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COLUMNISTAS / opinion
domingo 20 octubre, 2019

El dedo de Alberto y la lengua de Cristina

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por Jorge Fontevecchia

Debate y actos: El “dedito levantado” de Alberto Fernández y la intensidad de Cristina Kirchner. Foto: captura de pantalla / cedoc
domingo 20 octubre, 2019

Vale la pena estudiar cómo son las cosas pero lo que hace a la vida digna de vivirse es el porqué. Ese podría ser el lema de la etología, la ciencia que estudia la fisiología del comportamiento. Para los etólogos, la agresividad es una virtud en el mundo animal, necesaria para la conservación de las especies. Para los sociobiólogos, la agresividad aumenta con la escasez de recursos necesarios para la sobrevivencia. La etimología también tiene algo que indicarnos sobre la agresividad: agredir viene de gradi, que significa andar en latín. Aunque no todo andar sea un avance, no se puede avanzar sin andar.

Claramente, el kirchnerismo tiene modales con un mayor grado de agresividad en su comunicación política. Algunos discursos de Evita lo tenían. Lo tienen los agitadores cuya tarea es hacer perder el miedo a sus bases, siendo así una función que hace al órgano. Fuera del discurso político, en la vida cotidiana se considera educada a una persona que se autoimpone el control de su agresividad y, salvo una necesidad de autodefensa, la agresividad será percibida como un gesto de brutalidad.

Ethos viene de comportamiento. Más que la ideología, las formas expresivas indican pertenencia

Este es el punto que eligió Macri en su discurso de la Marcha del Millón para volver del anterior debate en Santa Fe, cuando se refirió al dedito levantado de Alberto Fernández diciendo: “Volvió el dedito acusador, la canchereada, el kirchnerismo no cambió”. En igual sintonía, Miguel Angel Pichetto vino sosteniendo que el Frente de Todos tenía como estrategia reducir la exposición de Cristina Kirchner en campaña para que la oralidad mordaz de la ex presidenta no resultara provocadora para los votantes indecisos de clase media que prefieren la circunspección y la serenidad.

El domingo anterior, la columna de Beatriz Sarlo titulada “Gobierno de clase” (http://bit.ly/sarlo-gobierno-clase) decía: “Es una marca de clase, los buenos modales que siempre exhibió Macri, que ni siquiera hoy se permite la grosería del racismo explícito de su compañero Pichetto”, diferente a los modales de la clase política de la “Argentina plebeya” más altisonantes.

En el Medioevo, cuando las sociedades pasaron de ser rurales a urbanas, las normas de cortesía tuvieron una importancia sustancial para la construcción de la sociedad. La cortesía fue una ideología. En la Argentina pretérita, lo bárbaro como incivilizado se expresó en el libro de Sarmiento Facundo. Civilización y barbarie en las pampas argentinas, y no es casual que Macri apelara ante el Fernández del debate al imaginario social arraigado en la clase media argentina de “gritas demasiado para tener razón”.

Sobre el imaginario social profundizó el sociólogo Cornelius Castoriadis en la revista Socialismo o Barbarie (nuevamente la misma palabra) y en su libro La institución imaginaria de la sociedad. Argentina tuvo una institución imaginaria de país europeo hasta la emergencia del peronismo y mientras el total de la población era un quinto del actual. Y otra institución imaginaria “plebeya” desde 1945, creciente desde entonces por la combinación del aumento de la población sin crecimiento de la riqueza.

Cuando Macri repite en sus actos que quienes concurren vienen por sus propios medios y no son “traídos” en micros, no se los motiva con choripanes y pide que dejen la avenida 9 de Julio “limpia” sin un solo papelito tirado después de su acto, se está refiriendo al grupo de pertenencia que interpreta el dedito levantado de Alberto Fernández o el discurso punzante de Cristina Kirchner como una manifestación de violencia.

Así como los jóvenes se rebelan contra el poder de sus padres contrariando ostensiblemente sus normas de comportamiento social, es una herramienta de la retórica provocar a los contras destinatarios de un discurso no respetando sus convenciones y más aún si representan el poder.

El dedito levantado que Alberto Fernández viene mostrando más asiduamente desde su amplio triunfo en las PASO, tanto como una hipotética mayor visibilidad de Cristina Kirchner, es percibido por quienes rechazan al kirchnerismo como una demostración de que ahora que se siente ganador no disimula y se esfuerza menos por lucir moderado. Señales anticipatorias de que pasadas las elecciones rápidamente volverá a la crispación de su última presidencia y que –como le dijo Macri a Alberto Fernández en el debate previo– “el kirchnerismo no cambió”.

Macri insiste con que sus votantes no son “choriplaneros” y se desplazan por sus propios medios

Frente a esa posición, los más serenos del Frente de Todos quieren hasta dejar de utilizar la palabra kirchnerismo y volver a autorreferenciarse como peronismo, dando a entender que hubo una síntesis interna donde en su amalgama el kirchnerismo dejó su huella pero no es el camino.

Así como agredir viene del latín y quiere decir andar, hormona viene del griego y quiere decir mover e impulso. El proceso civilizatorio inhibe la agresividad intraespecífica, la destructiva para el grupo, pero se sirve de su impulso para progresar. Buen consejo para el peronismo-kirchnerismo: que en un eventual gobierno sus pulsiones no desaten belicosidad interna entre sus componentes. Que la unidad que buscaron para ganar las elecciones se mantenga también si les toca gobernar.


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