precios de enero tuvo un incremento de 3,1%.
Pero más allá de la polémica metodológica, el diagnóstico de fondo no cambia: la inflación no logra caer de manera sostenida y su desaceleración será más lenta de lo esperado. Pese al cierre de la emisión monetaria, no aparece una mayor demanda de pesos que acelere la desinflación, y las expectativas oficiales chocan con una realidad de precios que se siguen elevando. Y la discusión ahora se traslada a un febrero con todavía más incertidumbre, cuando se reduzcan los subsidios de tarifas de gas y electricidad, que anticipan nuevas presiones inflacionarias.
En una cadena nacional en abril de 2024, Milei sostuvo: “Si el Estado no gasta más de lo que recauda y no recurre a la emisión, no hay inflación”. A más de un año y medio de aquella declaración prepotente, el problema está lejos de solucionarse. La inflación volvió a subir en enero por octavo mes consecutivo, pese a la recesión, la caída del consumo, el dólar intervenido y la pérdida salarial, lo que expone el fracaso del plan de estabilización del gobierno de Milei.
La publicación del IPC de enero estuvo además atravesada por la renuncia de Lavagna al INDEC, tras la decisión política de no aplicar la fórmula actualizada del índice, que habría arrojado un número mayor. Seguramente sea mayor de aquí en más por el aumento del costo de las tarifas, que será de un 10% por encima de la inflación. Con el organismo desacreditado por la intervención oficial, incluso consultoras y analistas coinciden en que indicadores alternativos, como el IPC de la Ciudad de Buenos Aires, resultan hoy más confiables. En ese contexto, la persistencia de una inflación alta, aun con dólar bajo y respaldo externo, con el apoyo explícito de Donald Trump, refuerzan la idea de que el problema excede el control monetario y revela una profunda desconfianza en el rumbo económico del Gobierno.
Raúl Timerman sostuvo en Modo Fontevecchia la tesis de que la crisis del INDEC y el descontrol de la inflación impactan mucho más sobre la imagen del Presidente que sus modos agresivos u otros aspectos negativos de su gestión, porque quienes apoyan a Milei ya saben que es agresivo, pero esperan resultados en el terreno que él se proclamó fuerte. Mauricio Macri ya había tenido una lección al respecto, cuando afirmó que “la inflación es la muestra de tu incapacidad para gobernar” y luego no pudo controlarla durante su gestión.
Otro elemento tiene que ver con la coincidencia de Eduardo van der Kooy, editorialista de Clarín, y Joaquín Morales Solá, de La Nación, quienes agregan la problemática de la inflación. Milei venía a terminar con la corrupción y la inflación, pero, por un lado, subió el IPC y, por el otro, Diego Spagnuolo, exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), fue procesado, y Demian Reidel renunció a la presidencia de Nucleoeléctrica por sospechas de sobreprecios.
Milei construyó su apoyo político sobre la base de un problema muy sensible para los argentinos: la incertidumbre que produce el descontrol de precios. Un problema que ningún político abordó con la frontalidad y contundencia que lo hizo el actual presidente. Recorrió programas de televisión diciendo que el problema de la emisión se solucionaba directamente dejando de emitir. Veamos un fragmento de su intervención, durante el gobierno de Alberto Fernández:
Milei explicó por qué la inflación no es multicausal en 2021, durante el gobierno de Alberto Fernández, y aseguró: “Si estamos en una economía que hace transacciones en oro y un físico logra convertir el plástico en oro, vamos a comprar mucho plástico. Si la falsificación queda en casa, no pasa nada. Si tiro ese oro falsificado a la calle, el precio del oro va a bajar. Eso quiere decir que todos los precios, expresados en unidades de oro, van a subir. Eso se llama inflación”. Ese es uno de los elementos, pero existen otros.
Cuando un fenómeno complejo como la inflación se reduce a una única causa, el análisis deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pasa a ser un eslogan político. Efectivo para sumar apoyos, pero evidentemente algo que conduce a diagnósticos incompletos y, por lo tanto, a soluciones parciales que no atacan el problema en su totalidad.
El resultado de esa simplificación es visible hoy: aun con emisión cero, ajuste fiscal récord, recesión profunda y salarios pulverizados, la inflación persiste. Esto demuestra que el fenómeno no responde de manera mecánica a una sola variable, y que la economía real no funciona como un manual ideológico. El punto de emisión cero incluso es discutido por su exsocio, Diego Giacomini, quien afirma que el Gobierno sí emitió a través de deudas a privados. En un mundo donde el dinero es principalmente digital, ya no hace falta imprimir billetes para emitir.

