lunes 08 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinión

El éxito de la decepción

10-07-2022 01:09

El concepto de expectativas recibe una atención injusta en la comunicación cotidiana, ya que se lo usa como recorrido inmediato para la crítica a otros, sin dejar espacio de atención para su rol en la producción social. Con esta estrategia, para un ejemplo obvio, se puede observar en los medios de comunicación el tratamiento que recibe una relación despareja entre “inicio” y “fin”, es decir, entre la promesa de destino y el punto final. 

Así, florecen reclamos por el no cumplimiento de compromisos de campaña, se denuncia por estafas de negocios o se acusa sobre supuestos casos de corrupción, bajo el formato de que aquello que debería suceder de una manera establecida, transitaría hacia un lugar decepcionante y diferente. 

Sin embargo, en este tipo de tratamiento, se ausenta algo fundamental relacionado a la producción operacional que esas decepciones generarían, es decir, el siempre tiempo después que ocurre luego de una decepción. 

Si se presta atención, la sociedad se trata en realidad más de decepciones que de cumplimientos. El sistema del derecho es quien más experiencia tiene en relación con estas cuestiones, ya que sus normas son fundamentalmente un escenario de expectativas de comportamiento que lo obligan a ocuparse de casos en que estas mismas son justamente incumplidas. 

Esto permite aclarar algo no tan obvio relacionado al poder de las leyes, en cuanto a que las mismas no garantizan que no ocurran los delitos, sino que intentan resolver el tratamiento que se le dará, al momento de que aquello que deba suceder, de acuerdo a la ley, no ocurra, desde el punto de vista de la justicia. Con este logro procedimental, en los casos que sucede, puede ordenarse el futuro, es decir, el próximo paso de aquello que quedó en disputa.

La Cristina del espectáculo

Mientras el derecho tiene para ofrecer una rutina de resolución a una expectativa no cumplida (por ejemplo, con un fallo judicial) otras decepciones o desajustes no tienen un espacio para ser transitadas de manera tan evidente. 

Aunque el derecho estira el tiempo de un conflicto, ya que la disputa entre dos personas, en vez de resolverse de manera privada y rápida, requiere de un tratamiento externo con procedimientos ajenos a sus protagonistas, tiene igualmente la función de colocar una nueva expectativa, de antes y después, en relación a ese problema. La disputa por la apertura de las escuelas en pandemia, entre la Ciudad de Buenos Aires y el gobierno nacional, fue resuelta, no con elucubraciones ideológicas o datos científicos sino con una resolución de la justicia. Pero para las disputas internas en el Frente de Todos o en Cambiemos, algo bastante habitual en este tiempo, no hay nada afuera a dónde ir a resolverlos.

Los reclamos al presidente Fernández por parte del kirchnerismo recaen en zonas de preferencias, de gustos. Las declaraciones públicas intentan asentar detalles precisos que permitan exponer formas concretas sobre una simulación de tipo cercana a una traición, basada en algún comportamiento de tipo ilegal, pero sin lograr por ello transportar el conflicto a espacios externos de mediación o resolución. 

Si Larroque dice que el Presidente tiene 5% de los votos (algo que además no puede demostrar) o que a Guzmán le falta orientación popular, o incluso que el acuerdo con el FMI debería haber sido mejor, para ningún caso de estos que tanto gustan exponer, se permite un traslado al sistema del derecho, sino solo a la repetición incesante del mismo haciendo del conflicto un proceso eterno.

La política argentina ha ido acumulando un perfil conflictivo que toma ritmo sobre la base de su aumento en condiciones siempre imposibles de ser resueltas, y encuentra la reproducción de sus protagonistas como el resultado de esas mismas condiciones operativas. En esa no resolución y decepción, hay algo que sobrevive.

Los partidos ofrecen versiones internas que maximizan estas estrategia para tratar de detener las amenazas de recambio a perfiles renovados. Patricia Bullrich en Cambiemos es la elegida por Macri para intensificar la ideologización del proceso conflictivo, permitiendo no solo el sostenimiento de la rivalidad, y el sentido de ser, frente al kirchnerismo, sino como manera de contener la amenaza de Larreta, que como mencionamos, pudo usar velozmente a la justicia para avanzar hacia el próximo paso. Macri, por el contrario, necesita que ese tiempo no culmine.

Lo que aún les da vida a Cristina y a Macri son las decepciones de sus alrededores

El fin de semana de la crisis de Guzmán permitió a Cristina Kirchner alertarse sobre un problema equivalente y mayor, que no es Alberto Fernández, sino Sergio Massa. En el presidente de la Cámara de Diputados se representa un perfil poco ideológico, con un bajo registro de conflictos con rivales y una relevancia histórica vinculada a la gestión, al hacer. 

Massa es el espejo operativo, el equivalente funcional de Larreta, pero en el partido de enfrente, y su solo gesto de pasar al control total de la gestión representaba el riesgo cercano de un aislamiento pronto y voraz, sobre sus mismas capacidades de ataque preventivo. Para Cristina atacar a Alberto parece sencillo; reprender a Massa es tal vez una tarea con requerimientos adicionales. Así, con la amenaza supuestamente controlada, la amistad con Alberto resurge sobre la detección de una nueva alianza contra el tercero del espacio.

La decepción nunca puede ser tratada como un reclamo de regreso al inicio, como un comienzo renovado para ahora sí hacer lo próximo adeudado. La expectativa decepcionada, incluso la de una gestión que no atiende a reclamos, algo que justamente le sucede a Cristina Kirchner con Alberto Fernández, debe ser asumida como la condición en que se activan múltiples problemas nuevos y sobre los cuales se deberá garantizar el futuro, y no el pasado, de la sobrevivencia de ambos sobre nuevas amenazas. Macri y Cristina siguen batallando por no quedar en el olvido y podrán hacer los ajustes operativos y de alianzas que necesiten, para lograr sobrevivir en un medio que los tiene atrapados en una tensión desintegradora en simultáneo.

Aunque suene paradójico, lo que le da vida a Cristina y a Macri son las decepciones que alrededor de ellos todavía sobreviven, y en el modo en que la sociedad trata el próximo paso de lo que ambos no pudieron ser, y sobre todo de lo que ya no tendrán chance de encontrar como resultado. Como eso no lo resuelve nadie, para ambos, se ha convertido en su trabajo y esfuerzo cotidiano. Seguir sin éxito, para seguir existiendo.

*Sociólogo.