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COLUMNISTAS / EDUCACION
domingo 21 abril, 2019

Qué y cómo somos capaces de enseñar

No se trata de reglas. No hay prediseño. No hay instrucciones estándar. Nada sirve para cualquier contexto escolar.

Teresa Punta

default Foto: CEDOC

No se trata de reglas. No hay prediseño. No hay instrucciones estándar. Nada sirve para cualquier contexto escolar. Cada comunidad tiene sus particularidades y debe buscar sus formas antiprotocolares, poniendo en tela de juicio todo lo que nos viene dado. Respirar. Escuchar. Imaginar formas de intervenir con niños y niñas con quienes los modos aprendidos y convencionales hacen agua.

Estas formas nacientes están en todas las escuelas. En todas hay quienes le ponen el cuerpo amorosamente al encuentro con los pibes y las pibas. Creo que hay maestros y maestras de miradas profundas y amorosas por todos lados. Creo que hay profesores y profesoras que, posta, posta, son capaces de diseñar concavidades en las escuelas. Nidos. Huecos. Redes. Sostenes.

Y desde esas concavidades –una vez que los pibes y las pibas, los niños y las niñas, están alojados allí–, empiezan a preocuparse por los ríos de Asia y la tabla del 7 o los algoritmos. (...)

La escuela es un espacio con claroscuros colmado de contradicciones y disonancias. Para transitarla, es imprescindible ser capaz de cambiar de opinión, recibir en nuestros cuerpos nuevas verdades y volver a perderlas, dilatarnos para dar lugar, replantearnos ideas sólidas y dejarnos tomar por circunstancias que nos obligan al alumbramiento de nuevas formas.

Ya no podemos andar la escuela con una idea cerrada acerca de ciertas cosas, y la razón, por sí sola, ya no puede ser nuestro modo de navegar por ella. Necesitamos dar espacio a nuestros sentidos, contrastar una opinión formada con una metáfora, un juicio con una poesía, una norma con un juego.

Cuando las situaciones ya no se resuelven de la misma manera, se nos hace imprescindible buscar nuevos sentidos. O, quizás, encontrar el sentido de que cada situación suceda. Un pibe violento, una pibita abúlica, alguien que no es capaz de contactar con su mirada… nada sucede porque sí en los vínculos.

En la escuela no pueden pasársenos por alto las alegrías exultantes de los chicos, sus profundas tristezas, sus facilidades o sus torpezas. A cada pedido debemos ofrecerle una alternativa. La que se pueda, la que esté a mano, la que se deba, la que los toque, la que quieran, la que designemos, la que se ofrezca. Siempre alguna. Sin objeciones.

Esta no es una idea que brote alegre y espontáneamente de sueños mamarracheados en una mente encendida. Es mucho menos romántico que eso. El proceso de construirla es un extenso camino de incertidumbres –siempre compartidas– y un constante hacer espacio a las propias fragilidades. Conversar con otros y otras, escribir, borrar y volver a escribir; bancar el escepticismo de quienes apuestan a que ya nada se puede hacer. Después de todas estas etapas, y en una forma absolutamente experimental y de búsqueda de interlocución, fluye la escritura. Tal vez por la alegría que ya sé que nos retorna a raudales al lanzar una “botella al mar” para probar, combinar, descartar, arruinar, someter, prometer, soldar, quebrar, quizás dar alguna muestra de lucidez, sumar alguna palabra, acercar alguna imagen que –ojalá– haga nacer (más).

Estos relatos no constituyen una investigación en términos académicos estrictos. “Estrictos” no lo son en ningún sentido y hay mucho esfuerzo en que no lo sean. Son relatos en primera persona, del plural la mayoría de las veces, que surgen disfrutando y trabajando para que, de manera genuina, suceda un nosotras que le dé sentido a cada risa y a cada alegría.

El singular es el de quien piensa y quien vive cada una de las escenas que se ofrecen. Cualquier quien. Las ideas que las atraviesan van de la mano de las vivencias de las que nacen y su dimensión personal existe, necesariamente, por tratarse de una experiencia deliberada e inevitablemente política.

Aunque narramos en clave anecdótica, no son “memorias de escuela”. La urdimbre es el aprendizaje. ¿Qué somos capaces de aprender con estos chicos y con estas chicas? ¿Qué somos capaces de enseñarles? Si de verdad creemos que en el aprendizaje se encuentra la transformación, como de hecho

lo hacemos, creeremos en el saber como descubrimiento y en la relación con las demás personas como una construcción sin mapas previos.

Nos mueve la idea de que “pensar siempre es con otros”. Nos explota en la cabeza la de que aprender también lo es. Aprender es siempre con otros. Se logra dando rienda suelta a la necesidad de encontrarnos con quienes estemos pensando por los mismos bordes. La que sigue es una escritura tentativa y –desde ya– no concluyente. Es una invitación, una crónica, un ejercicio, una apuesta política, una pequeña brújula para ir hallando –ojalá– compañeros y compañeras de viaje. (...)

Este texto tiene el deseo de abrir espacios propicios al juego, a la explotación de sus posibilidades y de las posibilidades de la escuela, al pensamiento, al intercambio, al armado. Ojalá contribuya a mostrarles un mundo escuela más habitable. O más habitable con alegría (tal vez la única manera de habitar). (...) Y que los acompañe en el abandono de la obsesión por la medida y la evaluación.(...)

Los reglamentos, el “sistema”, los órdenes jerárquicos, los currículos no piden sin parar que nos adaptemos a ellos, a sus modos y a sus exhortos. No lo hagamos como una fatalidad. Sepamos que cada vez que les contamos un cuento, que hacemos un experimento que las y los asombre (...) les estaremos haciendo una suerte de promesa: la de poder vivir en armonía con sus singularidades y –más aún– la de poder generar formas de construirlas.

*Autora de Mundo escuela, editorial Paidós (fragmento).


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