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El rey está desnudo

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Las PASO 2023. Los días posteriores a las elecciones abieron un debate sobre el gasto público. | Presidencia

El fenómeno Milei ha corrido el eje del debate en Argentina. No solo porque cosechó una cantidad de votos que lo posiciona como un candidato real a la presidencia, sino porque, al obtener esos votos, lejos de moderar sus propuestas, eligió plantarse en su lugar y profundizar la batalla cultural. Aunque la teoría política sugiere que para ampliar su electorado debería correrse al centro, y en alguna medida lo hizo, en líneas generales eligió otro camino: aprovechar la tribuna electoral para profundizar su credo, en la hipótesis de que si no sumó más votos fue porque todavía puede difundir más sus ideas.

En la semana posterior a las PASO dejó caer, como bombas, propuestas provocadoras: hacer cambios en el Conicet (no se entendió bien cuáles), cerrar el Instituto del Cine e insistir con la dolarización, entre otras. La respuesta inicial fue reactiva. Muchos pensaron que responder en defensa del Conicet sería políticamente seguro. Pero encontraron que les redoblaban la apuesta dando a  conocer algunas producciones del organismo como “Historieta anal: cuando el comic nos abre el culo (y nos gusta)”, de Facundo Nazareno Saxe, entre  otras semejantes. Sin ánimo de generalizar o emitir opinión sobre esos curiosos trabajos, la impresión es que, sin siquiera apelar al costo más cuestionable del organismo, que son las jubilaciones de privilegio de sus  investigadores, se lograba imponer la visión de que todo aquello debía ser revisado. Como tuiteó la literata Karina Galperín: “un día más discutiendo el Conicet y Milei gana en primera vuelta”. Cuando se planteó cerrar el Instituto del Cine, ya nadie levantó la voz. Y apenas había pasado una semana.

Lo cierto es que este cambio de enfoque permite abordar, y bienvenido sea, un debate más racional sobre el gasto público. Pongamos el foco en dos de los temas mencionados. El Conicet se rige por la ley 20.464 (Estatuto del investigador). Sorprendentemente, esta ley fue derogada en 1999, pero permanece vigente porque nunca se emitió una nueva. El punto a rever son los requisitos de permanencia, que son laxos y ambiguos. En cualquier entidad de producción académica, los requisitos de producción científica son precisos. Las instituciones estadounidenses, líderes en producción científica a nivel mundial, son implacables en esto. Nosotros, sin ir tan lejos, deberíamos preguntarnos: ¿un investigador que no publica debería seguir en el Conicet? Yo pienso que no. Pero las normativas actuales lo permiten. Y eso, sin hablar de la ley 25.467 que, en su artículo 22, define el reparto de la plata pública en ciencia y tecnología. Hoy esa plata se distribuye según el “Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación”, un eufemismo de “se la doy a quien quiero”. Sería más fructífero pensar en el sistema inglés, donde los fondos se asignan en función de publicaciones y patentes.

Por su parte, el Instituto del Cine se rige por la ley 17.414. Su organización presenta múltiples falencias. Primero, que la distribución de los recursos es discrecional. Y esto es peligroso, porque recibir recursos discrecionales en la cultura es inconsistente con la cultura misma, que es contestaria por naturaleza. Cuando los fondos destinados a la cultura dependen de la afinidad con el poder de turno, no se está apoyando la cultura, sino que se está financiando propaganda política.

Analizar la ley 17.414 nos revela su origen militar: un mecanismo para comprar la aquiescencia de pensamiento y domar la cultura. Sin embargo, esta manipulación de recursos públicos para fines políticos no es exclusiva de los militares. El kirchnerismo, que comparte esa visión autoritaria del poder, abrazó esta misma lógica militar y la perfeccionó. Con la ley de Medios 25.750, instauraron impuestos que se canalizan automáticamente al Instituto del Cine. Así, combinan dos elementos letales, la destrucción de la cultura y el ocultamiento  de los fondos que se usan a tal fin. Sería mucho más sano que el sistema fuera transparente y no discrecional.   

El corrimiento del velo nos permite mirar la realidad desde otra óptica. Para ilustrarlo, y siguiendo en el ámbito cultural, voy a tomar como ejemplo el Fondo Nacional de las Artes (FNA). Para quienes no lo conozcan, el FNA fomenta la actividad cultural, enfocándose principalmente en las artes plásticas. Criticar al FNA podría rápidamente signarte como “enemigo de la cultura”. Sin embargo, podría ser exactamente lo contrario. Veamos.

El FNA se financia con un impuesto al derecho público pagante, es decir, al derecho de propiedad intelectual de obras que están en dominio público (como las de Mozart o Shakespeare). En la mayoría de los países del mundo no se paga por el uso de este dominio público, pero Argentina es una de las excepciones. Es decir, es un impuesto que pagan todos los artistas o consumidores locales que quieren usar o consumir obras universales. ¿Adónde va esa plata? Va a una organización en Buenos Aires (ya sabemos que Dios atiende allí), que recoge esos recursos aportados por la cultura para, en teoría, devolvérselos, ¿a quién?, sí, ¡a la cultura! El problema reside en que, para decidir qué hacer con el dinero, se gastan dos tercios del total, retornando solo un tercio a los artistas. Y, obviamente, ese tercio va a los pocos que hacen lobby en el FNA o a proyectos que permiten a las autoridades del FNA lucirse (entregar premios, hacer libros, etc.). Entonces, ¿qué hemos hecho en realidad? Le hemos sacado recursos a muchos artistas para arrojarlos a un agujero negro de burocracia, bajo el pretexto de que es para ellos. Eliminar el FNA sería devolverle la plata a la cultura, no lo contrario.

Quizás, antes de las PASO no me hubiera atrevido a escribir esto. Quizás no hubiera pensado que un interlocutor podría estar dispuesto a considerar estas verdades tan evidentes. Mi impresión es que el nuevo escenario político abre una oportunidad. Podría incluso animar a Juntos por el Cambio a ser más audaz en sus propuestas. Todos sabíamos que el rey no tenía ropas. Ahora que alguien lo ha gritado, ahora cuando todos podemos ver la realidad y avergonzarnos de ella, no perdamos la oportunidad de confrontarla.

*Profesor Plenario Universidad de San Andrés. Profesor Adjunto Harvard Kennedy School. Profesor Honoris Causa HEC París y expresidente del BCRA.