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ELOBSERVADOR / Peronismo
domingo 16 junio, 2019

Antes que el llano, la traición

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Facundo Cruz*

El peronismo como movimiento político es un fenómeno que despierta amores y odios. Foto: Cedoc

Peronista se nace. También se vive, se milita, se rosquea, se compite y se gobierna. El peronismo como movimiento político es un fenómeno que despierta amores y odios. Es visceral. No encuentra puntos medios. Ser peronista es un sentimiento, para quienes lo quieren y para quienes no. Pero también es lo que sus dirigentes hacen de él, lo que simbolizan, lo que acuerdan y lo que deciden.

Hoy Argentina se encuentra frente a un nuevo hito en la política nacional. En las tres principales fórmulas presidenciales que competirán por Balcarce 50 en octubre de este año hay, al menos, un compañero o una compañera. Recuerda al año 2003, pero con menos crisis en el sistema político. Sus propios dirigentes son causa. Y generaron consecuencias.

Hay tres elementos importantes que explican la situación actual: la disputa por el liderazgo nacional, la ausencia de la provincia de Buenos Aires y una nueva dinámica de competencia electoral. No son nuevos. La historia se repite.

Por una cabeza. Vamos por el primero. El peronismo se unifica cuando hay una cabeza, una cara, una imagen única. La mayoría de los partidos políticos respeta la misma regla, pero entre justicialistas se siente con más fuerza. La historia reciente del Movimiento no es ajena a estas tensiones. Los renovadores del 87. Carlos Menem vs. Antonio Cafiero en la interna presidencial del 88. Nuevamente Menem contra Eduardo Duhalde. Y después, Duhalde contra Néstor Kirchner. Todas esas disputas se zanjaron en las urnas. Todas esas peleas derivaron en nuevos rumbos para distintos dirigentes, en distintas candidaturas y en una oferta electoral variada.

Pero todas esas internas terminaron cuando uno ganó. Hoy en día, en 2019, el conflicto por el liderazgo del Movimiento se mantiene vigente. La supervivencia electoral intacta de Cristina Fernández de Kirchner choca contra la demanda de renovación de algunos sectores peronistas que ya piensan y sienten el poskirchnerismo. Ganan los nuevos renovadores en sus distritos. Pero Cristina mantiene sus votos. El dilema: ¿qué hacer?

Rumbo. El segundo punto implica que falta una brújula que marque el rumbo. Hace algún tiempo escribimos con Lara Goyburu en Panamá Revista que la pérdida de la gobernación de la provincia de Buenos Aires quitó el faro ordenador del territorio. Los bonaerenses no ponen presidente, pero alinean a la tropa. Gobernar el 37% del padrón nacional incentiva, motiva y acomoda estructuras y recursos políticos.

Que el kirchnerismo se haga fuerte en el distrito refuerza y alimenta la disputa por el liderazgo nacional. Por eso Sergio Massa cotiza. Los gobernadores provinciales que asomaban como potenciales herederos de Matheu 128 no pueden dar el salto ni generar la discusión: chocan contra los votos y contra el aparato bonaerense. El entrerriano Gustavo Bordet y el sanjuanino Sergio Uñac cuentan con las condiciones para disputar el sillón. Pero aún no se han alineado los planetas.

¿Todos unidos triunfaremos? El tercer elemento nos lleva a pensar las elecciones en términos de izquierda y derecha, no de peronismo y antiperonismo. La reubicación de las espadas justicialistas en distintas coaliciones electorales refuerza la ausencia de un Movimiento unificado y reposiciona a los candidatos en una nueva dinámica competitiva. Argentina ha sido reacia históricamente a replicar la tradicional disputa política que caracteriza a la mayoría de las elecciones en el mundo. Pero el momento que imaginó Torcuato Di Tella llegó en 2019. Coincido con Diego Reynoso en este punto.

Esto se ve reforzado por la polarización: la popularmente llamada grieta. De un lado, Juntos por el Cambio hablará de república versus populismo. Del otro lado, Frente de Todos discutirá inclusión versus exclusión. En el centro, Consenso Federal intentará mantener una postura equidistante de ambos, pero que mantenga una esperanza para la franja del centro en el medio. Corre el riesgo de que la avenida se convierta en pasaje.

Ninguno de estos tres elementos se mantendrá en el tiempo. El peronismo, ese sentimiento con estructura y presencia, volverá a reacomodarse. Como lo conocemos. Como lo hemos vivido. Como lo hemos alimentado. La unidad y la renovación llegarán con los años, los votos y las elecciones.

Mientras tanto, sus espadas sobreviven. En tres espacios. No hay que alarmarse. Antes que el llano, la traición.

*Politólogo. Profesor. Investigador universitario.


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