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COLUMNISTAS / modos
sábado 29 febrero, 2020

De dealers y teteras

por Rafael Spregelburd

sábado 29 febrero, 2020

No he leído aún a Olga Tokarczuk, la ganadora del Nobel 2018, pero el discurso de diciembre es lo suficientemente bueno como para merecer ese y otros premios. Su disertación debería ser lectura obligatoria en toda academia, sobre todo porque no es académico. La literatura, arrinconada por la falta de fe de los humanos, que consumen fake news y se cansan de ejercitar una credibilidad que los decepciona, puede ser –a la vez– el arma que restaure humanidad a nuestro destino. “En un mar de muchas definiciones de ficción, la que más me gusta es también la más antigua y proviene de Aristóteles. La ficción es siempre un tipo de verdad”, dice Tokarczuk.

¿Pero qué pasa cuando la verdad es un tipo de ficción? Nos embarga la pesadilla aristotélica. Hoy leí el caso extraordinario de las dos mujeres de Alto Comedero llevadas a juicio por envasar y vender cocaína muy mala. La droga incautada resultaba tan diluida que los jueces debieron dejarlas libres. ¡No hubo realmente cuerpo del delito! A no ser la estafa: vendían algo que ni calificaba como droga. Según Abel Fleming, juez del Tribunal Oral Federal de Jujuy, “lo secuestrado no es estupefaciente”.

Se trata de un limbo paradójico que –se me antoja– pide a gritos ser escrito como historia. Tal como dice Tokarczuk, el límite entre ficción y no ficción ya no es tan importante, de la misma manera que tampoco es importante la división en géneros con la que el mercado literario a veces pretende ordenar los estantes de la venta, más que los motivos de la divina comedia humana.

Efectivamente, de ser escrita, la historia de las dos dealers jujeñas no entraría estrictamente en ningún género preexistente, ni novela negra, ni realismo mágico, ni neorrealismo, lo cual me lleva de nuevo a las hermosas reflexiones de la autora polaca: lo que ocurre en la verdadera literatura no se puede explicar con las categorías precedentes, que no son más que los lineamientos con los que se construye ese sucedáneo de literatura, el entretenimiento, que solo ofrece un remedo de lo ya conocido para satisfacer las necesidades de relato simple, cerrado, mínimo.

Nos dice Olga Tokarczuk: “Cada vez más, el trabajo de género literario es como una especie de molde de pastel que produce resultados muy similares, su previsibilidad se considera una virtud, su banalidad es un logro. El lector sabe qué esperar y obtiene exactamente lo que quería”.

Para que ocurra un relato, los lectores (mágicamente convertidos en coescritores de lo que falta entre las oraciones impresas) completamos los puentes entre hechos basándonos en nuestra experiencia vital. Los recuerdos de infancia, los traumas, la piedad sobre nuestra propia historia constituyen esa experiencia de la que habla la autora. No es la información, tampoco los acontecimientos. “Es la experiencia, y no cualquier evento, lo que constituye el material de nuestras vidas”. De modo que la lectura (que es escritura de una ausencia) fuerza a una actualización permanente de nuestra experiencia. “El rey murió y luego murió la reina” es una frase más eficaz que “el rey murió y después la reina murió de pena” porque en la primera el lector se obliga a preguntarse “¿por qué?” mientras que en la segunda no se preguntará nada, ya que alguien se lo explica.

La historia de la falsa droga y del crimen que no es (y que jaquea al sistema legal argentino) nos obliga a preguntarnos sobre causas y efectos, a la vez que nos muestra un terreno complejo, no ordenado por la costumbre.

En todo relato se asume entonces una responsabilidad que hace que el devenir se convierta en historia, las personas en humanos, la razón pura en alma franca.

Aun así, hay gente (en literatura, en cine y, sobre todo, en teatro) que insiste en construir ficciones sin relato, meras secuencias de eventos o informaciones sin porqués, como si se tratara del futuro de las letras. No es –como se temió– el avance de la pulsión visual el que entorpece el arte del relato escrito. Es la falta de ternura. “La ternura personaliza todo con lo que se relaciona, lo que hace posible darle una voz, darle el espacio y el tiempo para que exista y se exprese. Es gracias a la ternura que la tetera comienza a hablar”. Me rindo a sus modos.


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