Cuando el relato choca con los precios del supermercado, la credibilidad se erosiona rápidamente. Y en un país con memoria inflacionaria como la Argentina, esa pérdida de confianza es letal: no solo para un plan económico, sino para el capital político de un presidente que construyó su liderazgo prometiendo domar la inflación y terminó domado por ella.
Es cierto que la inflación tiene un fuerte componente fiscal–monetario: el financiamiento del déficit ya sea vía emisión directa o mecanismos indirectos, junto con esquemas monetarios frágiles y cambios permanentes de reglas, deteriora la confianza en la moneda. A esto se suma el factor cambiario, clave en una economía altamente indexada al dólar: las devaluaciones, o incluso su sola expectativa, se trasladan con rapidez a los precios por la elevada participación de insumos importados y bienes transables.
Sin embargo, no es el único factor. La restricción externa, producto de la escasez crónica de divisas, actúa como un límite estructural al crecimiento y genera tensiones recurrentes que impactan de lleno en la estabilidad de precios. Otro canal relevante es la inflación de costos, vinculada a los aumentos de tarifas, combustibles, transporte, impuestos y salarios, especialmente en contextos de recomposición del ingreso real, algo que no sucede ahora. Estos incrementos se trasladan a los precios finales, no por especulación sino por necesidad de sostener márgenes y viabilidad económica.
Aquí Roberto Lavagna siempre agregó un punto esencial y pocas veces mencionado: cuando la recesión pasa cierto límite, en lugar de ayudar a bajar la inflación porque el consumo se reduce y los productores de bienes y servicios tienen que hacer ofertas para poder vender, se llega a lo contrario: los productores de bienes y servicios tienen que aumentar los precios porque al vender menos unidades el costo fijo (alquiler, luz o mantención de máquinas) se divide por menos unidades vendidas, haciendo que el costo de cada una suba cuanto menos se vende. Por eso China que tiene una escala de miles de millones puede vender a precios más baratos, porque el costo fijo se divide por millones de unidades.
A esto se agregan factores estructurales de larga data: baja productividad, alta concentración en determinados mercados, costos logísticos elevados y una fuerte heterogeneidad productiva, pero muy desigual en cada rubro que reducen la capacidad del sistema económico para absorber shocks sin recurrir a aumentos de precios, con muy pocos que son muy rentables, como la agroindustria, que concentra la mayor producción de divisas, y es el único sector en el que el país es competitivo.
La inflación de enero habría sido más baja con la fórmula que no aplicó el INDEC
Finalmente, la inflación se retroalimenta a través de las expectativas y la indexación. Décadas de inestabilidad generan comportamientos defensivos, remarcaciones preventivas, contratos ajustados automáticamente, dolarización de decisiones, que hacen que la inflación persista incluso cuando algunas variables macroeconómicas se estabilizan.
Otro factor es la puja distributiva. Milei, a pesar de que afirma que es sólo un fenómeno monetario, lo sabe perfectamente, y es una de las razones por las cuales intervino el INDEC. En Modo Fontevecchia, Agustín Salvia expresó: "El Gobierno encontraba que el escenario hacia adelante se convertía en muy peligroso en cuanto a dar señales de aumentos importantes en materia inflacionaria, cuando viene insistiendo en que la tendencia va a ser a la baja y quiere manejar las variables macroeconómicas, pero también el discurso político-económico en términos de una caída de la inflación. Era completamente contradictorio".
"No va a depender de que baje o suba la inflación porque no se actualice el índice, pero el índice iba a hacerle un ruido político y económico, y también financiero en términos fiscales, porque la actualización de las jubilaciones, de la AUH, las negociaciones salariales en puerta, las presiones vinculadas a los bonos indexados por inflación, obviamente que iban a tener un costo de desequilibrio macroeconómico, no extraordinario, pero sí va a tener un costo, afectando un relato que todavía se sostiene con alfileres", agregó el sociólogo. Este punto pone en blanco y negro que el punto no es el índice de enero, sino el del año.
La decisión del Gobierno de frenar la actualización metodológica del IPC no responde a razones técnicas sino políticas. Reconocer una inflación mayor implicaría tener que asumir la responsabilidad sobre reclamos y aumentos, lo que empujaría, con la puja distributiva, a una mayor inflación. Salvia remarcó también que controlar el índice de inflación de la Ciudad de Buenos Aires es clave para el oficialismo porque CABA funciona como “el espejo del país” y concentra la producción de sentido público. El plan de Milei está fracasando.

