Este miércoles 7 de enero, Netflix incorporó a su catálogo Oppenheimer, la película dirigida por Christopher Nolan que en la edición 2024 de los premios Oscar se consagró como Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actor. El film propone una reconstrucción detallada y dramática de la vida de J. Robert Oppenheimer, el físico teórico estadounidense que lideró el Proyecto Manhattan y se convirtió en una de las figuras centrales en el desarrollo de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, un hito científico que cambió para siempre la historia del siglo XX.
Nacido en Nueva York el 22 de abril de 1904, Julius Robert Oppenheimer fue hijo de inmigrantes judíos alemanes que habían prosperado en el comercio textil. Creció en un entorno acomodado del Upper West Side, rodeado de arte europeo, con chófer y servicio doméstico, pero sus contemporáneos lo recordaron como un joven tímido, excéntrico y extraordinariamente brillante. A los nueve años leía filosofía en griego y latín, y mantenía correspondencia con el Club Mineralógico de Nueva York, que llegó a confundirlo con un adulto por el nivel de sus cartas.
Antes de convertirse en uno de los físicos más influyentes de su tiempo, Oppenheimer transitó una formación marcada por la literatura, la filosofía y los idiomas. Se graduó con honores en Química en Harvard en 1925, donde comenzó a interesarse seriamente por la física tras cursar termodinámica con el físico Percy Bridgman. Luego continuó su formación en Europa, en el Laboratorio Cavendish de Cambridge y en la Universidad de Göttingen, donde obtuvo su doctorado y, según diría más tarde, vivió “el año de su entrada en la física”.
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La película protagonizada por Cillian Murphy y Emily Blunt, basada en la biografía Prometeo americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer de Kai Bird y Martin J. Sherwin, ganadora del Premio Pulitzer, propone un recorrido por esa vida intensa y contradictoria, que culminó con el liderazgo del Proyecto Manhattan y la creación del arma más destructiva de la historia.
De prodigio intelectual a líder del Proyecto Manhattan
La personalidad de Oppenheimer fue, desde temprano, una combinación compleja de genialidad, sensibilidad extrema y fragilidad emocional. Amigos de la infancia lo recordaban como “muy frágil, con las mejillas rosadas, muy tímido, pero muy brillante”, y coincidían en que “muy rápidamente todos admitieron que él era diferente a todos los demás y superior”. Esa diferencia, sin embargo, también lo volvió solitario. “Por lo general, estaba preocupado por lo que estaba haciendo o pensando”, evocó un amigo en una entrevista, mientras su primo señalaba que no le interesaban los deportes ni los “juegos rudos típicos de su grupo de edad”.
Durante sus años en Cambridge, atravesó una crisis profunda. En cartas de 1925 confesaba: “Lo estoy pasando bastante mal. El trabajo de laboratorio es terriblemente aburrido y soy tan malo que es imposible sentir que estoy aprendiendo algo”. En un episodio extremo, dejó una manzana envenenada con químicos en el escritorio de su tutor. El hecho casi le cuesta la expulsión y derivó en la exigencia de ver a un psiquiatra, que llegó a diagnosticarle psicosis antes de descartar el tratamiento. Oppenheimer reconocería más tarde que en ese período contempló seriamente el suicidio.
La literatura y la filosofía operaron como un salvavidas. Durante unas vacaciones leyó En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, experiencia que, según Bird y Sherwin, lo ayudó a encontrar “un reflejo de su propio estado mental” y a desarrollar una mayor compasión. Más adelante aprendería sánscrito para leer el Bhagavad Gita en su idioma original, texto del que extraería la célebre frase “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.

De regreso en Estados Unidos, Oppenheimer se estableció en California y se convirtió en una figura central de la física teórica en la Universidad de Berkeley. Allí se destacó no solo por su capacidad científica, sino por un carisma que marcó a generaciones de estudiantes. Un colega recordó que sus alumnos “copiaron sus gestos, sus manierismos, sus entonaciones. Realmente influyó en sus vidas”. Esa combinación de liderazgo, ambición y talento interdisciplinario sería clave años después.
