OPINIóN
Tierra prometida

El “milagro argentino” podría ser mayor que el alemán

El plan que Ludwig Erhard puso en marcha para levantar a su país se basó en la derogación de todos los controles de precios, la reforma monetaria y la limitación al endeudamiento público, medidas que generaron cambios inmediatos en una economía devastada.

Alemania de la destrucción a la reconstrucción
Alemania de la destrucción a la reconstrucción | Agencia Shutterstock

Las ciencias políticas y económicas todavía estudian el suceso que tuvo lugar en Alemania Occidental luego de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que ocurrió no fue ningún “milagro”. Se trató de la aplicación de las medidas que funcionan.

Aunque abunden las diferencias a simple vista, la salida del desastre económico alemán, con lo que podría ser el cambio de página para la Argentina estatista y dirigista, ambos fenómenos muestran algunas similitudes. Aunque hoy el “milagro” se estudie como un fenómeno indiscutible, en su momento generó dudas y rechazos. No solamente de los críticos alemanes, con una socialdemocracia que del lado occidental todavía no había abandonado del todo el marxismo. Hasta las potencias vencedoras tenían reparos en el plan que Ludwig Erhard puso en marcha un 20 de junio de 1948.

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Dicho sea de paso, el economista tuvo que elegir un domingo a la mañana, para que el programa pase lo más desapercibido posible, aunque no se enfrentaba al sindicalismo peronista o a la izquierda argentina.
La derogación de todos los controles de precios, la reforma monetaria y la limitación al endeudamiento público generó cambios inmediatos en una economía absolutamente devastada por la guerra y por las malas ideas económicas.

Milagro alemán

Aunque el fenómeno fue denominado como el “milagro alemán”, la recuperación no fue más que un fenómeno de orden social, pero también científico: la aplicación de las ideas correctas y adecuadas para solucionar una problemática concreta.

De poder plasmarse el rumbo y el programa de la nueva administración argentina, el “milagro” puede llegar a ofrecer resultados sorprendentes, que se convertirían sin dudas en un fenómeno de estudio por décadas, de la misma manera que lo fue la recuperación alemana.

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Hay incluso algunas cuestiones que permiten ser más optimistas aún con el descomunal cambio de rumbo que se plantea desde el nuevo gobierno. Nuestro país tiene recursos (no solamente naturales) que los alemanes no tenían.
Aunque los europeos de la posguerra contaban con la necesidad imperiosa de salir de la miseria total –lo que es un motor en sí mismo- los recursos humanos argentinos cuentan con una característica, que difícilmente se vea en otro lugar del mundo. Somos sobrevivientes. No del nazismo y de la guerra, pero sí de la más brutal arbitrariedad gubernamental, que generó durante décadas el más ineficiente agobio económico.

Un joven argentino ya fue expuesto a los más complejos ejercicios financieros, como si se tratara de un contador de una importante firma extranjera. ¿Cuándo conviene pagar la tarjeta de crédito? ¿Qué porcentual del salario se gasta el día del cobro y qué se puede llegar a ahorrar? ¿Cómo se diversifican esos ahorros? Todas cuestiones que son naturales para un argentino de, por ejemplo, 25 años, que serían inimaginable para un joven alemán, de salario en euros y economía estable.

Para el que crea que estos ejercicios mentales se limitan de la clase media alta para arriba, vale recordar que la crisis llevó a nuestro país a ahorrar en latas de conservas, botellas aceite o vino y carne en el freezer. Los sobrevivientes al estatismo agobiante contamos con un pensamiento lateral y ofrecemos una velocidad de respuesta, que hacen a los argentinos recursos humanos valiosos en el exterior. No solamente en puestos profesionales y gerenciales.

Nuestra adaptación y rapidez para pensar fuera de la caja hacen que hasta los mozos argentinos en los bares europeos sean los que ofrezcan las más rápidas e ingeniosas soluciones, para los problemas del funcionamiento diario, que sus colegas que se criaron en circunstancias económicas normales no pueden solucionar con la misma eficiencia.

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¿Hace falta hablar de los recursos naturales, de las posibilidades del sector alimenticio, del vino argentino, del litio, Vaca Muerta y todo lo que ya sabemos? Claro que no. Si el país producía aun con un Estado que se dedicaba a expropiarle las divisas a los exportadores para conseguir dólares que compensen en parte la emisión de dinero indiscriminada, para financiar el estatismo exacerbado, liberar al sector productivo nos abre un panorama inimaginable.

El milagro argentino

Tras el resultado de las elecciones, le pregunté a un famoso enólogo de una de las bodegas más importantes del país: “¿Si el nuevo presidente cumple con su promesa de apertura comercial unilateral, están en condiciones de afrontar un crecimiento exponencial en la demanda?”. Me contestó sonriendo que no, con evidente ilusión de tener que afrontar ese desafío.

Claro que las empresas líderes del sector se verán beneficiadas con un modelo de apertura. Pero serán las empresas más pequeñas las que más se beneficien. Esas que hasta hace poco tenían miles de litros arruinándose en tanques de plástico, porque la escasez de botellas de vidrio generada por la falta de insumos importados hacía que los proveedores eligieran a sus más importantes compradores, que no son otros que las grandes firmas.

De una de estas pequeñas bodegas sanjuaninas, un emprendedor del sector me contó la frustración que sufrió cuando un visitante japonés se enamoró de uno de sus vinos. El turista era uno de los dueños de una cadena de supermercados en su país, y mientras saboreaba su copa y se llevaba un par de botellas en la valija para consumo personal, le decía que estaría feliz de poder llevar su producto a las góndolas para el público asiático. “Si solamente le pudiera vender a este señor, cambiaría la empresa”, lamentaba este empresario argentino.

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Como decía Frédéric Bastiat, siempre es complicado explicar el contrafactico de lo que “no se ve” en economía. Pero cuando miramos el potencial argentino, al menos podemos visualizar un poco el potencial que, sin exagerar, podría ser el del mejor país del mundo.

Al abrazar, entre otras reformas trascendentes, la libertad de contratos, se abandona una tesis equivocada: “los precios y salarios pueden digitarse por medio de las resoluciones administrativas gubernamentales”. Como bien explicó Ludwig von Mises, el socialismo fracasa cuando la eliminación de la propiedad privada genera la anulación o distorsión del sistema de precios.

Aunque a los idealistas de la “justicia social” les cueste aceptarlo, los salarios están determinados por el sistema de precios, pero también por la tasa de capitalización de la economía.

La Alemania de hace seis décadas, que no tenía casi ninguna de nuestras ventajas comparativas, también “remó” una recuperación en un mundo que no tenía las posibilidades que existen hoy. Entre la tecnología y la globalización, solamente gracias a la información y a internet, inversores de todo el mundo (grandes, medianos y pequeños) podrán hacer una apuesta por este país.

De comenzar a girar la rueda, Argentina se convertirá en un atractivo receptor de inversiones, que se traducirán en más y mejores empleos productivos, con salarios más altos y de mayor poder adquisitivo.

Todo esto, aunque parezca increíble, ahora está a la vuelta de la esquina. De plasmarse en la realidad, el mundo lo llamará “el milagro argentino”.

Pero acá no hay ningún milagro. Es la misma receta de la Constitución de Juan Bautista Alberdi, que se puso en funcionamiento entre 1853 y 1860, que generó que nuestros abuelos eligieran este país, que en 1895 tuvo el PBI per cápita más alto del mundo. Todo eso se puede replicar, incluso más rápidamente gracias al mundo moderno.