COLUMNISTAS
la obviedad de ser hincha de un equipo que gana todo

Colores que se encienden

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Humo. Ser hincha de River, de la B Nacional a las copas Libertadores. | fotobaires

Era un partido importantísimo. Otra vez: algo histórico con River como protagonista. Finalmente, Boca lo intentó, estuvo más cerca de lo que muchos pensábamos, pero no le alcanzó. Sonreí con el pitido final: River está en la final de la Libertadores. Pero algo de esa alegría me resultaba ajena.

Si me preguntan por qué me hice hincha de River, creo que todo remite a mi abuela. Recién hoy entiendo que lo hizo para llevarle la contra a mi abuelo xeneize, pero el énfasis que ponía ella cuando decía que era gallina bastó para convencerme. También por mis tías, sus hijas. Supongo que además hubo algo de eso, seguir a las mujeres.

Con el paso de los años, mi interés por el fútbol creció. No sé bien por qué, porque ni mi abuela ni mis tías me llevaron a la cancha ni me hablaron más de fútbol. Pero se mantuvo y me encontré toda la primaria peleándome con mis profesores y compañeros para que me dejaran jugar al fútbol en los recreos. Casi nunca lo conseguí.

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Tampoco me vendí en la tentación de la primera cancha: la primera vez que pisé un estadio fue a los 12, acompañando a Gonzalo, mi mejor amigo, hincha extremo de San Lorenzo. Soñaba con sentirme parte de ese mundo futbolero al que quería pertenecer desde siempre pero mi entorno no me ayudaba. Entonces, hasta me aprendí canciones y me puse la camiseta azulgrana. Pero nunca cambié mi speech: soy de River.

En la secundaria conocí a Camila, hoy, mi mejor amiga. Ella era fanática de mi mismo equipo, pero fanática en serio, como yo soñaba ser. Fue la clave. Con ella, me aprendí las canciones, tuve mi primera camiseta, y lo más importante: empecé a ir a la cancha. Primero, con su familia; pero con el paso de los años, empezamos a querer vivirlo solas. Entonces le inventábamos excusas al papá para ir por nuestro lado.

El 26 de junio de 2011 mi papá no me dejó ir a la cancha porque tenía miedo del quilombo que podía haber. Nuevamente mi entorno me alejaba de mi pasión. Pero, otra vez, algo dentro mío fue más fuerte y ahí comenzó mi etapa más gallina. Con River en la B. De hecho, al día de hoy, si me pedís una canción, sin duda te coreo “muchos años estuvieron, chamuyando la gilada, lo queremos ver a River, cuando le lleguen las malas...”.

Quedaría bien decir, tal vez, en esta instancia de relato, que nadie pudo contra mi amor por esos colores. Ni el poco incentivo de mi abuela como inspiración principal, ni mis compañeros y profesores del colegio que no querían que jugara, ni la tentación de la primera cancha, ni el miedo de mi papá. Pero pasó. Hubo un día en el que guardé la camiseta.

Tenía 20 años y había empezado a trabajar en ESPN. El fútbol nunca había estado tan presente en mi vida: comenzaba a hacer coberturas en las previas de los partidos importantes. Nunca se me había cruzado que mi fanatismo por River podía traerme algún problema. Los periodistas no suelen decir de qué equipo son hinchas, pero yo me sentía lejos de eso. Era chica, me sentía inocente, tenía la sensación de que tenía una pasión sana, que no jodía a nadie, respetuosa, y que estaba simplemente yendo a trabajar. A la Bombonera, a trabajar. Esa fue mi primera cobertura.

Yo ya tenía redes sociales hacía mucho y no titubeaba en poner chistes pro River. Hasta que, más cercana a la hora del partido, una hincha me gritó: “¡Gallina, te vas a morir en la Bombonera!”. El grito está intacto en mi cabeza. Todos se dieron vuelta, para mirarme y para odiarme. Me escondí detrás de un móvil de tele y lloré. Lloré hasta que creí que había pasado el tiempo suficiente como para salir y que la gente que había escuchado mi crimen ya hubiera entrado al estadio. Porque eso sentí, ser hincha de River e ir a trabajar a la cancha de Boca era un crimen.

Después de ese día, borré tuits viejos, dejé de subir cosas de River y hasta empecé a decir que era de Sacachispas. El manual de los periodistas deportivos: agarrar un equipo de barrio que no le cae mal a nadie. Hasta me encariñé y aprendí sus frases: “Al lila se lo respeta”.

Recién cinco años después de tener que apagar los colores, quiero volver a prenderlos. Además de acallar el fanatismo, visitar muchas canchas y conocer jugadores, que un resultado sea una herramienta de trabajo antes que una buena o mala noticia, todo eso va realmente matando los sentimientos. Hoy, que ya no cubro las canchas, con esta nota vuelvo a ponerme la camiseta. Aunque es difícil subirse a un equipo que gana todo. Suena a lo más simple, pero en realidad es lo más obvio. Yo nunca quería que ganaran Jerry ni el Correcaminos, siempre estaba con Tom y el Coyote. Quizás me quede con Sacachispas.