martes 26 de octubre de 2021
COLUMNISTAS OPINION
03-04-2021 22:23
03-04-2021 22:23

Partido del Conurbano y los ’70

03-04-2021 22:23

Viene de ayer: “La política como profesión de progreso económico”.

 

La columna precedente se dedicó a las formas de remuneración del sistema de representación en la Argentina actual. Sigue ahora sobre los propios representados. En un reportaje largo de PERFIL, hace ya algunos años, quien fue el ministro político estrella de Carlos Menem en los 90 y luego profesor de la Universidad de Oxford, Carlos Corach, dijo que “si Perón resucitara, se sorprendería de la longevidad y vigencia del partido· que creó” formalmente el 21 de noviembre de 1946, Partido Único de la Revolución y luego Partido Peronista, fusión en 1945 del Partido Laborista, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora y el partido Independiente.

Salvo en el mundo anglosajón y algunas excepciones, aun los partidos políticos con tradiciones de décadas fenecen o pierden fuerza hasta convertirse en poco relevantes y son sustituidos por otros en su capacidad de ganar elecciones y formar gobierno cuando se producen cambios profundos en las condiciones de vida de sus adherentes.

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Las necesidades de representación se modifican  con los cambios sociales, económicos y culturales que afectan el estilo de vida de distintos grupos que conforman una sociedad. Abraham Maslow en su clásico libro Una teoría sobre la motivación humana explica cómo existe en las personas una jerarquía ascendente de necesidades porque una vez que se satisfacen las  más básicas los seres humanos desarrollamos necesidades y deseos de segundo y tercer orden. Primero están las necesidades fisiológicas (alimento, descanso), luego las de seguridad, más tarde las de afiliación (amistad, pertenencia) y finalmente las de reconocimiento y autorrealización.

Lula en Brasil explicaba las derrotas electorales del Partido de los Trabajadores en varias de las últimas elecciones apelando a la pirámide de las necesidades de Maslow: una vez que 40 millones de brasileños salieron de la pobreza y pasaron a integrarse a la clase media baja, sus demandas ya no era de una “bolsa familia”, equivalente a nuestra asignación familiar en forma de alimentos, sino de medicina de mayor calidad y acceso a otro tipo de bienes.
El peronismo de mediados de siglo XX triunfó, y los gobiernos que lo sucedieron, incluso las dictaduras militares previas a los años 70, tuvieron que mantener las conquistas económicas y sociales que permitieron el ascenso de prácticamente todos los obreros a la clase media. Esos obreros ya no eran aquellos que carecían de camisa y cruzaban a nado el Riachuelo para pedir la liberación de Perón en 1945. Sus hijos eran representantes de esa generación que logró el ascenso social. En gran parte del interior del país los gobernadores peronistas no se diferencian ideológicamente de sus competidores radicales, el partido de la clase media.

Carlos Menem fue el paroxismo del aburguesamiento cruzando el Rubicón al terminar de destruir el estado de bienestar que venía maltrecho del proceso de demolición de la dictadura y la impotencia de Alfonsín para revertir esa tendencia. La privatización de decenas de empresas del Estado que pasaron a despedir gran parte de su empleados, cuyo trabajo era una forma de seguro de desempleo encubierto, sumado al aumento de la natalidad y el crecimiento de la población que se produjo en todo el mundo al fin de la Segunda Guerra Mundial (los baby boomers), generó nuevamente una masa poblacional descastada, sin trabajo en blanco y sin representación sindical, o directamente sin trabajo, despectivamente llamada “planeros”, recreando las condiciones de 1940 que dieron origen a la emergencia del peronismo. Lo que emergió en los 90 como “los piqueteros” con el kirchnerismo fue progresivamente institucionalizado en forma de movimientos sociales y al igual que pasó con los sindicatos en los gobiernos que sucedieron a Perón desde 1955, tampoco fueron combatidos por el gobierno de Macri, que aceptó a los movimientos sociales como sujeto político.

No se habla de geografía cuando se sostiene que el kirchnerismo es el partido del Conurbano por la fuerte concentración de su voto en esa área y no en la misma proporción en muchas otras del país, donde lo que triunfa es el peronismo “tradicional” y otras fuerzas políticas, sino de la concentración de personas que requieren asistencialismo para poder sobrevivir. Simplificadamente, el peronismo tradicional que hoy puede sumar la mitad de los votos del Frente de Todos integrado por gobernadores del interior, el massismo, el albertismo porteño y el randazzismo bonaerense representan el éxito en la construcción de movilidad social iniciada por Perón en su triunfo en las elecciones del 24 de febrero de 1946 con su primer Partido Laborista.

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El kirchnerismo, la otra mitad y por sí solo el componente más grande frente al resto de los integrantes del Frente de Todos, no solo representa a quienes precisan de asistencia para sobrevivir y no podrían sustentarse solo con el mundo del trabajo, sino también a lo que se podría denominar nostálgicos de los setenta, aquella primera generación de universitarios que simpatizaron con los grupos revolucionarios armados y no armados de aquellos años y ahora la generación de sus hijos, como Máximo Kirchner y Kicillof.

El problema es que hoy no se cuenta con los recursos con que contaba en 1945 la Argentina –y ninguno de los demás países latinoamericanos–, cuando Perón pudo hacer ascender de forma permanente a los trabajadores a la clase media. Y el 40% de pobres actuales podrá reducirse nuevamente a 30% pasada la crisis de las devaluaciones 2018-2019 y el coronavirus, pero no al 7%, como era cuando Perón regresó con éxito del exilio en 1973.