Hernán Lacunza recorre el país con una doble agenda: escuchar y construir. El economista y exministro de Economía de Mauricio Macri ya blanqueó su intención de competir por la Presidencia en 2027 y, en ese camino, empieza a delinear un programa que busca diferenciarse del gobierno de Javier Milei sin plantear una vuelta al pasado.
Su diagnóstico combina reconocimiento y advertencia. Reconoce como un avance la fuerte baja de la inflación y la consolidación de la idea de que el Estado no puede gastar permanentemente más de lo que recauda. También sostiene que Argentina debe abrirse al mundo y competir. Pero advierte que esos cambios necesitan otro ritmo y que el desafío ahora es transformar la estabilidad macroeconómica en empleo, mejores ingresos y actividad productiva.
De paso por Córdoba, una provincia que utiliza como ejemplo para hablar de federalismo, industria y producción, Lacunza planteó que la construcción debe recuperar protagonismo, que todavía quedan restricciones cambiarias por eliminar y que las reformas deben ser suficientemente sólidas como para no ser revertidas por el próximo gobierno.
—La Argentina viene de años de inflación muy alta. ¿Cuál sería el plan para evitar que el país vuelva a caer en ese ciclo?
—La inflación bajó de más de 200% anual al 30%. Es casi la décima parte. No está resuelto: 30% de inflación anual, 2% mensual, todavía es alta. Pero es mucho más previsible. Lo que está flaco es el empleo, el salario, el ingreso. Los argentinos y los cordobeses hoy van al supermercado una vez por semana y saben que el precio se va a mover poquito. Tienen menos angustia por el precio, pero saben que les cuesta llenar el changuito. Cada vez les cuesta más llenarlo porque el bolsillo está flaco. El salario está flaco porque no generamos, porque no tenemos suficiente capacidad de ingresos para tener un salario más alto.
—¿Ahí aparecen sus principales diferencias con el Gobierno?
—El crédito político de este vínculo entre apoyo popular y estabilidad, o bajar la inflación, ha despreciado o ha subestimado el otro vector, que es el empleo. Y creo que ahí están mis coincidencias y mis diferencias. Esta es una economía que funciona a dos velocidades. Acá en Córdoba se ve bien. Hay sectores en otras regiones del país que están prósperos, pero en el Gran Buenos Aires, en el Gran Rosario y también en los grandes centros urbanos, la industria, el comercio y la construcción están en niveles muy deprimidos y no pueden arrancar.
—¿Qué cosas rescata del actual Gobierno?
—Tenemos que tener una economía donde no se puede gastar más de lo que ingresa al Estado. Eso hoy se discute y hace tres años no era tan obvio. Puede ser el principal legado de este Gobierno: esa premisa colectiva de que la maquinita de la felicidad de imprimir billetes no existe, que eso es inflación futura.Y tenemos que vivir integrados al mundo, abiertos, compitiendo con el mundo.
—Pero usted plantea que no alcanza con abrir la economía.
—El Gobierno tiene una habilidad retórica para transformar problemas complejos en decisiones binarias, blanco o negro. Uno puede decir: hay que tener una economía más abierta. Bueno, sí, hay que tener una economía más abierta. Ahora, la velocidad importa. Por ejemplo, acá en el Gran Córdoba hay mucha industria de maquinaria, metalúrgica, automotores. Hay que tener en cuenta esa realidad.
—¿Hasta dónde debe llegar esa apertura?
—Si cierran dos empresas porque no son competitivas, puede ser un problema microeconómico específico de esa empresa. Ahora, si cierran 30.000, como pasó, ya no es micro, es macro. Entonces tengo que prestar mucha atención. Y eso no quiere decir volver para atrás. Quiere decir ir haciendo reformas que sean robustas, no reversibles. Porque cualquier proceso de desarrollo tiene tres vértices: el económico, que es la inflación; el social, que es el empleo; y el político, que son los votos. Cualquiera de ellos que se quiebre va a interrumpir el proceso. Entonces las reformas tienen que ser no reversibles.
—Usted dice que “el camino importa”.
—Exactamente. Si cierran dos empresas, puede ser que tengan problemas internos. Si cierran 30.000, ya sospecho que hay un problema más macro. Si se me ahoga la mitad de las empresas, estoy haciendo algo que no va a aguantar. Entonces, el camino importa.
—Córdoba reclama desde hace tiempo una mirada más federal. ¿Qué tendría la provincia en un eventual gobierno suyo?
—El federalismo es un modo de organización que elegimos hace dos siglos y estamos convencidos de eso: la autonomía de las provincias. Una cosa es el federalismo y otra es el sálvese quien pueda. Que cada región, cada distrito, tire del mantel para ver qué porción se lleva. Así estamos discutiendo porciones cada vez más pequeñas. Esto viene desde hace muchos años. Córdoba es un dador de sangre en ese sentido.
—¿Por qué?
—No está mal si queremos ser un país. Hay regiones más prósperas que otras, pero la dosis importa. Una cosa es donar un litro de sangre y otra cuatro. Entonces termina asfixiando a la región más productiva, más competitiva, como Córdoba. Hay que reorganizar eso. Si no se puede con una ley de coparticipación, que tiene una exigencia institucional muy ambiciosa, puede ser mediante un pacto fiscal.
—¿Qué debería incluir ese pacto fiscal?
—Se hizo en 2017. Se pueden poner incentivos a la buena administración provincial, promover la baja de Ingresos Brutos a cambio de que el empleo público provincial tenga algún parámetro respecto de la población. Son buenas prácticas que se hacen en el sector privado. Cualquier empresa sabe que si no es eficiente, desaparece. Lo mismo debería pasar a nivel público gubernamental.