jueves 18 de agosto de 2022
COLUMNISTAS tesoros

El cono urbano

15-07-2022 23:55

De algún lugar vienen las palabras, pero su magia en el habla radica en que olvidemos este origen para que se vuelvan útiles.

Hace poco participé de un foro en Bogotá para pensar políticas para atraer al público de sus teatros y todo estuvo muy bien hasta que –en unos spots– me hicieron una sola pregunta: ¿qué le diría al que no va al teatro porque piensa que no le va a gustar? Pedí que apagaran la cámara para pensarlo. Pero todavía no lo hice. 

Si hablamos de teatro en Occidente nos referimos a una cosa urbana; en Buenos Aires además está lejos del didactismo y más cerca del ejercicio filosófico: es ensayar modos lúdicos de pensamiento. Hoy, que la difusión del pensamiento político viaja más rápido en Twitter y otros soportes sin cuerpos, el teatro conserva para sí las reglas de un juego de mesa social, colectivo. 

Si hablamos de teatro en Occidente nos referimos a una cosa urbana

Claro que hay teatro urbano y también conurbano, como el que ensaya con pluma desquiciada Santiago Gobernori en la muy capitalina Conurbano cotidiano. Inspirada tal vez en una cacofonía (¡la mala suerte de las palabras como calvario!), usufructúa formas del teatro tenidas por menores en los imaginarios intelectuales: los títeres, el infantil, el podcast, el biodrama confesional, el musical con covers, el tontipop; de estas ilusiones conurbanas al teatro (periferias del drama) extrae un jugo ligero y refrescante, una birra artesanal embriagadora que –sin señalar grandilocuencias– masajea el cerebro para forzarlo a pensar algo distinto. Es un teatro impúdicamente aliterario, ubicado en una radio de Luján, escrito sobre cuerpos y cabezas de una movilidad clownesca: Nico Giménez se luce junto a las inefables e indivisibles Victoria Baldomir y Sabrina Zelaschi, que siempre recuerdan a esa tradición irreverente fundada por Urdapilleta y Tortonese, o los Melli, una tradición que es la que me dejó mudo ante aquella pregunta en Bogotá. Es que en Buenos Aires se va al teatro porque es fundamentalmente divertido, desviado, descentrado: carece de políticas de agenda, se les escapa a los flacos programas que buscan atraparlo, huye de horarios centrales y luces del centro (Gobernori explota los miércoles en el Galpón de Guevara) y es un raro tesoro algo mugriento cuyo origen –por suerte– más bien desconocemos.