La muerte de Lidia "Taty" Almeida no sólo deja un enorme vacío en el movimiento de derechos humanos. También apaga una de las voces más activas y contundentes que enfrentó al Gobierno de Javier Milei en la disputa por la memoria de la última dictadura. A los 95 años, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora falleció este domingo en el Hospital Italiano de Buenos Aires, tras dedicar los últimos años de su vida a confrontar con los discursos negacionistas, defender las políticas de Memoria, Verdad y Justicia y transmitir el legado del pañuelo blanco a las nuevas generaciones.
Desde su llegada al poder, Milei impulsó una narrativa crítica de las políticas de derechos humanos construidas desde el retorno democrático, reivindicó la idea de una “memoria completa” y cuestionó lo que definió como un “relato” instalado durante décadas sobre la última dictadura, erosionando de esta manera los consensos construidos desde el histórico Juicio a las Juntas de 1985. Almeida utilizó sus últimas apariciones para confrontar de manera directa con el discurso de la Casa Rosada.
“Le vamos a demostrar a Milei y compañía que no van a poder borrar la memoria. Son un Gobierno totalmente negacionista”, afirmó el pasado 24 de marzo, durante la masiva movilización por los 50 años del golpe de Estado.

La Plaza de Mayo se convirtió, una vez más, en el escenario privilegiado de esa disputa. En la previa del acto por los 50 años del golpe de Estado, Almeida habló con la prensa y volvió a cargar contra el Gobierno por sus posiciones sobre la última dictadura. Al referirse a los hallazgos vinculados a víctimas del terrorismo de Estado en el excentro clandestino La Perla, rechazó los intentos de relativizar los crímenes de la represión ilegal.
"Podrán negar todo lo que quieran, pero mirá ahora esos 12 que aparecieron allá en La Perla. ¿Esos quiénes son? Se le está terminando el veranito a Milei", desafió.
Horas más tarde, frente a una Plaza de Mayo colmada, fue la encargada de cerrar el acto central por el aniversario del golpe. “Somos el país del Nunca Más y el pañuelo blanco”, proclamó antes de pedir que las fotos de los desaparecidos fueran levantadas hacia la Casa Rosada. “Ese poder del Estado que no los busca mientras los niega. 30.000 detenidos-desaparecidos, presentes. Ahora y siempre”, denunció.

El 17 de abril, la Universidad de Buenos Aires le otorgó a Taty Almeida el Doctorado Honoris Causa. Pero la ceremonia realizada en la Facultad de Filosofía y Letras estuvo lejos de convertirse en un acto protocolar. Frente a estudiantes, docentes y militantes de derechos humanos, la histórica referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora utilizó ese escenario para hablarle a quienes consideraba los continuadores de una lucha de medio siglo: los jóvenes.
"Militancia es compromiso. No hay que tenerle miedo a la palabra militancia. Militar es tener compromiso, ese compromiso que los 30.000 desaparecidos asumieron, ese compromiso que ya han tomado tantos jóvenes, y no tan jóvenes, que son nuestra esperanza. Ustedes son los que van a continuar luchando por la Memoria, la Verdad y la Justicia”, les dijo.
La ceremonia coincidió con el vencimiento del plazo para que el Gobierno cumpliera con la Ley de Financiamiento Universitario, en medio de una creciente tensión por el presupuesto de las casas de estudio. Desde ese escenario, Almeida cuestionó las maniobras oficiales para dilatar el cumplimiento de la norma y reivindicó el compromiso político de los jóvenes. Incluso hubo lugar para el humor cuando la bandera de ceremonias cayó a centímetros de su cabeza durante el acto y ella reaccionó entre risas: “¡Éste es Milei!”.
“Hasta 1980 la mayoría de la sociedad no sabia de los desaparecidos y resultaba inverosímil”
También reivindicó la dignidad de los 30.000 desaparecidos: “Hoy hay gente que dice que por algo será que los desaparecieron. Claro que por algo será. No era por perejiles ni por estúpidos. Eran militantes políticos", afirmó. Esa misma lógica atravesó sus últimas intervenciones públicas.
En sus presentaciones ante la Comisión de Derechos Humanos y Garantías de la Cámara de Diputados, donde se debatieron proyectos para sancionar los discursos negacionistas y las expresiones de odio de funcionarios públicos respecto del terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad, Almeida reclamó a los legisladores que aceleraran el tratamiento de las iniciativas y advirtió sobre los riesgos de relativizar el horror de la dictadura.
“Esto fue un genocidio que padecimos durante los años 70 y parte de los 80. Más que nunca, ustedes, que son los representantes del pueblo, tienen que sancionar urgente esa ley”, sostuvo. Y agregó: “No puede ser que estos deplorables personajes sigan ensuciando la memoria de Alejandro y de los 30.000”.

Consciente de que quedaban cada vez menos Madres y Abuelas vivas, convirtió cada acto, entrevista y movilización en un mantra de traspaso generacional: “Ver tanta juventud es un aliento, es una esperanza, porque ustedes son el recambio”, repetía.
Almeida señalaba la urgencia de la transición del movimiento: "Quedamos tres madres, nada más, y dos abuelas. Así que cuando ya no estemos hemos pasado la posta, de a poquito. A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie".
Frente a un Gobierno que cuestiona consensos históricos de la democracia, Taty transmitía una herencia: "Quedamos muy poquitas Madres, muy pocas Abuelas, pero estamos tranquilas porque tenemos una militancia estupenda por parte de los jóvenes y los no tan jóvenes”.
Alejandro, el hijo que la "parió"
Nacida en 1930 en el seno de una familia militar, Taty Almeida no imaginaba que terminaría convirtiéndose en una de las figuras más emblemáticas del movimiento de derechos humanos argentino. El secuestro y desaparición de su hijo Alejandro Martín Almeida, el 17 de junio de 1975, cambió para siempre el rumbo de su vida.
Durante años recorrió cuarteles, despachos y oficinas en busca de respuestas hasta encontrar en las Madres de Plaza de Mayo un lugar desde donde transformar el dolor en militancia. "Yo me siento parida por Alejandro", repetiría.

Aquel joven de 20 años, estudiante de Medicina y militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), dejó constancia de su sensibilidad y su compromiso en una serie de textos que su madre encontró en una agenda después de su secuestro:
Si la muerte me sorprende
"Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta, si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad, y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos, llantos y consejos que no quise seguir, quisiera decirte mamá que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros. La cita de control, la última, se la llevaron ellos, los caídos, nuestros caídos, mi control, nuestro control está en el cielo, y nos está esperando. Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta, si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento el último aliento para decir te quiero".
Medio siglo después, Taty contaba que seguía encontrando a su hijo en esos compañeros. Y estaba convencida de que, cuando ya no quedaran Madres ni Abuelas para contar la historia, serían ellos quienes mantendrían viva la memoria.
ML