lunes 04 de julio de 2022
OPINIóN Columnistas

Máximo Kirchner, su mundo paralelo y las adicciones argentinas

El salto que pegó Máximo más allá de sus intrigas políticas, en línea con su experiencia en el mundo gamer y de la tecnología, pasó de la realidad al metaverso.

08-02-2022 11:06

Máximo Kirchner creció en su carrera y dejó de ser visto como el hijo de los Kirchner que extendiendo su adolescencia más allá de lo tolerable pasaba sus días de joven adulto entretenido con la PlayStation entre amigos. El salto que pegó Máximo más allá de sus intrigas políticas, en línea con su experiencia en el mundo gamer y de la tecnología, pasó de la realidad al metaverso.

El concepto de metaverso, surgido en la novela de ciencia ficción Snow Crash de Neal Stephenson, es la idea de un mundo paralelo en el que las personas, a través de avatares (personajes virtuales personalizados por los usuarios para identificarse), desarrollan una vida paralela en un universo virtual. Este metaverso es un entorno donde los humanos interactúan social y económicamente como avatares en un ciberespacio, que actúa como una metáfora del mundo real pero sin sus limitaciones físicas o económicas.  Esto que, cuando se publicó la novela de Stephenson, en 1992, parecía algo lejano y que a lo largo de estos años se realizó en el ciberespacio, hoy en día parece acercarse cada día más a la realización de un mundo paralelo en el que los usuarios podrían realizarse a través de la vida paralela.

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Pero como para todo invento existe una versión argentinizada, en el caso del metaverso, la versión más acabada parece estar en el que Máximo proyecta a partir de su carta de renuncia. En el metaverso del kirchnerismo y La Cámpora, se solucionan los problemas de la argentina sin hacer nada y peleando contra el mundo. El avatar que elige el ex jefe de la bancada oficialista, es el de un líder carismático y previsor, un padre  que advierte los errores de sus hijos pero no interviene y deja que se equivoquen para que aprendan y adquieran autonomía. Propone una realidad paralela en la que su decisión podría conmocionar la realidad argentina, mientras que en la realidad, al menos según el presidente, hasta su propia madre le desaconseja la renuncia y hasta parece sacarle importancia.

Lo de Máximo, al leer detenidamente la carta y su falta de opciones claras frente a las negociaciones con el FMI, se ve, más que como un metaverso, como un meta verso. Ese sí es el verdadero universo argentino, el de meter el verso. Somos adictos a los metaversos y a meter los versos.

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Los argentinos somos verseros, no solamente porque tenemos poetas geniales sino porque para cada fenómeno del mundo encontramos una explicación aunque no sepamos nada del tema. Así estamos meta verso en el fútbol, en la explicación de la economía, para las conquistas amorosas, en las charlas de taxi, en las discusiones de café, en la solución de los desperfectos de la casa y del auto, etc.

Pero además somos adictos a vivir en los metaversos: en mundos paralelos. Mientras cobramos sueldos en pesos, estamos pendientes de ver el precio del dólar (y como si no nos alcanzara el dólar como moneda paralela de la economía, tenemos a su vez precios paralelos en dólares). Estamos pendientes de la realidad en la que los dirigentes por un lado son del mismo partido y paralelamente se pelean.

Adictos al individualismo experimentamos el metaverso de la solidaridad,  adictos a la mala onda y paralelamente buscamos la complicidad humorística de cualquier desconocido en la calle. Vivimos entre dos mundos, adictos a la ambivalencia, adictos a votar para quejarnos de lo que elegimos y a ayudar mientras a la vez sugerimos que lo mejor es no meterse.

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La adicción se caracteriza por tener una necesidad tan intensa de depender de algo que no se puede pensar en otra cosa. Vivimos cada día más cerca de la desconexión entre la realidad y nuestras vidas idealizadas en el metaverso. Debemos cambiar las adicciones de la realidad por la imagen que tenemos de nosotros mismos en el metaverso. Necesitamos apegarnos a nuestras ideas de trabajo, solidaridad y actitud positiva para que sean parte de nuestra realidad y no solamente el avatar que elegimos para nosotros en el metaverso mientras en la realidad solamente estamos metiendo versos.

