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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 6 mayo, 2018

Visitas

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por Selva Almada

. Foto: Marta Toledo

Los sábados a la tarde o algún día entre semana, cada tanto, unas chicas Testigos de Jehová tocan a mi puerta. Siempre las atiendo porque no son cargosas, me dejan la revista, algún folleto, la invitación a acompañarlas en alguna de sus reuniones y se van. (En una época, cuando recién me vine a vivir a Buenos Aires, mi novio decía que me vestía como una Testigo de Jehová, aunque para mí era vestirse cool. Creo que por eso también les tengo simpatía.) A la revista Atalaya le debo la mitad de una novela, así que siempre digo que lo menos que puedo hacer es atenderlas y no esconderme como hace la mayoría de la gente.
Hace poco pasaron y me dejaron un volante con la dirección de una página web, cuentas de Facebook y Twitter; un sitio donde leer la Biblia online. Dios en las redes.
Cuando era chica en mi barrio circulaba la Virgen. Decíamos que venía a visitarnos. Una vecina que ya la había alojado en su casa, la traía y la dejaba una semana. Luego se le pasaba la posta a la vecina siguiente. Venía adentro de una capillita de madera con un vidrio adelante, todo tendría el tamaño de una caja de zapatos. A mí me latía el corazón más fuerte cuando la Virgen estaba en casa.
Siempre se le buscaba el mejor lugar, arriba de alguna mesita que a veces se ponía especialmente, con alguna carpetita tejida al crochet. Un florero que en esa semana debía tener siempre flores frescas y agua limpia y un platito para las velas que tenían que estar prendidas todo el tiempo, siempre y cuando hubiera alguien en la casa, claro. Mientras la Virgen estaba de visita también podían venir otras vecinas a rezarle, sin necesidad de invitación. La Virgen era un poco como esas gurisas del barrio que invitabas a jugar y te caían con otras gurisas o con las hermanas, sin avisar. Entonces por lo menos el lugar donde estaba la Virgen tenía que estar siempre barrido y ventilado, por si venían visitas. Y las flores cambiadas porque si no, te sacaban el cuero. Al final era para trabajo. Como pasa en general con las visitas: da alegría cuando llegan y un gran alivio cuando se van. Pero si salteaban tu casa era porque algo no andaba bien, algo habría hecho esa familia y estaba en falta. No era necesario estar en falta con Dios o con la Iglesia: alcanzaba con andar torcido con la vecina encargada de mandar a la Virgen de acá para allá. Así que cuando nos tocaba a mí me daba alegría por partida doble: una porque quería decir que nadie de mi familia se había mandado ninguna cagada y otra porque me gustaba tenerla en casa. Me gustaba como te gustan esas cosas que te gustan y te alteran al mismo tiempo. Casi no podía pegar un ojo y me levantaba a cada rato a vigilar que las velas no fueran a prender fuego la casa. Y cuando podía conciliar el sueño me despertaba sobresaltada, temerosa de soñar algo inapropiado y que ella se diera cuenta. También me daba miedo que alguien se la robara.
Decían que una vez había pasado. La Virgen estaba de visita en una casa y cuando llegó el tiempo de mudar a otra, resulta que no estaba. Los anfitriones no podían explicar qué había pasado. ¿Quién iba a robarse una Virgen en una capilla pelada como ésa, no más grande que una caja de zapatos? Para qué. Para hacer daño nomás. Nunca apareció y a ese barrio se le suspendieron para siempre las visitas. Seguro fue alguno que quiso hacer una broma: como esos falsos secuestros de las películas que acaban desmadrándose sin querer. Un plan simple, inofensivo, que, por esas cosas del destino, termina mal.


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