OPINIóN

Porqué son 30.000 desaparecidos

“El desaparecido habita un no-lugar, una zona de excepción donde el Estado se permitía operar más allá de cualquier límite jurídico”, por eso esa cifra “se ofrece como el único lenguaje posible frente a lo inefable”: la tortura, la muerte y el asesinato de ciudadanos y pobladores argentinos.

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Desaparecidos. | cedoc

La edificación de un símbolo no es una tarea de la aritmética, sino de la memoria; por ello, la cifra de los 30.000 desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar argentina trasciende la mera estadística para erigirse como una de las construcciones políticas más gravitantes de nuestra historia contemporánea.

Pretender reducir este guarismo a una contabilidad forense o exigirle la transparencia de una comprobación matemática es incurrir en un malentendido sobre la esencia misma del terrorismo de Estado. Para desentrañar la genealogía de esos treinta mil, es imperativo interrogar la cifra desde su génesis histórica, desde su fatalidad filosófica ante el horror y, primordialmente, desde el sismo sociológico que aquel plan sistemático de exterminio provocó en la identidad argentina.

Desde la mirada sociológica, la cifra revela su verdadera magnitud cuando se comprende la naturaleza de lo que se pretendía demoler. Daniel Feierstein, en su examen sobre el genocidio como práctica social, conceptualiza lo acontecido como un “genocidio reorganizador”. El argumento es tan lúcido como terrible: este tipo de violencia moderna no perseguía únicamente la extinción de la carne, sino que operaba sobre la trama misma de las relaciones humanas con el fin de clausurar para siempre los vínculos de autonomía, de solidaridad y de recíproca cooperación.

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Fueron 50 mil

El terrorismo de Estado se aplicó para aniquilar una fracción vital de la sociedad y servirse del espanto emanado de los campos de concentración para irradiar una bruma de desconfianza e individualismo, logrando así una reconfiguración forzosa de la nación entera.

En este sentido, los treinta mil cifran simbólicamente esa vasta red de alteridades masacradas; no son la suma de individuos aislados, sino la medida de un proyecto político y económico que demandó el exterminio y la implantación del miedo absoluto para instaurar su propio orden.

Como ha señalado Martín Kohan, limitarse estrictamente a los ocho o nueve mil casos probados implicaría actuar bajo la ilusión de que poseemos la totalidad de la información"

Asimismo, la figura del detenido-desaparecido quiebra las leyes de la lógica, pues separa los cuerpos de sus identidades y disocia, de manera definitiva, las palabras de las cosas. Gabriel Gatti ha descrito esta desaparición forzada como un “vacío” y una auténtica “catástrofe lingüística”.

El desaparecido habita un no-lugar, una zona de excepción donde el Estado se permitía operar más allá de cualquier límite jurídico. Ante este abismo que devora la representación y el sentido, el número treinta mil se ofrece como el único lenguaje posible frente a lo inefable; es el esfuerzo de una voluntad colectiva por otorgar un nombre y una escala a esa herida geológica que el Estado grabó en la sociedad al escamotear los cuerpos.

Frente a la precariedad de los datos parciales o la inconclusión de los listados —como aquellos nueve mil registros que la CONADEP logró rescatar inicialmente—, la sociología advierte que el rigor forense resulta una herramienta insuficiente para medir el horror. Emilio Crenzel sostiene que, con el retorno de la democracia, la cifra de los treinta mil adquirió una condición canónica, imponiéndose sobre las denuncias fragmentarias porque encarna una verdad histórica de orden superior.

Un Estado que ocultó sus crímenes, desapareció los restos y robó las identidades de los niños, clausurando de forma consciente cualquier posibilidad de verificación empírica"

Como ha señalado Martín Kohan, limitarse estrictamente a los ocho o nueve mil casos probados implicaría actuar bajo la ilusión de que poseemos la totalidad de la información, lo cual borraría de un plumazo la dimensión esencialmente clandestina e ilegal de la represión.

Así, ante la deliberada parcialidad de los archivos, los treinta mil se justifican como la denuncia explícita de un Estado que ocultó sus crímenes, desapareció los restos y robó las identidades de los niños, clausurando de forma consciente cualquier posibilidad de verificación empírica.