En 1939, la preocupación por el avance nuclear alemán llevó a Albert Einstein y Leo Szilárd a enviar una carta al presidente Franklin Roosevelt alertando sobre el peligro de que el Tercer Reich desarrollara armas atómicas. Ese mensaje fue el punto de inflexión que derivó en la creación del Proyecto Manhattan. En septiembre de 1942, cuando quedó claro que la bomba era técnicamente posible, Oppenheimer comenzó a ser considerado como líder científico del proyecto. “Estoy cortando todas las conexiones comunistas”, le dijo entonces a un amigo, y añadió: “No quiero que nada interfiera con mi utilidad para la nación”.
Sin embargo, el general Leslie Groves, jefe militar del proyecto, tuvo que defender su nombramiento debido a las dudas por su “trasfondo extremadamente liberal” y su pasado político. Destacó su “ambición desmesurada” y su capacidad para no permitir que nada interfiriera con la misión. Isidor Rabi, amigo de Oppenheimer, admitiría después que había sido “un golpe verdaderamente genial por parte del general Groves”.
En Los Álamos, Oppenheimer reunió a un equipo extraordinario que incluyó a Emilio Segrè, Isidor Rabi, Felix Bloch, Edwin McMillan, Hans Bethe y Edward Teller. El físico Otto Frisch recordó que reclutó no solo científicos, sino también “un pintor, un filósofo y algunos otros personajes inverosímiles; sintió que una comunidad civilizada sería incompleta sin ellos”.
Trinity, Hiroshima y la culpa que marcó su vida
La madrugada del 16 de julio de 1945, a las 5.29, Oppenheimer aguardaba en un búnker de control a unos diez kilómetros del sitio de prueba en el desierto de Nuevo México. La detonación, conocida como Trinity, liberó una energía equivalente a 21 kilotones de TNT y creó una onda expansiva que se sintió a 160 kilómetros. Un general observó que “el Dr. Oppenheimer se puso más tenso a medida que transcurrían los últimos segundos. Apenas respiraba…”. Cuando la explosión iluminó el cielo, “su expresión de tensión se relajó en una de tremendo alivio”.
Isidor Rabi lo vio poco después: “Nunca olvidaré su forma de caminar… era como de alguien que está en la cima… este tipo de pavoneo. Él lo había logrado”. Sin embargo, el propio Oppenheimer contaría años más tarde que, en ese momento, le vino a la mente la línea del Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.
Menos de un mes después, Estados Unidos lanzó las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. El orgullo técnico dio paso a una transformación profunda. “Esa pobre gente, esa pobre gente”, se lo oyó lamentarse antes de los ataques. No obstante, tras el bombardeo, un testigo recordó que en una reunión “juntó y agitó su mano sobre su cabeza como un boxeador victorioso”, mientras los aplausos “prácticamente subieron el techo”. La contradicción era evidente.

En octubre de 1945, durante una reunión con el presidente Harry Truman, Oppenheimer confesó: “Siento que tengo sangre en las manos”. Truman respondería luego: “Le dije que la sangre estaba en mis manos y que dejara que yo me preocupara por eso”. Bird y Sherwin relatan que, a partir de entonces, describió las armas nucleares como instrumentos “de agresión, de sorpresa y de terror” y a la industria armamentística como “obra del diablo”.
Desde la Comisión de Energía Atómica, se opuso al desarrollo de la bomba de hidrógeno y abogó por el control internacional de la energía nuclear. Esa postura le costó caro. En 1954 fue sometido a una investigación por presuntos vínculos con el comunismo y se le retiró la autorización de seguridad, lo que marcó el final de su influencia en la política nuclear estadounidense. El filósofo y matemático Bertrand Russell escribiría más tarde que “no había evidencia de deslealtad ni de nada que pudiera ser considerado traición… Los científicos se vieron atrapados en un trágico dilema”.
En 1963, el presidente Lyndon B. Johnson le otorgó el Premio Enrico Fermi como gesto de rehabilitación política, pero no fue hasta 2022, 55 años después de su muerte, que el gobierno de Estados Unidos anuló formalmente la decisión de 1954 y confirmó su lealtad. Oppenheimer había fallecido en 1967, a los 62 años, por un cáncer de garganta, tras décadas como director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde trabajó junto a Einstein.