sábado 26 de noviembre de 2022

¿La solución?

No hay duda de que tenemos miedo. La inseguridad nos muerde y se desliza artera y dura contra todos nuestros proyectos y nuestras intenciones. Tenemos miedo, de acuerdo, y el miedo es mal consejero.

28-03-2009 02:32

No hay duda de que tenemos miedo. La inseguridad nos muerde y se desliza artera y dura contra todos nuestros proyectos y nuestras intenciones. Tenemos miedo, de acuerdo, y el miedo es mal consejero. Cuando vas a un curso de defensa personal, lo primero que te dice el instructor es: “En una emergencia, respire hondo, permita que la sangre llegue al cerebro y así pueda pensar. Si se le corta el aliento, el cerebro funciona mal”. Nunca he oído un consejo más sensato. Aquí va un ejemplo del no poder (o no saber) pensar.

Un prestigioso matutino de Rosario hizo una encuesta entre la población de esta ciudad: ¿Le parece que debería volver a implementarse el servicio militar obligatorio? Sí – No.

El Sí cosechó 59%; el No 41%.

El razonamiento de ese 59% es el siguiente: la colimba les va a dar a los muchachos un lugar en el cual no se van a drogar, no se van a emborrachar, no van a andar vagando por las calles en busca de algo que robar, se van a educar, van a conocer la disciplina, adiós inseguridad, vamos a poder salir sin miedo, estacionar sin miedo, entrar a nuestras casas de noche sin miedo. Es más o menos lo que dice alguna rubia descerebrada por televisión pero bueno, la televisión está para eso, para que las rubias o las morochas plastificadas digan pavadas y peor, para canturrear peligrosas canciones de cuna que adormecen e impiden pensar.

Digo yo, ¿la gente que forma ese 59% acepta sin reflexionar? Sospecho que sí, que la reflexión no es algo que entra dentro de sus costumbres o de su cotidianeidad. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo no darle vueltas en la cabeza a una “idea” que acaba de presentarse, sola o a través de unos labios llenos de colágeno? La justificación que se me ocurre es el deseo: deseo de que las cosas cambien, de que efectivamente podamos salir a la vereda a charlar con la vecina sin importarnos que se haga oscuro y que pase gente desconocida por nuestra calle. Maravilloso. Pero el deseo, poderoso, es capaz de tender un espeso velo sobre el menor conato de reflexión y ahí sí que sonamos.

Porque lo que la colimba le puede dar durante unos meses a un grupo de muchachos es, no me digan que no lo sabemos, una “educación” militar, y lo que necesitamos es que a todos y a todas se les dé una educación civil que forme ciudadanas y ciudadanos conscientes de sus deberes y sus derechos; gente que valore la paz, el respeto por el otro y por las instituciones, la solidaridad, el conocimiento, la cultura del trabajo, el estudio y el esfuerzo. Una educación que ponga en su lugar todo aquello que la mayoría de la gente quiere: formación, progreso en lo personal, oportunidades laborales iguales para todos. ¿Qué quiere la gente, acá y en todas partes? El ama de casa de Londres y yo y mi vecina y la enfermera de Ruanda y la estudiante de Barcelona y la portera de la escuela de Boulder y el abogado de Toulouse y la periodista de Berlín, todas y todos queremos lo mismo: un techo sobre nuestras cabezas, el dinero suficiente para pagar las cuentas, comer, ir al cine el sábado, pasar las vacaciones junto al mar, darse algún gusto; queremos educación y buena atención médica y juegos a granel para nuestros hijos y nuestros nietos. Queremos seguridad, sí, claro, pero ¿la vamos a conseguir si abrimos de nuevo los cuarteles para alojar a un grupo de muchachos durante unos meses? ¿Qué van a encontrar ahí esos chicos? Lo sabemos, puede ser que no queramos recordarlo, pero van a conseguir la violenta cultura del castigo y la humillación. Van a encontrar obediencia a los golpes, el desprecio, la degradación, las órdenes absurdas destinadas sólo al sufrimiento del que está más abajo y al que se puede escupir, golpear y castigar por nada, la necesidad de chuparle las medias al sargento para poder pasarla un poco mejor. Van a encontrar la desnaturalización de las relaciones interpersonales, la doblez y, en el mejor de los casos la seguridad de que el uniforme los hace intocables y mejores que nadie. Y no me vengan a contar el cuento del patriotismo y de que los de espada y botas nos cuidan el país, porque recordamos las “hazañas” de ciertos oficiales mientras los soldaditos morían en el hielo de las Malvinas y acabamos de pasar por el 24 de marzo para andar engañándonos con eso.

La seguridad se obtiene por otros caminos: por los de la educación para todos, los de la asistencia y protección, los de los planes para asistir a quienes los necesitan, un proyecto de país que incluya a hombres, mujeres y chicos de toda extracción social. Nunca, jamás fomentando la violencia.

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