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fuegos

Los ojos ciegos bien abiertos

Indio Solari
Indio Solari en Olavarria | Cedoc
La parafernalia discursiva sobre el concierto de Olavarría fue una ola que barría: conspiraciones k y anti-k, cálculos de la relación muertos ricoteros versus fiestas electrónicas Time Warp, evaluación de hectolitros de cerveza, ganancias empresariales, especulaciones sobre el carácter artístico o mercantil del evento, camiones de basura para trasladar rezagados, cálculos vecinales sobre la cantidad de baños químicos necesarios para procesar las deposiciones diarias de un mínimo de 200 mil personas, vacuas declaraciones presidenciales y solidaridades de las almas bellas por afinidad de discurso, campañas acusatorias: el mundo paranoide estuvo a pleno, gozoso, en la plétora de un sentido oculto por fin descubierto de manera definitiva, y de inmediato sustituido por la lectura de otro opinólogo de ocasión. Fue la apoteosis de un universo moralista y canalla, el barro de Olavarría, donde lo que no llegó a ocurrir exaltó el deseo de una tragedia verdadera.

Un amigo palermitano, Julio César Crivaro –cincuentón, tímido, agorafóbico– decidió asistir al recital. Como nunca sale de la ciudad (la falta de humo de las combustiones fósiles le corta la respiración), armó mal su viaje. Llegó tarde, se perdió en los caminos de acceso. Le daba vergüenza preguntar, y como es medio sordo no lo guiaban bien los ejercicios de sonido de la distancia. Finalmente, se perdió, no sabe si en un maizal o en un bosque.  Había algo por ahí, un murmullo de roedores o el fluir de un arroyo de aguas olorosas. Armó, como pudo, un fuego, decidido a esperar la mañana. Gentes pasaban cerca, pero eran sombras, como fantasmas. El fuego prendió, primero unas chispitas discretas, enroscándose en la hoja de un matutino donde se retorcían y juntaban los rostros de Cristina y de Mauricio. Mi amigo leyó una frase antes de que el oro líquido la devorara: “obra pública y negocios de privados”.  Después, la llama se alzó, dorada también, y caliente como era de esperarse. No hacía frío y el fuego alentaba a la meditación, y Julio César se dispuso a contemplarlo.

Al parecer, en el rejunte había mezclado huesos secos con las ramas y las hojas de árboles y de diario. Huesos de animales o de indios muertos en la campaña del desierto (siempre hay un indio por aniquilar, faltaba más, somos argentinos), por lo que estos huesos, a cambio de arder serenamente y soltar su resplandor rojo, se calcinaban por dentro, por así decirlo se ahuecaban, despidiendo un gas que al contacto con el aire se encendía silbando en flamas azules. Las primeras, las llamas de las ramas, elevaban su ardor a la bóveda formada por las copas de los árboles, una trama de negrura que se cerraba sobre la cabeza de mi amigo, rebotando o absorbiendo esos trazos de ardor blanco e instantáneo, en tanto que el fuego de los huesos mostraba una voluntad de duración, el empeño de lo inanimado por no desvanecerse, y soltaba su chorro de fuego en columnas rectas dirigidas hacia cualquier parte, por lo que Julio César tuvo que apartarse para que no lo alcanzaran.

Eso duró un rato, hasta que la intensidad comenzó a ceder. Las ramas, sobre todo las pequeñas, perdían su tono pardo y aspiraban a la transparencia, pero antes de desaparecer por efecto de la consunción se retorcían en movimientos alegres, crepitaciones elegantes que remedaban la finura deliberada de un ikebana, y luego caían como brasa o ceniza sobre la ceniza y la brasa central de la hoguera. Y así también las hojas, que parecían henchirse como si hubieran revivido al contacto con el agua, pero que al instante se convertían en un espectáculo puntillista y asimétrico, agujeros que se multiplicaban dejando traslucir los filamentos de fuego que iban devorando los bordes hasta consumirlas. Y por último  aquellos huesos, blancos y pequeños, que se entregaban ahora al pudor y remitían su intensidad excesiva, permitiendo que sus columnas azules dejaran caer los extremos por disminución de la emisión gaseosa.

Lo cierto es que Julio César Crivaro se pasó la noche alimentando el fuego, mirándolo, mientras a lo lejos sonaba Jijiji.