Un gráfico que muestra la curva de inflación del mes 24 de distintos programas económicos de Argentina muestra en verde y rojo dos planes exitosos: el de la Convertibilidad de Domingo Cavallo, e incluso con el plan tras la salida de la convertibilidad, y el plan Lavagna. En esos casos la inflación había llegado a un dígito anual a los dos años, mientras que la del plan de Milei la curva ascendente de inflación se asemeja peligrosamente a la caída del plan Austral antes de su derrumbe. Este último fue exitoso durante el primer año, hasta que Raúl Alfonsín comenzó a gastar de más.
Al igual que ya lo mencionó en este programa el economista Rodolfo Santángelo, Milei no tiene un plan de estabilización, sino uno de reducción del déficit fiscal usando incluso la inflación para licuar gastos del Estado y así bajarlo. En esta línea, el economista Ricardo Delgado planteó que el Gobierno carece de un plan de estabilización integral porque no cree en ello. "Me parece demasiado arriesgar esta hipótesis de que Milei es inflacionista. Por supuesto, los gobiernos necesitan la inflación en algún momento para ajustar sus cuentas, pero esto me parece que es una política de corto alcance. Y yo creo que ahora hay razones un poco más profundas, más estructurales, que tienen que ver con la inercia. En Brasil, el Plan Real, a los 24 meses, ya tenía una inflación de un dígito, pero también es cierto que fue un programa que tuvo componentes heterodoxos. Tuvo un cambio de moneda. Todo ese tipo de arreglos monetarios aquí no están presentes y es cierto que esto no es un programa de estabilización clásico. Definitivamente no lo es, porque Milei no cree en eso".
El Plan Real, que se pareció inicialmente a la Convertibilidad, finalmente logró bajar la inflación con aumento del consumo, al contrario que en Argentina. El país arrastra una “inercia inflacionaria” muy marcada: los precios se forman mirando lo ocurrido en meses anteriores, lo que vuelve lento y trabajoso cualquier proceso de desinflación. Por eso insiste en que “resolver el déficit no implica automáticamente una desinflación rápida”. El Plan Real en Brasil o la Convertibilidad argentina sí fueron programas de estabilización clásicos. En el caso de Brasil, hubo componentes heterodoxos y un cambio de moneda. En la convertibilidad hubo cambio de moneda y un anclaje al dólar.
Milei asumió con un plan que no pudo aplicar: dolarizar y cerrar el Banco Central. Cuando se convenció de que era imposible se volcó hacia una recesión combinada con apertura económica, lo que está destruyendo la industria local y el empleo formal. Socavando las bases estructurales de la economía.
Según un informe de Equilibra, la actividad económica permanece estancada en un nivel similar al del tercer trimestre de 2023. En los últimos dos años, apenas 19 de los 55 sectores productivos lograron expandirse, mientras que los 36 restantes mostraron retrocesos, dando cuenta de una recuperación muy desigual. El crecimiento se concentró en pocas actividades: intermediación financiera, agroindustria, energía, economía del conocimiento y servicios públicos. Son sectores con dinámicas propias, menor exposición a la competencia externa directa o con ventajas estructurales, lo que contrasta con el desempeño del resto del entramado productivo.
La mayor parte de la caída se explica por la contracción de los bienes transables que compiten con importaciones. De los 36 sectores en retroceso, 20 pertenecen a este grupo, y sólo seis lograron expandirse, casi todos vinculados a la agroindustria y la energía. El impacto fue particularmente fuerte en la industria manufacturera. El análisis de más de 1,6 millones de registros de importaciones muestra que, en 16 de esos 20 sectores en caída, la producción nacional perdió participación en el mercado interno frente a bienes importados. En 14 casos, además, la producción cayó al mismo tiempo que crecieron los volúmenes importados entre el tercer trimestre de 2023 y 2025. China, y en menor medida Brasil, fueron los principales beneficiarios de esa sustitución, con avances notables de China en rubros industriales y de Brasil en autos, camiones, papel y maquinaria industrial.
Este martes, la Oficina de Respuesta Oficial salió a refutar nuestra columna del 9 de febrero, en el que afirmamos que Milei, mientras menos logros puede mostrar, más se dedica a mentir. La propia necesidad de salir a discutir nuestra opinión refuerza todavía más nuestra tesis: estas herramientas aparecen cuando el Gobierno está fracasando en sus propios términos. En el terreno que supuestamente es fuerte, la economía.

