OPINIóN

La convención de la Unión Cívica Radical: un clásico para imitar

No hay democracias sin partidos. Sin partidos, la sociedad queda frente a un espejo roto y los gobiernos fracasan. Para eso se requiere más sensatez, menos personalismo y más juego en equipo.

Convención del radicalismo
Convención del radicalismo en Parque Norte el 12 de junio. | na

América Latina vive una era de fragmentación política. Los partidos tradicionales se disolvieron en Perú, en Chile y en Ecuador, lo que, como vemos, dio como resultado gobiernos débiles y sociedades insatisfechas, una representación atomizada que imposibilita los acuerdos. Así comprobamos una vez más lo imprescindible que es reconstruir los partidos. No hay democracias sin partidos. Sin partidos, la sociedad queda frente a un espejo roto y los gobiernos fracasan. Para eso se requiere más sensatez, menos personalismo y más juego en equipo. Los argentinos no le piden a la política soluciones mágicas; sí piden autenticidad. Quieren que los dirigentes marquen el rumbo con nitidez, no con chicanas o tacticajes. Las políticas se negocian, la autenticidad no.

Por todo eso se reunió la convención de la Unión Cívica Radical el lunes pasado. Porque los partidos políticos deben nutrirse de diálogos apasionados entre pares, guiada por valores, en la búsqueda de soluciones concretas y factibles. Algunos cuestionan el sentido de estas convocatorias, en una cultura signada por la falta de reflexión y por la impulsividad, donde es mejor imponerse por medio de imágenes espectaculares y eslóganes, antes que por la verdad que surge de la reflexión, el estudio y el intercambio personal y genuino. Pero se equivocan. La Unión Cívica Radical es una institución con una cualidad distintiva para nuestra cultura democrática: la de ser un clásico. Para el diccionario, ser clásico es alcanzar la plenitud de una cultura y de una civilización; lo clásico es un modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia.

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En esta época de la política que muchas veces olvida la sustancia, que prefiere el instante a lo constante, el golpe de efecto a la verdad; en esta era del vacío, los radicales venimos a reafirmar el valor de una cultura, hoy amenazada por el marketing y por los nuevos bárbaros de la derecha: la cultura de la democracia, del diálogo, de la solidaridad, de la defensa de los derechos humanos, de la justicia social, del progreso y de la libertad. Dejé para el final de esta enumeración la palabra libertad no por azar, sino porque ha sido tan remanida este último tiempo por una moda del individualismo y la amenaza del argentino lobo del argentino. La libertad que pregona el radicalismo es una libertad íntegra que viene acompañada de otro valor indispensable de quienes fueron verdaderamente liberales y revolucionarios. No es libertad o fraternidad, es libertad y es fraternidad. Es libertad de miembros de una comunidad, no libertad de competidores despiadados, donde los más fuertes doblegan a los más débiles. Nuestra libertad es una libertad regulada por las instituciones de la democracia, no por los precios del mercado.

Nuestro país está enfermo, ¿qué duda cabe? No tiene sentido echarnos culpas entre gobiernos, partidos y dirigentes para intentar sacar ventajas nimias del pasado. Lo que más debería importarnos es cómo vamos a curar a la Argentina. Por eso este esfuerzo de realizar una convención como la que se llevó adelante. Los equipos técnicos del radicalismo trabajaron y seguirán trabajando en un plan de estabilización que podría bajar la inflación rápidamente el año que viene. Es algo que tenemos y podemos hacer; sin apelar a remedios que no curan. Sería un error, sin embargo, que ese programa se concentrara únicamente en bajar la inflación. La estabilización no sería sostenible si repitiera como un mantra en que debe ajustar a la economía. El programa también debe ofrecerles a los argentinos un proyecto de desarrollo y crecimiento.

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Para esto, el mundo nos está dando, nuevamente, una gran oportunidad para crecer.

Nuestros equipos de especialistas nos dicen que para 2030 podríamos duplicar las exportaciones. No es ciencia ficción ni realismo mágico. Es ponernos a trabajar para que eso ocurra. Depende de un contexto que se muestra como promisorio y depende de la política, es decir, de que lo hagamos posible.

Muchas veces en la política pensamos el presente con categorías del pasado. Estoy convencido de que es el momento de pensar el presente con categorías del futuro.

Mucho se ha avanzado en este camino, pero falta un trecho más. La unidad de la coalición opositora ha sido un límite a los abusos de un gobierno que se va. Y en este tiempo esa unidad deberá ser la respuesta a millones de argentinos que permita de una vez el desarrollo y la equidad que, estamos seguros, están ligados al sentido de democracia tal cual la concibe el radicalismo desde siempre.

Pero, ante esto, la falta de acuerdos amenaza. Por momentos la coalición le ofrece a la sociedad un espectáculo lamentable: peleas que solo se explican por el egoísmo, la ambición personal, los cargos y la mezquindad del corto plazo. Ese no puede ser el camino. De ese modo incumplimos con su verdadero sentido de la política, además de darle la espalda a la comunidad, y nos igualamos con aquellos que no quieren construir un gobierno, sino apropiarse del Estado como un botín de guerra. Eso no es el radicalismo.

La falta de un liderazgo nítido por parte de un partido en el espacio opositor debe ser un motivo para ocupar, con lucidez y carácter, el lugar que merece la Unión Cívica Radical y puede tener dentro de las fuerzas democráticas. Ya no debe ser el furgón de cola de nadie. Ya no deberá proveer a la coalición, como repiten analistas y operadores políticos, solo el cuerpo que otorga la territorialidad para que decidan otros, sino que el radicalismo debe ser los miembros, el torso, el corazón y el cerebro de la coalición.

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Para esto, los radicales debemos abandonar la pasividad y cualquier forma de oportunismo. Estamos para más. El radicalismo no debe ser nunca más grupo soporte de nadie. Debe ser el animador principal del ejercicio de poder en la Argentina. Así marcaron el rumbo los verdaderos líderes radicales a lo largo de la historia.

La magnitud de la tarea que hay por delante requiere de una inmensa mayoría de hombres y mujeres que, sin mezquindades ni sectarismos, pueda encaminar a la Argentina para siempre hacia el desarrollo y la prosperidad. En este sentido, el lugar de origen es menos importante que el lugar de destino.

La convención del radicalismo demostró que se pueden discutir ideas y programas, no personas ni lugares ni tácticas ramplonas. Y que en esta construcción se debe preservar algo fundamental: que el fin, por más noble que sea, nunca puede justificar los medios. Y menos aún si esos medios lesionan a otros compatriotas.

El lunes pasado nuestra convención partidaria debatió y aprobó un programa de gobierno que es el fruto del trabajo de mucho tiempo de hombres y mujeres altamente capacitados. Ese es uno de los principales orgullos que debemos ponderar: nuestra plataforma debe ser esa brújula confiable que todo país necesita para ir hacia algún lugar. El otro orgullo es que estamos preparados para llevarlo adelante.

 

(*) El autor es presidente de la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical.