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CULTURA / exhibicion
sábado 7 abril, 2018

Un ruinoso esplendor

En la galería Barro, de la Boca, Nicanor Aráoz despliega una serie de esculturas de seres que admiten que el tiempo de evolución está por terminar, seres dotados de agallas y prominencias, bultos y relieves, pero a los que se nota felices y gozosos. ¿Serán parejas? ¿Habrá jerarquías? ¿Tendrán distintas edades? “Placenta escarlata” plantea las mismas preguntas que una novela.

Laura Isola

Aráoz. Resulta imposible saber aún cuáles son las condiciones de estas vidas en suspenso. Pero se las nota felices y gozosas. Foto: BARRO

Uno de los escritores que han modelado el futuro con sus especulaciones científicas, pero sobre todo sociológicas, fue H.G. Wells, quien en 1895 inventó una poderosa máquina del tiempo y le puso ese nombre a la novela. Si bien no es tan detallista en la parte mecánica y la descripción del aparato que utilizará el viajero a través del tiempo, su protagonista, el relato cifra en la distopía la sociedad del porvenir. Para no quedarse corto, el autor propone el año 802.701 para la visita de este científico de finales del siglo XIX a lo que va a ser el planeta Tierra, y lo que encuentra es una división muy tajante en dos especies: “El Hombre no había seguido siendo una especie única, sino que se había diferenciado en dos animales distintos; las graciosas criaturas del Mundo Superior no eran los únicos descendientes de nuestra generación, sino que aquel Ser, pálido, repugnante, nocturno, que había pasado fugazmente ante mí, era también el heredero de todas las edades”.

Estos últimos son los Morlocks, feos y feroces. Viven debajo de la tierra y son carnívoros. Seres oscuros que están al acecho. Por el contrario, los Eloi son bellos y graciosos. Viven de forma despreocupada en la superficie, sin trabajar, comen las frutas que le da la naturaleza y están amándose todo el día. Por eso, la primera visión del viajero ante este nuevo paraíso –aún no se había topado con los Morlocks– lo hace conjeturar que la humanidad ha conseguido desarrollarse plenamente, que se ha impuesto el comunismo, que no hace falta una distinción entre los sexos ni entre las clases. Para él, antes de saber que hay otra especie, el mundo estaba en “un estado de ruinoso esplendor”.

La misma idea, la exacta, precisa, paradojal y poética frase es con la que describiría la primera impresión de Placenta escarlata, la muestra de Nicanor Aráoz. La sala enorme fue fraccionada y regula un recorrido controlado por unas esculturas de seres que admiten que el tiempo de evolución está por terminar. El espacio de exhibición que las contiene es, en esta especulación deudora del género de la ciencia ficción, un museo o una discoteca. En ambos casos, los cuerpos se muestran y se ofrecen. Están para ser admirados en su forma-de-vida. Eso que, gracias a Giorgio Agamben, entendemos como “una vida que no puede separarse nunca de su forma, una vida en la que no es nunca posible aislar algo como una nuda vida”.

Un ruinoso esplendor enhebra las piezas antropomórficas en la completitud de la figura y las liga entre ellas por medio de supuestos vínculos insospechados. ¿Serán parejas? ¿Habrá jerarquías? ¿Tendrán distintas edades? Están talladas en poliuretano expandido y pintadas en gamas de colores que se han despojado de lo humano para adaptarse a un territorio diferente. La imaginación científico-biológica no alcanza a entender qué tipo de mímesis harán con las fluorescencias de la piel o cuáles son las destrezas en el ritual de apareamiento. Lo que sí, por la protuberancia sanguínea de una de ellas, suponemos que ahí está la placenta escarlata, engendrar o engendrase es el procedimiento para la supervivencia.

Les han crecido agallas y prominencias; bultos y relieves. Es imposible saber aún cuáles son las condiciones de estas vidas en suspenso. Pero se las nota felices y gozosas. No podemos saber si con un placer parecido al nuestro, pero en las caras se adivina el éxtasis o alguna manera de deleite. Por las poses podemos adivinar sus movimientos, las contorsiones y sus modales. Tienen el equilibrio bípedo que, nuevamente, nos encadena con esas figuras en algún punto del desarrollo.

Para el inframundo falta un poco. Los eventuales Morlocks no han aparecido en la fantasía de Nicanor Aráoz. Sin embargo, los pedestales en los que apoya a los luminosos especímenes de una civilización proyectada están recubiertos con látex oscuro y tensado, que deja ver los intersticios y promueve el misterio de ese interior. Estarán esperando una noche más para salir de cacería o desarrollando anticuerpos y adaptaciones a luz del sol o artificial, cual sea que todavía permita alguna posibilidad de vida terrestre.

Al igual que en Wells, en Aráoz hay una impronta sociológica o un intento de ello. El mural, un collage ploteado con indicaciones sobre arte y política, puede leerse en ese sentido. Quizá, con demasiado énfasis; excesivo y muy iluminado. Como si la utilización de modelos dramáticos o artísticos, la propedéutica del género sci fi, no bastara para imaginar cómo puede ser el hecho de vivir en ese futuro posible y, de pasada, sugerir otras alternativas.

 

Placenta escarlata

De Nicanor Aráoz. Texto: Nicolás Cuello. Barro Arte Contemporáneo,

Caboto 531, La Boca

Hasta el 28 de abril de 2018


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