Donald Trump no gobierna: administra
Su política exterior funciona como una sociedad anónima global, donde cada decisión se evalúa en términos de costo, retorno y control del daño. En ese esquema, América Latina es una unidad operativa más y Venezuela, por su energía, su ubicación estratégica y su impacto regional, constituye un activo sensible.
La hipótesis más inquietante que recorre cancillerías y centros de análisis es si Trump avanzó en el frente venezolano sin la venia, ni siquiera tácita de Vladimir Putin y Xi Jinping. De ser así, no estaríamos ante un desliz diplomático, sino frente a otra apuesta deliberada y provocativa de Donald Trump hacia los otros polos de poder global.
En geopolítica, mover una ficha sensible sin aviso a veces , no se paga en el mismo tablero. Se compensa en otro. Y el primero que aparecería en la ecuación es Ucrania. Nadie “entrega” Ucrania mediante un comunicado oficial: se la administra. Se enfría el apoyo, se dilatan decisiones estratégicas, se toleraría un empate sucio.

Si Washington empuja en América Latina sin coordinación previa, Moscú puede responder donde el costo político es menor y el impacto estratégico, mayor.
Avanzar sin venia y no recibir castigo fortalece a Trump: hechos consumados, presión por etapas, amenazas reversibles. Si nadie escala, Estados Unidos recupera iniciativa y redefine esferas de influencia sin pedir permiso. No se trata de reglas compartidas, sino de balance de poder.
De allí surge, en voz baja, la idea de un “pacto de Latinoamérica para Trump”. No escrito, pero operativo: Washington con prioridad en el hemisferio, mientras los otros actores observan. China lo tolera porque su interés es esencialmente económico ,cobrar, asegurar suministros, garantizar flujos, no político. Rusia lo acepta porque su foco estratégico está en Europa del Este y Medio Oriente. Venezuela se convierte así en caso testigo.
Latinoamérica pros y contras …frente al “pacto Trump”
Si existiera un pacto de prioridad latinoamericana para Trump, la región no estaría ante una bendición ni ante una condena automática. Estaría frente a una oportunidad ambigua: beneficios de corto plazo a cambio de riesgos estructurales.
Estados Unidos busca en la región estabilidad operativa: menos caos, menos migración descontrolada, menos actores extra hemisféricos tensionando el tablero. Trump privilegia negocios rápidos ,energía, alimentos, minerales críticos, y los países con reglas previsibles y capacidad exportadora pueden capturar inversiones sin esperar consensos multilaterales interminables.
No se trata de convicción democrática, sino de eficiencia. Los regímenes que generan inestabilidad regional pasan a ser un costo. América Latina deja de ser decorado y vuelve a ser tablero, aumentando su poder de negociación si actúa con inteligencia estratégica en conjunto (cosa poco probable).
El precio oculto es significativo. La democracia vale mientras no estorbe: si un gobierno resulta “útil”, los estándares se flexibilizan, con el consiguiente riesgo de doble vara y legitimidad frágil.
Además, sin coordinación regional, cada país negocia en soledad. Eso debilita a América Latina frente a Estados Unidos y profundiza asimetrías internas. China y Rusia pueden replegarse en lo político, pero no desaparecerán en lo económico, dejando a la región atrapada en equilibrios delicados. Mientras Trump piensa en balances trimestrales, América Latina necesita estrategias de desarrollo de largo plazo. La urgencia puede hipotecar el futuro.
En este marco aparece Delcy Rodríguez, sobre quien pesa la duda de si podrá conducir una transición hacia una democracia estable. Su principal desafío no es la oposición tradicional, sino el chavismo duro, que resiste menos por ideología que por negocio. La ideología fue sustituida por la economía del poder.
Antes de la “segunda etapa” que Trump amenaza, siempre escalonada, siempre reversible, hay negociación. Conviene a Washington para evitar un colapso violento; a los actores internos, para preservar activos; y a la región, para reducir riesgos sistémicos. No habrá épica democrática, sino un acuerdo imperfecto.
El tablero ofrece dos caminos. O Delcy se pone el gobierno al hombro, disciplina al aparato, negocia y vence —no por convicción, sino por supervivencia del sistema bajo reglas nuevas—; o el chavismo histórico se revuelve y la voltea, reagrupando el poder real en el núcleo duro de Diosdado Cabello y los suyos: resistir, cerrar filas y aguantar.
Las próximas semanas serán decisivas. No por los discursos, sino por los movimientos silenciosos: lealtades militares, flujos financieros, señales cruzadas a Washington, Moscú y Pekín. El foco debe ponerse, sin romanticismos, en el núcleo duro.
Si esto avanzó sin venia, Trump gana margen para seguir empujando en la región. El costo se paga en fragmentación global: menos normas, más hechos consumados. Venezuela no es el centro del drama; es apenas una jugada. Las fichas verdaderamente caras están en otros tableros. Y cuando esas se mueven, nunca avisan.