COLUMNISTAS

La Cristina del espectáculo

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Ella. CFK desplegó el viernes en Tecnópolis otro “acting” político. | Marcelo Silvestro

Cuando armaban el video por los 100 años de YPF alguien debe haber pensado que había que poner cosas de Cristina, que había que agregarla, algo, un momento, una imagen, una epopeya. Con un siglo por ser relatado, el proceso historiográfico, es decir “el hacer” de la revisión histórica de ese recorrido, debe haberse encontrado con las variaciones obligadas e incómodas de un proceso empresario con muchas modificaciones, y con la dirección de un partido político que supo hacer ambas cosas: estatizar y privatizar; porque el peronismo, siempre se ha acostumbrado a practicar todos los deportes disponibles, y hacer de cuenta que solo juega desde siempre al último recién seleccionado.

En esa historia, Cristina debía aparecer, pero paradójicamente como el pasado, y no como el hoy; y en algún momento de todos esos peronismos. Esa ubicación, en el tiempo anterior que ya no es, es lo que no todos ven pero que ella siente siempre un poco más.

La escena se pudo ver fácilmente. Alberto la miraba apoyando su cabeza en su mano, como aquel que destina sus deseos al paso del tiempo, para que aquello que lo aburre, finalice lo antes posible. Cristina habla del presente mucho menos de lo que habla de ella y del pasado, y las críticas al Presidente son solo momentos irónicos que requieren velocidad y locuacidad, para que su historia personal, y su momento de exposición, puedan usar todo el tiempo necesario que su siempre imaginado protagonismo requiere. Néstor por acá, ella por allá, anécdotas de Tecnópolis, gestas personales y aplausos sueltos para su acto individual de conmemoración. Como siempre, para ella, nunca es

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el tema en cuestión, sino el tema que acompaña a su historia personal. Y Cristina, cada día más, habla de lo que ya no es.

Con la política se tienden a expandir exageraciones. Desde que seria la herramienta para cambiar el mundo, o que se ofrecería como el espacio de las batallas ideológicas fundamentales, e incluso como quien debería comandar el control completo de lo que es posible o no posible en el despliegue social. Este desarrollo ilusorio, además de potencialmente peligroso, posee demasiadas pruebas de lo contrario, aunque Cristina insista.

Para cada una de estas ilusiones hay contra ejemplos fuera de su supuesto espacio total; el mercado produce constantemente innovaciones de manera autónoma, que pueden incluso cambiar la dinámica social (por ejemplo, el desarrollo de la telefonía móvil), la ciencia a su vez  genera descubrimientos que modifican los tiempos de vida y los medios de comunicación fomentan formas de entretenimiento novedosas que inducen un estilo de consumo que de ninguna manera nace en los sistemas políticos. Visto en detalle, lo que diferencia a la política no es su supuesta centralidad, sino su función diferencial, aquella que podría hacer ella y nadie más, y esto es su capacidad de tomar decisiones vinculantes, es decir, aplicables a todos.

El sistema político confunde esa condición con una potencial centralidad controladora, ya que existen ejemplos sencillos de encontrar en el que esas mismas decisiones vinculantes, debieron ser corregidas o directamente anuladas. Esto significa que toda gestión debe tratar con aspectos recurrentes de inestabilidad generados por sus propias decisiones, que introducen una variación, que deben ser luego evaluadas en su impacto social. De este modo, las decisiones vinculantes no son tanto de control social, sino de ida y vuelta en la secuencia de decisiones. Son vinculantes, pero se debe llegar a aquella, que mejor caiga en gracia para la gente; prueba y error. En ninguna de las del presente, en prácticamente nada de las decisiones actuales, está hoy Cristina, y por eso habla, una y todas las veces que puede, de la época en que sí las tomaba.

Eso mismo, es lo que debe ser incluido en la pregunta sobre Cristina. ¿Toma decisiones?

Crecientemente sus noticias son los actos, los gestos, sus ironías y sus movimientos, porque se ha convertido en un elemento del entretenimiento. La marginalidad poco detectada a la que el Presidente, de manera muy lenta, pero consistente, la ha sometido, la ha arrojado a la paradoja macabra de ser un episodio de diversión e intrigas en los medios, y cada aparición es buscada y celebrada, no tanto como un episodio político, en términos de influir en decisiones, sino solo como una noticias basada en el escándalo. Como un equivalente funcional de un rumor del espectáculo, Cristina circula con mayor influencia en la batalla por la centralidad de las noticias, que por su incidencia en la política económica. Ella es gestos y críticas; todo lo que la televisión, las redes y los dispositivos de entretenimiento, creados por el mercado (y no por la política), necesitan. En la política, pasan otras cosas.

Alberto ofrece un escenario absolutamente inverso, y se lo dice en su rostro y por televisión. Después de escucharla por un total de 33 minutos, le dice que él no es de los que “le gusta volver al pasado”, y lo hace citando el increíble tema de Spinetta: Cantata de Puentes Amarillos. La frase que intenta citar es toda una advertencia, a quien de a poco podría comenzar a denominarse como “su vice” (y él dejar de ser “su presidente”). El poema de Spinetta dice: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir, que todo el tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”. Además del pasado, declara que por más que intenten moldearlo, él no va a cambiar. Alberto le contesta en televisión, delante de todos y todas, y frente a su público que todavía se mueve en sus sillas, con cada mención al pasado supuestamente glorioso de sus decisiones antiguas.

Mientras tanto había unos y unas que miraban. El público presente, en su variedad exponía un contraste que era demencialmente exagerado. Con rostro rígido, y sin sonrisas ni aplausos, miraba Guzmán como el mejor representante de todo lo que Cristina ya no logra hacer, como quien escucha a una persona extraña, tieso, y esperando que finalice para poder dedicarse a los problemas que efectivamente tiene. Todas las tomas lo encontraban en la misma posición, el cuerpo sin movimiento, sin aplaudir y casi en la nada.

En la misma zona, pero más atrás, Luz Alonso se exponía a una risa recurrente festejando cada frase de su jefa y líder. Lo mismo Fernández Sagasti, que sí movía su cuerpo ante cada momento irónico. Ese público fue para Cristina probablemente más variado de lo necesario.

Cristina circula por los medios, y Alberto por la política, exactamente al revés de cuando estaban peleados. Así funciona la sociedad, es un gran entramado de roles, todos juntos y al mismo tiempo. Solo hay que entender el personaje que toca en cada momento. Y el de Cristina es el del espectáculo.

*Sociólogo.