martes 17 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinion
08-05-2022 02:08

El primer informal

El peronismo basó su épica socioeconómica en la promoción de los más humildes que, 75 años atrás, eran los trabajadores asalariados. Tanto que el General se definía, además, como “el primer trabajador”. ¿Cómo se definiría ahora un líder emergente que quiere romper con las reglas del sistema político? Seguramente no de esta manera, y no porque el empleo sea mal visto sino porque cada vez menos el asalariado privado es lo más corriente entre las personas económicamente activas.

Según las últimas cifras de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec (diciembre de 2021), del total de la población económicamente activa (PEA) 93% está ocupada, pero no de la misma manera: de ese porcentaje, el 62% está registrado regularmente, pero solo 30% lo hace como asalariado en el sector privado, mientras que el 17% desarrolla sus tareas en el sector público (en cualquier orden), 9% como monotributistas y 2% como autónomos inscriptos. Además, casi un millón de personas (4,5%) revistan en las categorías de monotributistas sociales y personal de casas particulares. Por último, los trabajadores no registrados (informales y cuentapropistas) son más del 38% del total, una cifra que esconde un desempleo que se intuye mucho más alto que el 7% reconocido oficialmente.

Lo llamativo del caso es que ese grupo de 6 millones de empleados formales del sector privado son una parte menguante de lo que fue la normalidad cuando se gestó la legislación laboral que hoy cruje contra una realidad muy diferente: solo el 28% del total de la población económicamente activa revista en ese formato de contrato laboral. Ese descenso no solo se debió a cambios cualitativos en las relaciones laborales fruto de innovaciones y alteraciones en la organización de la producción sino a un dato ineludible: el estancamiento secular de la economía argentina. Un dato que solo somete a discusión la fecha de ese punto de inflexión: si fue 1970, 1980 o 2010. También vale la pena anotar, junto a un PBI con crecimiento casi cero (o negativo, si tomamos en cuenta el leve aumento demográfico de entre 1,2 y 1,5% anual), otra variable sobre la que cayeron todos los ajustes: la inversión.

Del 93% de la población activa que está ocupada solo 30% es asalariada.

Habitualmente medida en relación con el producto bruto, también oficia de termómetro de las expectativas de los empresarios, con un alto grado de correlación con el optimismo por un futuro mejor e incluso con cuestiones indirectamente relacionadas con la rentabilidad de corto plazo, como la previsibilidad, la seguridad jurídica y la calidad institucional. Se entiende que para tasas de crecimiento “asiáticas” la inversión debería rondar los guarismos que en esa parte del mundo los países “tigres” han decidido apostar a su futuro: entre 30% y 40% cada año, según la época, el país y la urgencia por poner en marcha su capacidad de producción. En 2010, por ejemplo, China invirtió la friolera del 48% de su producción con una consecuencia conocida: tasas “chinas” de crecimiento del orden del 10% anual.

Mientras tanto, en las antípodas del mundo, Argentina llegaba a invertir solo 13% de su PBI en años de crisis y rara vez superaba el 20% anual. Así, cualquier año de buena performance se debía a una coyuntura favorable, a un rebote de una caída anterior (como en 2021) o a un recalentamiento de la economía por efecto electoral que se pagará inexorablemente con el frenazo del siguiente. Más que una meseta, la actividad en Argentina presentó serruchos interminables, lo cual es aún peor que el congelamiento eterno. Y esa es quizás la principal amenaza que recibió el empleo genuino y de calidad. Por el contrario, lo que fue creciendo, y con mayor énfasis en la última década, son los tipos de contratación que en realidad tratan de amortiguar la incapacidad de absorber la oferta laboral ociosa y también generan una economía que funciona a velocidades diversas: de baja, media y alta productividad, en función del tipo del sector, la orientación de su producción y la vulnerabilidad frente a los vaivenes macroeconómicos recurrentes.

Finalmente, este verdadero mosaico productivo está recogido en un mercado laboral fragmentado, en el cual conviven infinitas realidades, amplificadas por el trabajo remoto. que burla las fronteras y las restricciones cambiarias e impositivas. “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. Una exhortación cada vez más difícil de realizar sin caer en generalizaciones tan insuficientes como los promedios en la economía argentina empapada de diversidad. Del nerd que exporta su tarea al Silicon Valley al informal del Conurbano, todos padecen, en el fondo, el agotamiento de un modelo productivo y por lo tanto laboral que solo es defendido por los que están dentro y sus satélites.