Este 6 de enero se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del periodista y escritor Osvaldo Soriano (1943-1997), ocasión propicia para recordar una de sus novelas más difundidas, No habrá más penas ni olvido, la cual tuvo luego también una versión fílmica. Antes de referirnos a la obra, como ella gira alrededor del enfrentamiento entre las distintas fracciones del peronismo en la primera mitad de los años setenta, conviene realizar previamente un acercamiento histórico a la situación que se daba en esa época.
Una muestra rotunda del enfrentamiento que existía entre las alas derecha e izquierda del peronismo fue el hecho que se produjo el 20 de junio de 1973, fecha en que el general Perón regresaba definitivamente al país. Para ese día, se decidió que el expresidente se dirigiera a la multitud que deseaba recibirlo desde un palco montado a la altura del llamado “Puente 12″, en la autopista Ricchieri que conduce hacia el aeropuerto de Ezeiza, ya que allí llegaría el avión que lo traía al país.
El primer regreso de Perón y el Día de la Militancia
Miles de simpatizantes concurrieron a lo que se suponía iba a ser una fiesta peronista, que sin embargo terminó convirtiéndose en una tragedia conocida como “la masacre de Ezeiza”.
Para ese entonces dentro del movimiento peronista existían sectores fuertemente enfrentados que recurrían a la violencia para dirimir sus diferencias. Por una parte, estaban los sectores de derecha, como los del Comando de Organización, la CNU y la Juventud Sindical Peronista. Por otra parte, estaban los sectores de izquierda, como FAR y Montoneros.
Los grupos de derecha dominaban el palco y sectores cercanos, pero a la vez los grupos de izquierda pretendían acercarse a él. El resultado fue el estallido de un violento tiroteo entre ambas fracciones, del cual resultaron numerosos muertos y heridos(aunque aún hoy se desconoce el número exacto). Lo que iba a ser un feliz reencuentro entre el líder y sus seguidores se transformó en un sangriento episodio.
Otro acercamiento posible a la situación del peronismo en los años 70 es tomando en cuenta lo señalado por la historiadora Marina Franco en su libro Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y "subversión", 1973-1976.
Allí Marina Franco sostiene: “El regreso del peronismo al poder hizo estallar la competencia entre los múltiples sectores internos que postulaban su propia interpretación del peronismo como legítima y trataban de arrastrar a su “líder” hacia esa posición, además de invocar su lealtad absoluta a él. Hasta entonces, la amplitud del movimiento y las necesidades de estrategia política de su máximo dirigente (…) habían permitido la convivencia de numerosos sectores internos enfrentados. Pero con la llegada al poder y sin que Perón hubiera previamente arbitrado entre los grupos en pugna, la disputa por el control del gobierno y del partido alcanzó grados extremos”.
En el marco general previamente señalado, debe interpretarse lo narrado en la novela de Soriano. Para exponer el conflicto que atravesaba la Argentina en aquellos años entre las distintas corrientes del peronismo, el autor opta por representarlo en una suerte de "miniatura". Es decir, la disputa entre las facciones peronistas se reproduce en un pequeño y ficticio pueblo bonaerense llamado Colonia Vela.
El día que Perón echó a los montoneros por "infiltrados"
Allí, varios personajes encarnan la línea de izquierda —incluyendo a quienes representan un peronismo más "tradicional" o "histórico"—, enfrentándose a otros que responden a la derecha. Entre los protagonistas se destaca Ignacio Fuentes, autoridad municipal y figura del peronismo histórico, quien lidera de algún modo la vertiente histórica-izquierdista. Su contraparte es el comisario Rubén Llanos, alineado con el sector derechista.
La obra se construye principalmente a partir de diálogos, con escasos pasajes descriptivos o narrativos, razón por la cual parte de la crítica la consideró la novela cercana a un guion cinematográfico. La narración comienza justamente con un diálogo entre Fuentes y Llanos, que funciona como detonante del conflicto.
En ese intercambio, Llanos acusa a Mateo, empleado municipal, de ser un infiltrado marxista, pese a que Fuentes lo conoce desde la infancia y lo considera inofensivo.
Fuentes desoye las advertencias del comisario y pronto descubre otros hechos inquietantes. El secretario del partido, Suprino, ha regresado de una visita al intendente de Tandil convertido en delegado "normalizador" y afirma que tanto Mateo como el propio Fuentes son traidores que deben renunciar. Además, Suprino se ha reunido con el martillero Guzmán y con Reinaldo, representante local de la CGT. Fuentes se sorprende al saber que Guzmán, quien nunca fue peronista, ahora lo acusa de traición.
La acusación se amplifica cuando Reinaldo la difunde por los parlantes del pueblo, llamando a expulsar a Fuentes y a Mateo y utilizando consignas propias del discurso derechista de la época.Puede observarse en el mensaje difundido por los parlantes la parodia de ciertas consignas derechistas típicas de la época (“maniobra sinárquica”) e incluso palabras del propio Perón (“tronar el escarmiento”).
Ante la escalada, Fuentes se arma y se dirige a la municipalidad para resistir. Allí convence al agente García de dejarlo entrar a cambio de un ascenso, que luego cumple. Dentro del edificio quedan Fuentes, García, Mateo, Moyano y Comini, este último encerrado como prisionero. Afuera, Llanos, acompañado por Suprino, Reinaldo, Guzmán y otros, organiza el cerco. Con el tiempo se suman más personajes a ambos bandos: a la facción histórica-izquierdista se agregan jóvenes peronistas y el aviador Cerviño; al sector opuesto, el intendente de Tandil y hombres armados.
Hasta el momento en que Fuentes se atrinchera, la novela mantiene un tono humorístico. El ascenso de García, la exageración de las consignas y la parodia política generan un clima cómico. Sin embargo, a partir de allí el tono se oscurece: el humor costumbrista cede ante una atmósfera trágica. La violencia crece sin control, aparecen heridos y muertos —incluido Fuentes— y se producen explosiones. El grotesco persiste en escenas como la de Cerviño arrojando estiércol desde su avión sobre los derechistas.
En resumen, la novela muestra cómo personajes de ambos bandos gritan "¡Viva Perón!" mientras ejercen la violencia, reflejando literariamente un fenómeno real de la época: la identidad peronista era interpretada de formas opuestas, y un mismo individuo podía ser considerado traidor o auténtico según quién lo juzgara. En un contexto donde las palabras carecían de un sentido único, la violencia se convertía así en el único medio para dirimir esas disputas.
* Licenciado en Letras (UBA), doctor en Ciencias Sociales (UBA)