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INTERNACIONAL / Apostar a lo propio
viernes 29 mayo, 2020

Filantropía y Estado

Las expectativas por una vacuna salvadora están puestas en el magnate Bill Gates. Quizá, sería mejorar valorar el capital humano argentino envidiable en otros países.

Sigue la carrera contrarreloj para dar con una vacuna para prevenir el COVID-19. Foto: shutterstock
viernes 29 mayo, 2020

A partir de la crisis desatada por el Covid-19, el nombre del magnate norteamericano Bill Gates ocupa los medios de comunicación asociado a la posible vacuna salvadora que vendrá a restaurar la antigua normalidad en el mundo entero.

En un jugoso ensayo escrito por Martín Kohan, autor de novelas de ficción y columnista de este y otros medios, el presunto salvataje por cuenta de la filantropía global es aludido en su dimensión más justa y clara: confrontándolo a las gestiones estatales y autónomas de un país. “...posturas que desestiman la importancia de las políticas públicas y dirigen en cambio sus esperanzas hacia la filantropía de los ricos, con la idea de que ellos, porque son buenos, nos salvarán”, expresa Kohan y añade, con un toque de humorismo y haciendo honor a una verdad que se olvida muy a menudo: “Yo no tengo tan buena opinión de los ricos. Y no lo digo por Bill Gates, que también me resulta macanudo. Yo voy más en la línea de Evita: los ricos no ayudan motu proprio, no les surge, no les nace, antes se fijan si hay conveniencia, son renuentes si no la hay”. 

La pandemia actualiza un sentir que conjuga algo de pensamiento mágico (creer que los ricos, acaso hartos de ser ricos, van a donar fortunas sólo por amor al bien común, sin esperar nada a cambio) con lo que puede ser una suerte de complejo de inferioridad.

La confianza en la filantropía o en las figuras que encarnan la corrección política propia de nuestra época -como la niña Greta y su cruzada ecológica por dar un solo ejemplo- no es nueva, pero recrudece ante situaciones desesperadas o inciertas. La pandemia actualiza un sentir que conjuga algo de pensamiento mágico (creer que los ricos, acaso hartos de ser ricos, van a donar fortunas sólo por amor al bien común, sin esperar nada a cambio) con lo que puede ser una suerte de complejo de inferioridad. La idea del rico extranjero que como un hada madrina viene a salvar de la desgracia a quienes no pueden gestionar su propia salvación por falta de recursos, aptitudes y otras bonhomías, quizás se relacione más a la falta de confianza en lo propio que a la ingenuidad de creer que riqueza y filantropía son sinónimos.

Más allá de los millonarios con perfil humanitario, las fundaciones transnacionales, las ONGs o cualquier otro actor made in USA, China o Europa, Argentina cuenta desde hace muchos años con un extraordinario capital humano, un gran desarrollo en distintos campos de la ciencia y políticas públicas que supieron resistir el embate de distintas versiones de neoliberalismo. Con todas sus fallas, vaciamientos y corrupciones, el Estado Nacional todavía existe y ahí está el hospital gratuito con gente excepcionalmente formada en universidades públicas que todavía nos puede salvar la vida sin que pongamos un peso, algo que no ocurre en muchos de los países que tomamos como modelos a imitar. Tal vez el virus nos venga bien para recordar que, apostando a lo propio y sin esperar milagros que pueden -o no- venir desde afuera, estamos apostando a lo más seguro, por más vértigo que nos produzca.           


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