03 dic 2020
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viernes 23 octubre, 2020

Eppur si muove

Foto: Cedoc
viernes 23 octubre, 2020

Estoy exhausto. Cada una de las grietas en las que vivimos nos obligan a tomar decisiones de profundísimo alcance. Grietas hubo siempre, pero antes no eran tan infinitesimales como ahora. En el debate entre geocentristas y heliocentristas era tan fácil (aunque peligroso) colocarse como en la querella entre evolucionistas y creacionistas. Todo era una cuestión de racionalidad y cultura. Una vez adoptada la posición ya se sabía con quién iba a ir uno a cenar o al teatro. ¡Ni que hablar si hubiéramos sido convocados a tomar partido por los antiguos o los modernos! Por más melancolía que nos provoquen las cosas viejas siempre íbamos a estar con los modernos (al menos, hasta que nos volvimos viejos).

Pero todo es cansador: llegamos a tomar partido en el sordo debate entre objetivismo y subjetivismo o en el subsidiario realismo vs. nominalismo por el poder del nombre y por lo tanto, de la palabra como fundadora de las cosas.

Con el perspectivismo no nos fue tan bien, porque nos acusaron (por izquierda) de liberales trasnochados (por eso del pluralismo mediático y el multiculturalismo integrador). Por fortuna pudimos argumentar contra el relativismo nihilista del “segual” y nos quedamos instalados en el perspectivismo multinatural.

Entre el empirismo y el idealismo estuvimos desgarrados durante mucho tiempo hasta que Gilles Deleuze nos regaló el empirismo trascendental. Sólo por eso, amor eterno.

Desde entonces, siempre es mejor encontrar una salida a toda dicotomía rígida. Entre innatistas y culturalistas, ¿qué duda cabe? Aunque despreciemos la cultura actual, no podemos negarle el papel de formadora de individualidades y subjetividades.

Hasta que... ay... tuvimos que responder la pregunta de si puto se nace o se hace. Si la putez es un efecto de la historia (una desviación, digamos, del recto camino), abríamos la puerta para que los correctores de la sexualidad intervinieran con sus patrañas viles.

Entonces, somos culturalistas pero hasta cierto punto donde afirmamos lo innato de ciertas inclinaciones (las óperas de Richard Strauss, el arte del bordado, el San Sebastián que Miguel Angel pintó en la Capilla Sixtina, usté me entiende) pero no la tendencia golpeadora del macho.

¿Y sobre la prostitución? ¿Abolicionistas o regulacionistas? (ya una vez en una cena de “amigs” me apedrearon entre tods por mi posición).

Ya ven que cada operación supone un desgaste mental que en estos días llega a la niebla cerebral. ¿Peronismo o antiperonismo? (ambas opciones son la misma, en última instancia, con diferente afecto). ¿Peronismo de derecha o peronismo revolucionario? Como soy exterior al movimiento, ahí me pierdo. ¿Kirchnerismo o albertismo?

Esperen... estoy tratando de llegar a algo. ¿Salud o economía? ¿Salud o educación? (obviamente, la salud sin educación no tiene futuro: vean Matrix o cualquier engendro semejante o, mejor lean Nunca me abandones de Ishiguro).

Hoy en el diario leo que hay un conflicto entre Juan Grabois y la familia Etchevehere: ¿Grabois o Etchevehere? ¿Francia o la Vasconia? No, no, no podemos apresurarnos, el asunto es más sutil: Dolores Etchevehere o Luis Miguel Etchevehere (¡Dios nos libre!)? ¿Donación o usurpación?

En Mataderos, parece, la cosa se puso fulera entre vegans y carnicers. Obvio que los chicos y chicas vestids de negro que iban a despedir al ganado antes de entrar al matadero merecen nuestra simpatía. Pero yo hoy almorcé un ojo de bife con ensalada. No sé, creo que nos están pidiendo demasiado.

Entre presencialidad y virtualidad, yo ya elegí presencialidad (aunque no pueda ejercerla). Entre trabajo y subsidio, creo que es mejor el trabajo. Entre River y Boca, opté por San Lorenzo después de ser padre (para no alimentar tensiones entre mis hijos, cada uno de un bando enemigo).

Demasiados trascendentales para tanta ignorancia como la que tenemos hoy por hoy entre nosotros. Entre trascendencia e inmanencia, yo ya opté por la inmanencia hace ya bastante, así que no me jodan más con tantos binarismos berretas.

Después de todo, detrás de todo mal dilema, siempre hay un buen trilema y la política del “casi”: adherir casi a algo.


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