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POLITICA / ultimos meses
sábado 18 junio, 2016

Estaba alterado y perseguido

por Redacción Perfil

Lo veían perseguido. Dormía mal. Vivía acelerado. Los últimos días de José López, que desembocaron en el cinematográfico episodio que culminó con los bolsos llenos de dinero arrojados al convento de General Rodríguez, fueron caóticos.
Se paseaba de su casa en Tigre frente al río Luján al centro porteño, donde había alquilado una oficina en el quinto piso de la calle Lavalle. Muchas veces iba y venía con papeles. Casi siempre apurado. Sólo interrumpía su rutina para ir a Montevideo una vez por mes a las sesiones del Parlasur, donde prácticamente no hablaba. Estaba en mala relación con su mujer, Amalia Díaz, quien se habría alejado de él. Nunca salió a defender a su esposo. Pero además, según fuentes policiales y judiciales, las adicciones de López le habían complicado la vida: solía pasar largas horas solo en su casa en Tigre y habría comenzado una relación amorosa con una joven cercana a la familia. Cuando llegó la Bonaerense a allanar la casa, había dos platos con comida en la mesa

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