jueves 16 de septiembre de 2021
OPINIóN Análisis
18-08-2021 16:50

Afganistán: el cementerio de imperios y derechos humanos

Desde Alejandro Magno hasta el recientemente retirado Estados Unidos, ningún imperio pudo doblegar al país de Asia central cuyo pueblo fue dejado a su suerte tras la vuelta de los talibán.

18-08-2021 16:50

El presidente híbrido (medio afgano, medio estadounidense) de Afganistán, Ashraf Ghani, abandonó el país, sin resistir el avance de los talibán (“talib “significa “estudiante” en pastún, y “an” es el plural). Afganistán es una sociedad multiétnica y tribal. La Constitución menciona 14 etnias. La mayor es la pastún, que concentra el 42% de la población. El 15 de agosto de 2021, los talibán tomaron la capital del país, Kabul, coronando su accionar (el 90% del territorio está bajo su mando).

La aventura de dos décadas de Estados Unidos, culmina con aroma a derrota. En el aire sobrevuela el fantasma de Vietnam, cuando las tropas del Vietcong forzaron la salida escandalosa de las fuerzas de Estados Unidos apostadas en Saigón, su último reducto. China y Rusia observan cómo la potencia americana retrocede y se muestran dispuestas a ocupar el vacío de poder dejado por Washington. Joe Biden ensaya una justificación del retiro de tropas, que difícilmente Henry Kissinger aplaudiría. 

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El apodo “el cementerio de los imperios”, que porta Afganistán, adquiere protagonismo en los medios tradicionales y en las redes sociales. La historia aporta material contundente: el gran Alejandro Magno, y en una carta que supuestamente le escribió a su madre, ya resaltaba la bravura de los afganos.

El Imperio Británico tampoco pudo doblegar a este pueblo. Ampliemos: el Emirato de Afganistán y el Imperio británico tuvieron su primer conflicto bélico entre 1839 y 1842, que finalizó con la victoria afgana. Posteriormente, entre 1878 y 1880, volvieron a enfrentarse –esta vez con triunfo británico y la ocupación del país.

En 1919, después de una tercera guerra, los afganos logran la victoria y declaran su independencia. Comienza una nueva etapa bajo el reinado de Amanullah Khan. Luego de varias décadas, y ya en plena Guerra Fría, la Unión Soviética decidió invadir esta zona de Oriente Medio, pensando que sería una tarea sencilla, debido a su gran poderío militar.

Los soviéticos llegaron a Afganistán en 1979, y se retiraron una década después con la cola entre las patas, reconociendo su derrota. Por entonces, Estados Unidos, apoyaba, entrenaba y financiaba a los muyahidines, antecedente de los talibán. Seguramente, no imaginaban que sus armas, tiempo después, se dispararían en su contra. 

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Es bien sabido que Estados Unidos engendró a su enemigo en Afganistán en los años 1980. El apoyo a los islamistas que luchaban contra las tropas soviéticas fue visto, en su momento, como un movimiento estratégico, en medio de la disputa Este-Oeste. Ronald Reagan llamó a estos combatientes, los "freedom fighters" ("luchadores por la libertad").

A esta guerra, algunos analistas internacionales la consideran como “el Vietnam de la URSS”, o el principio de su implosión, que se concretó tres años después. Lo paradójico, tal vez, fue que el efecto colateral del accionar de Washington, fue el surgimiento de una milicia radical antiestadounidense, asociada a Osama bin Laden y al Qaeda. Esto es: la creación de su propia pesadilla. 

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En 2021, casi dos décadas después de que los Estados Unidos (la potencia con el mayor presupuesto militar del mundo y de todos los tiempos), decidiera, con el aval de la ONU, vengarse por los atentados recibidos a las torres gemelas (en 2001) e ir a “cazar” a los terroristas que supuestamente se escondían en Afganistán –con la llamada “Operación Libertad Duradera”–, anunció el retiro de sus tropas. 

El mundo observa cómo el gobierno de coalición montado para darle “estabilidad, libertad y respeto a los derechos humanos”, que nunca le dieron los talibán cuando estuvieron en el poder entre 1996 y 2001, fracasa, se rinde y huye por el aire (con mucho dinero a cuestas). Donald Trump fue quien tiró la toalla, y Joe Biden sacó al boxeador de una pelea extremadamente extensa y sobre todo adversa (aunque difícilmente lo reconozca en público).

Una vez más, los grandes abdicaron en Afganistán. Ningún poder imperial pudo “civilizar” o subyugar a los afganos, ni a los talibán, que despiertan temor en la población local, por el recuerdo de las atrocidades que cometieron en su paso por el poder. 

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En este escenario, Moscú y Pekín se muestran dispuestas a ocupar el vacío de poder dejado por Washington. El líder ruso, Vladimir Putin, pareciera no guardar rencor por la derrota de la URSS en 1989. “Rusia desea que Afganistán sea civilizado, libre de terrorismo y de las drogas y que mantenga buenas relaciones con todos los países del mundo”, dijo el embajador Jirnov, quien aseguró que “los talibán nos han prometido todo eso y esperamos que cumplan sus promesas”.

China respeta el derecho del pueblo afgano a decidir su propio destino y futuro y desea seguir manteniendo relaciones amistosas y de cooperación con Afganistán”, expresó una vocera del gobierno, Hua Chunying. El presidente de China, Xi Jinping, no quiere meter las botas en un territorio hostil. Prefiere y escoge el pragmatismo, en medio de una guerra comercial con Estados Unidos, que incluye una gran disputa por el control de la tecnología del 5G.

Recordemos que China es el país que multiplicó 130 veces su PBI entre 1978 (desde la llegada de Deng Xiaoping al poder) y 2011. Y que, además, ocupa el primer lugar mundial en materia de exportaciones. El gigante asiático está interesado en todos los mercados, menos en el ideológico, y mira a Afganistán como un punto estratégico para la Ruta de la Seda. De hecho, ya prometió inversiones en infraestructura para reparar el territorio afgano, devastado por los choques armados constantes.

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Tras el retorno al poder de los talibán, la organización terrorista Hamas, que controla la Franja de Gaza, felicitó a los extremistas afganos por su éxito militar contra Estados Unidos. En la ONU, brota el temor de que el accionar talibán se convierta en una arenga para el terrorismo global y en un espacio territorial para planificar atentados.

En medio de tantas demostraciones de poder, intereses y terror, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres le pidió al mundo que no mire hacia otro lado, en un momento dramático para millones de afganos. Parece una broma de mal gusto, con ingenuidad simulada. Lo dice luego de que la ONU avaló la estadía de Estados Unidos y la OTAN durante veinte años en un territorio con peculiaridades complejas, luego de respaldar la instalación de un gobierno en nombre de la libertad, luego de un nuevo intento de estandarizar valores occidentales, y luego de observar la huida vergonzosa de unos pocos, que dejan abandonado a su suerte, a un pueblo. 

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Los talibán, por su parte, prometen públicamente mesura y respeto a la mujer, pero subrayan que la Ley Islámica, regirá y guiará el destino del país. Lamentablemente, su paso por las ciudades que fueron tomando, no se caracterizó por la abundancia de buenos modales.

La obra “El Choque de las Civilizaciones” del politólogo Samuel Huntington, advierte ya en 1996, el rechazo a la universalización de los valores occidentales que podría suscitarse. ¡Profecía cumplida! Los hechos recientes corroboran que el cementerio de Imperios y derechos humanos, aún existe.

 

(*) El autor es analista internacional especializado en la Universidad Nacional de Defensa de Washington, Director de Gestión de Gobierno en la UB; autor del libro “Grietas y Pandemia”.