La justificación simbólica de esta cifra radica, finalmente, en su capacidad para conferir sentido allí donde la evidencia material fue borrada. Para Ludmila Da Silva Catela, los treinta mil no constituyen un dato estadístico, sino un “lugar de memoria”, una consigna que —al igual que los seis millones de víctimas del Holocausto— dota de significación al accionar terrorista.

Ante la imposibilidad de clausurar el duelo debido a la ausencia de los cadáveres, esta cifra redonda y abierta funciona como un espacio de luto compartido y una herramienta para dar visibilidad a la sombra. Exigir una exactitud aritmética a las víctimas es un acto de indignidad moral frente a un abismo de información que ellas no provocaron. Por ello, los treinta mil se sostienen como un postulado ético irreductible que resiste los embates del negacionismo y otorga voz a la herida deshumanizadora.

Cabe resaltar, no obstante, que esta construcción posee también un sólido anclaje en la historia. Durante aquellos años de plomo, los organismos de derechos humanos estimaban que el terror imperante silenciaba dos de cada tres denuncias. Esta intuición fue ratificada por los propios perpetradores: documentos desclasificados de la inteligencia chilena revelaron que, ya en julio de 1978, el Batallón 601 del Ejército argentino computaba veintidós mil muertes y desapariciones.

Si se considera que restaban cinco años de dictadura y que operaron ochocientos catorce centros clandestinos en todo el territorio, la proyección de los treinta mil resulta históricamente consecuente. A través del tiempo, mientras diversas investigaciones arrojaban números fluctuantes, la sociedad civil consagró esta cifra como un emblema innegociable.

Por todo lo expuesto, la persistencia de esta cifra trasciende la finitud de los almanaques y se interna en el territorio de lo sagrado, allí donde la memoria se niega a ser devorada por la erosión del tiempo o el cinismo de la técnica. Sostener los treinta mil es, en última instancia, un acto de resistencia ontológica contra un poder que pretendió la invisibilidad absoluta de sus actos; es la afirmación de que aquello que el Estado intentó reducir a la nada —al vacío de la desaparición— posee una presencia que nos interpela desde cada rincón de nuestra identidad colectiva.

Al abrazar este número, no solo se honra a quienes fueron arrebatados del mundo de los vivos, sino que se preserva la integridad de un tejido social que solo puede sanar si reconoce la inconmensurable profundidad de su desgarradura. Sostener los treinta mil es, en última instancia, un acto de resistencia ontológica contra un poder que pretendió la invisibilidad absoluta de sus actos; es la afirmación de que aquello que el Estado intentó reducir a la nada —al vacío de la desaparición— posee una presencia que nos interpela desde cada rincón de nuestra identidad colectiva.

Al abrazar este número, no solo se honra a quienes fueron arrebatados del mundo de los vivos, sino que se preserva la integridad de un tejido social que solo puede sanar si reconoce la inconmensurable profundidad de su desgarradura.

Esta cifra no es, pues, un punto de llegada, sino un horizonte de sentido"

En este laberinto de ausencias y de archivos negados, el símbolo se convierte en la única brújula ética capaz de guiarnos a través de la penumbra de la historia. Si el genocidio aspiraba a la deshumanización y al silencio absoluto, la consagración de los treinta mil funciona como una respuesta coral que devuelve a las víctimas al ámbito de lo humano y de lo nombrado. Esta cifra no es, pues, un punto de llegada, sino un horizonte de sentido que nos obliga a mirar de frente el abismo para no caer en él nuevamente, recordándonos que la justicia no es solo el veredicto de un tribunal, sino la vigilancia perpetua contra el olvido que acecha en los pliegues de la cotidianeidad.

Acaso debamos entender que el número no busca cerrar una cuenta, sino mantener abierta una herida que nos define y nos exige una vigilia constante. Ante el misterio de los cuerpos que el río y la tierra aún guardan en su silencio cómplice, los treinta mil se yerguen como un testamento de verdad que ninguna estadística podrá agotar jamás. Al final del camino, cuando las evidencias materiales se desvanezcan y solo quede el eco de lo que fuimos, nos quedará la responsabilidad de haber habitado esa cifra como un hogar para la memoria.

Frente a la inmensidad de lo perdido y la persistente opacidad de quienes callan, cabe preguntarse: ¿Podrá alguna vez el rigor de una cifra matemática alcanzar la insondable verdad de una vida que nos fue arrebatada en las sombras?

*Abogado