viernes 07 de octubre de 2022
DOMINGO Género

Pensar en datos

11-09-2022 02:59

Por qué aún hoy se sigue cuestionando lo que vivimos las mujeres, tanto en la actualidad como en el pasado? ¿Por qué los números siguen arrojando que las mujeres somos menos elegidas para todas las posiciones de representatividad, liderazgo y tomas de decisión? ¿Cómo conviven nuestras experiencias personales con discursos públicos que tienden a desacreditarnos continuamente?

Me he hecho, a través de los años, muy amiga de los datos. Probablemente mi frase de cabecera sea: “Datos, no opinión”, y es que, aunque los datos nos susciten opiniones, y por supuesto podamos tener una discusión filosófica sobre la objetividad en la ciencia, la realidad es que los datos me han permitido poner en palabras y con ejemplos sucesos que yo también refería pero que muchas veces no llegaba a poder explicar, verbalizar, conceptualizar de forma correcta.

Mi trabajo es la búsqueda constante de cuáles son esas razones que perduran y producen una desigualdad en las condiciones de existencia de hombres y mujeres. Pero con lo que también me he encontrado en esta búsqueda es con que los datos no suelen alcanzar ante quienes prefieren negar la evidente realidad, construyendo una maniobra cognitiva para torcer la información que está al alcance de quien quiera de verdad y desee que las mujeres vivamos mejor .

Existe una resistencia feroz al tratamiento de los temas referidos a la desigualdad de género. Pero, sobre todo, a la autocrítica que nos vuelve también responsables de que esa desigualdad perdure. Todas y todos conocemos mujeres que han sido violentadas o discriminadas por el hecho de ser mujer, pero nadie parece hacerse cargo.

Seguramente algún lector o lectora dirá: ¡pero si los temas sobre la condición de las mujeres están en agenda! Sí, efectivamente. Es cierto que durante los últimos años hubo un aumento en los cuestionamientos y debates públicos. No obstante, lo que suele suceder es que, antes de posicionar un tema, hay que construir una narrativa defensiva para explicar el porqué de determinada política, o el porqué de la elección de determinada mujer para representar una posición, etc . Todo el tiempo hay que explicar por qué seguimos hablando de desigualdad. Los números nos hablan de diferencias estructurales, pero muchas personas se resisten a creerlo, y con los números en la mano, de todas maneras hay que explicarlo.

Las personas que niegan la desigualdad, o que hablan de la supremacía feminista, de que el patriarcado no existe, entre otras definiciones pomposas, imprecisas y burdas, son muy fáciles de reconocer . Pero las que más me preocupan son las que, creyendo que la desigualdad sí existe, reproducen sistemáticamente conductas que ponen a las mujeres en situaciones de menosprecio. Incluso nosotras mismas nos ponemos en esos lugares.

Los hechos históricos, o los estudios sociológicos, no son suficientes para poder comprender las verdaderas dimensiones tanto del odio de género en su máxima expresión como de las microviolencias que recibimos, incluso las que creemos que son “inocentes”. Hay que preguntarse, entonces, qué nos falta analizar para que quede al desnudo el interruptor que enciende mecanismos involuntarios de pensamientos y conductas que luego reproducen estas situaciones desfavorables.

En este sentido, donde se enquistan con más fortaleza estos pensamientos y conductas involuntarios —que reproducen estereotipos que condenan a las mujeres— no es justamente en los actos que surgen desde el odio más brutal —por ejemplo, los femicidios—, dado que generalmente tienen una rápida condena social y producen un estupor generalizado (de hecho, son actos fáciles de identificar como violencia de género y en varios países los códigos penales tienen encuadres propios para estos delitos), sino que las conductas que producen mayores resistencias sociales a ser identificadas como discriminatorias por motivos de género, y por consiguiente, a ser transformadas, son aquellas que surgen desde la cotidianeidad y que recurrentemente se relativizan o, peor, se vuelven norma social. Seguramente más de una vez escucharon decir: “No la estoy discriminando porque sea una mujer, es que de verdad…”, frase que terminaba en algún calificativo del orden de los insultos.

La respuesta al porqué de estas prácticas que todas y todos reproducimos se encuentra, en parte, en los cada vez más abultados datos que provienen de estudios vinculados a la neurociencia, la lingüística y la comunicación, que dejan al desnudo lo arraigadas que están estas microviolencias —tanto de hombres como de mujeres— hacia las mujeres.

Microviolencias, actitudes, comentarios, el famoso chistecito que reproducimos, muchas veces, incluso quienes más estamos atravesando estos temas. Y es que el proceso de formar arquetipos en torno a las mujeres y los sesgos, que desarrollaré a continuación, los tenemos arraigados en nuestro ADN social, y en mayor o menor medida los reproducimos.

La verdad, al menos parcialmente, sale a la luz. Las condiciones de vida de las mujeres podríamos decir que mejoraron si tomamos como variables su incursión en el mercado de trabajo, las distintas conquistas de derechos, la ampliación de políticas públicas. Algo que, desde ya, es dispar entre los distintos países.

*Autora de Decididas, Editorial Planeta (fragmento).

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