El tuit argumenta que el Gobierno no construye un “relato épico”, sino que exhibe resultados concretos respaldados por indicadores económicos y sociales oficiales. Destaca una fuerte baja de la inflación y del riesgo país, se subrayan el aumento de las reservas del Banco Central, el fin del déficit fiscal tras un ajuste de 15 puntos del PBI, la baja de impuestos por 2,5 puntos del producto y la recomposición de los salarios medidos en dólares. Es gracioso que los propios usuarios de X salieron a contestar masivamente, en primer lugar, que estaban refutando una columna de opinión.
Además, todos los puntos que el oficialismo señala como “logros” son fuertemente discutibles. El Gobierno presenta comparaciones interanuales favorables, como la caída de la inflación respecto del pico de 2023 o la baja del riesgo país, para evitar discutir la dinámica actual de la economía, marcada por ocho meses consecutivos de aceleración inflacionaria, subas fuertes en alimentos y una recesión persistente. Que la inflación sea menor que en el peor momento no refuta el hecho central: hoy no logra bajar de manera sostenida y vuelve a presionar sobre el poder adquisitivo.
Habla de recuperación del salario en dólares, cuando la realidad que vive el ciudadano de a pie es muy distinta. La supuesta mejora salarial en dólares ignora el tipo de cambio intervenido, la pérdida del salario real en pesos y el impacto de tarifas, alimentos y servicios básicos, mientras que el ajuste fiscal es exhibido como éxito sin considerar sus costos sociales y productivos.
La Oficina de Respuesta Oficial salió a desmentir a Jorge Fontevecchia, pero las cifras no cierran
Por otro lado, si bien hubo una reducción del riesgo país, todavía es demasiado alto para recuperar la capacidad de financiamiento multilateral. Y las reservas, aunque aumentaron, todavía están lejos de las necesarias para afrontar los compromisos de deuda que el país tiene en 2026.
Así, en vez de responder al fondo del planteo, que no hay mejoras tangibles y sostenidas para la mayoría, reafirma todavía más nuestra tesis: el Gobierno construye un relato autocelebratorio que no logra tapar la persistencia de la inflación, la fragilidad social y la falta de confianza creciente en el rumbo económico de Milei.
Cuando un gobierno se define a sí mismo con un objetivo central, como domar la inflación, y no logra cumplirlo, todo el andamiaje político empieza a crujir. Y ninguna “oficina de la verdad oficial” puede reemplazar la experiencia cotidiana de los precios que suben, las PyMEs que cierran y los ingresos que no alcanzan.
La reacción del Gobierno frente a la crítica no hace más que profundizar ese desgaste. En lugar de asumir la complejidad del fenómeno inflacionario y revisar un plan que muestra claros límites, opta por confrontar con el periodismo y construir organismos destinados a desmentir opiniones. Esa necesidad de refutación permanente no es una señal de fortaleza, sino de debilidad: aparece cuando el relato ya no se sostiene solo y requiere ser defendido desde el Estado
El riesgo es mayor porque la inflación no es un problema técnico aislado, sino un organizador de expectativas sociales. Cuando los precios no ceden, se erosionan la confianza, la paciencia y el capital político. Una lección que atravesaron Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Mauricio Macri, y que ahora vuelve a presentarse para Milei.
Es sabido que, así como Trump aspiraba al premio Nobel de la Paz, Milei aspiraba al de Economía. Quizás podría recibir el Premio Ig Nobel, la versión irónica del Nobel tradicional: distingue trabajos reales y publicados que parecen absurdos, pero revelan algo profundo sobre la realidad. Se entrega en Harvard, con científicos de primer nivel y hasta ganadores del Nobel verdadero, y su lema es tan simple como cruel: “ciencia que te hace reír y luego pensar”.
Milei podría aspirar sin pudor al Premio Ig Nobel de Economía, no por haber resuelto el problema inflacionario, sino por haber llevado adelante, a escala nacional, un experimento que confirma que reducir un fenómeno complejo a una única causa ideológica produce resultados paradójicos. En nombre de la consigna “sin emisión no hay inflación”, aplicó un ajuste fiscal y monetario histórico, con caída de salarios, recesión y desplome del consumo, pero sin lograr domar los precios, que siguen subiendo. Un hallazgo empírico involuntario que encaja perfecto en la categoría de investigaciones que, por su resultado, hacen reír primero y pensar después.
Milei construyó su liderazgo diciendo que tenía una respuesta clara donde los demás fracasaron. Hoy, los hechos muestran que esa respuesta fue insuficiente. Y cuando la realidad contradice al dogma, no es la realidad la que se equivoca. Es el dogma el que empieza a caer. Los hechos son más testarudos que los axiomas de la escuela austríaca.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
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