Para dejar de vivir en un metaverso debemos tener esperanza, planes y futuro pero no podemos tener eso en un país donde nuestros políticos, tanto del oficialismo como de la oposición , se maltratan entre ellos y al electorado y  el maltrato que se acostumbra en la clase política repercute en la claridad de la gente. 

Pero es difícil reconstruir un país donde el oficialismo está más fragmentado que nunca porque cada facción vive en su propio metaverso.  Los albertistas creen que el presidente  está preparado  para resistir  una embestida de La Cámpora y finalmente independizarse. Alberto piensa que puede resolver todo con la buena onda de un fogón y una canción de Lito Nebbia coreada por todo el frente. Máximo piensa que con una carta moverá las piezas suficientes para hacer una revolución sin precedentes y Cristina se piensa siempre más adelante de todos porque se cree la dueña indiscutida de los votos y la voluntad popular (aunque hoy solo alcanza a arañar un 25% de la intención de voto).

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La realidad es que se puede controlar a La Cámpora siempre y cuando Máximo Kirchner no se meta. Esto es factible porque seguramente no se va animar a enfrentar a Alberto y va a  mandar a uno de sus alfiles para que se enfrente más en busca de réditos políticos que de ruptura.  Alberto tiene como aliados algunos gobernadores como el caso del de San Juan, pero aunque muchos de los peronistas lo crean un buen cuadro,  no es muy conocido fuera de su provincia. Lo mismo pasa con el otro mimado de Alberto, el gobernador Jalil de Catamarca.

Hablando de gobernadores con mayor peso, el albertismo se encuentra con que, como de costumbre, Córdoba juega más hacia adentro que hacia afuera porque tiene a su gobernador, Schiaretti, planeando la sucesión. Sin embargo, Schiaretti apoya tímidamente su imagen en la del presidente y en la de algunos dirigentes propios que hacen buena gestión. El gobernador tiene ganas de ser referente de la presidencia,  pero debe resolver su tema interno en primera instancia y no es una alternativa estar codo a codo con Alberto Fernández debido a la problemática historia de la provincia con la vicepresidenta.

Cristina Fernández, además de lidiar con los mundos paralelos de su hijo, se debate entre el metaverso de las elecciones del 2011 en el que ella es dueña de gran parte de la voluntad popular argentina y la realidad que le toca vivir en el presente en el que, igual que en la previa de la conformación del Frente de Todos, se encuentra en la encerrona de que a ella sola no le alcanzan sus votos y debe ampliar el juego sumando a alguien y cediendo. Entonces juega al silencio mientras manda a sus voceros a hablar y luego se desentiende de sus palabras, o las niega directamente  para poder ir especulando discretamente de cara al 2022, para poder quedarse con el bando ganador.

La única realidad que parece alejada del presente pero no tanto de tener los pies en la tierra, es la de  Sergio Massa que, lento pero seguro, empieza a construir desde cero otra vez un Frente Renovador que parecía haber diluido su identidad con la alianza del Frente de Todos. Pero es un desafío grande porque le toca reconstruir un partido castigado, con falta dirigentes y con falta de credibilidad porque Massa perdió la suya.  Por eso el tigrense también juega callado esperando de a poco a ver cómo se acomodan las piezas.

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De golpe apoya a Alberto mientras coquetea con Cristina y su 25% a través de la figura de Máximo. El sueño secreto del líder del frente renovador parece ser que un día, sin haber dicho mucho, Cristina se de cuenta de que él es la pieza que le falta para completar la base electoral y un Alberto cansado inesperadamente se defina y le pase formalmente la posta dándole el impulso necesario para salir del brete del puesto de presidir la cámara de diputados que lo aleja de la gestión y por tanto del camino a la presidencia.

Todo puede suceder porque la oposición está anquilosada y estructurada en viejas prácticas con las que les cuesta salir del molde lo que hace que la lucha interna empiece a ser nociva para las posibilidades de ganar la presidencia a 2 años de la elección. No puede haber un futuro promisorio en estas condiciones dónde están todos peleados porque cada uno vive en su propio universo y pugna solamente por sus intereses sin procurar construir para la gente.

El metaverso por lo pronto parece ser una solución a futuro para muchos dirigentes, Máximo a la cabeza, porque solamente les queda posibilidad de mantenerse en carrera a través de la imagen idealizada del avatar ya que su imagen de carne y hueso hoy está por el piso.