Un día, llegó el día. Alzar la voz frente a la injusticia. Los sentimientos afloran. Las penas, angustias, tristezas, el qué dirán y el desgaste indescriptible frente a un sistema de justicia ineficaz que no protege adecuadamente a la niñez y a las madres en el marco de normas nacionales y compromisos internacionales.
Tanto se habla del sacrilegio de la maternidad a nivel social. No obstante, al ingresar al sistema judicial las madres son donde se pone especialmente el foco cuestionador. Su vestimenta. Si no es la típica víctima. Si no parece lo suficientemente deprimida. Entre tantas situaciones más que hay que soportar.
Una madre no puede tener miedo. Una madre debe poder con todo –afectivo, económico, entre otras cualidades que se les exige-. Eso muy a pesar, si decidió dedicarse plenamente a la crianza de sus hijos/as.
Igual, debe ser capaz de endeudarse –trabajar de lo que sea- frente a un padre que incumple con la obligación mínima alimentaria de sus niños/as, que un día quizás con suerte será obligado a cumplir.
El desprestigio social tiende a recaer sobre las madres, incluso por parte de otras madres -especialmente a nivel escolar-. “Algo habrá hecho para que su hijo/a no la vea”.
“No me metas, arréglate con el padre”. “No te voy a decir donde es el cumpleaños, te lo debe decir el padre”. Es más que sabido que en un proceso de violencia vicaria, el vicario no cumple con el régimen de comunicación establecido como estrategia imperativa para dañar y agotar a la madre.
“Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas (...) “Hay tantas maneras de no ser” (…). Frente al arrebato de un hijo/a las madres siempre debemos poder, más aún siempre estar de pie. A pesar, que se olvida que muchas almas mueren de pie frente a la inoperancia de la justicia.