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OPINIóN / El club de los vencedores vencidos
miércoles 30 octubre, 2019

Sobre los dichos de Eduardo Amadeo acerca de Dady Brieva y Pablo Echarri

La corriente absolutista es así: creen que hay un ideal de pensamiento único posible, y que ese pensamiento más temprano que tarde será posible.

por Luis "Coni" Cherep

Eduardo Amadeo Foto: NA
miércoles 30 octubre, 2019

Algunas declaraciones superficiales delatan la profundidad de un conflicto: en Argentina hay dos sectores muy definidos que se conciben incompatibles para existir. Suena raro, si, pero es cierto: algunos macristas (o lo que ellos representan) creyeron que venían para eliminar a un pensamiento y una buena parte del Kirchnerismo (o cómo quieran llamarse), creyó que volvían para desterrar para siempre al macrismo. Y eso es imposible. Y será imposible.

Cuando Dady Brieva o Pablo Echarri dicen que “el triunfo sabe a poco” o que en el país hay “un 40 % de gorilas”, están diciendo con absoluta honestidad lo que algunos piensan. Y eso que piensan es difícil de resolver en la praxis política. Cuando dirigentes neoliberales, llaman al triunfo de Fernández, el “regreso de los monos”, o el ex dirigente peronista devenido en ultra neoliberal -Eduardo Amadeo- les desea “a los que odian, una úlcera que los mate”, están diciendo lo mismo que los otros, y se enfrentan al mismo problema: no soportan la inevitable existencia del otro. Y el problema es de ellos, no de los demás que fluyen la vida buscando soluciones a lo elemental.

La corriente absolutista es así: creen que hay un ideal de pensamiento único posible, y que ese pensamiento más temprano que tarde será posible. O que la vida política de un país está condenada al combate permanente, sin plantearse nunca, que el objetivo es uno sólo y que hasta el día de hoy, después de casi 40 años de  democracia, no fuimos capaces de concretarlo nunca. Entre otras razones, por esas convicciones de incompatibilidad y enfrentamiento constante.

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Todos ganaron algo el domingo, es cierto. Pero también perdieron. Y eso, es lo más interesante de esta historia: la mayoría del pueblo argentino los condena a la convivencia y al mutuo acercamiento. El resultado fue paradójicamente anti grieta, fortaleciendo a las partes de la grieta.

Tendrán que convivir y proponer. Tendrán que gobernar, y soportar los controles y la división del poder. Tendrán que visibilizar al otro, encontrarse con el otro y buscar soluciones en medio de esa tensión. Eso es la democracia. Para eso se inventó. Y aunque parezca una obviedad, es la primera vez que la empezamos a transitar con algún nivel de madurez. No por acción directa de la clase dirigente, sino por acción concreta de una mayoría que lo impuso en las urnas. Hay dos grandes minorías. Y los elegidos no son dueños de la mayoría de sus votos. Ni son mayoría.

Si Alberto Fernández entiende eso, si consigue amalgamar un esquema de gobierno basado más en los acuerdos que en las imposiciones, es muy probable que el país tenga horizontes despejados más temprano que tarde.

Si desde la dirigencia, y acá entran todas las vertientes de todos los sectores de todos los partidos de todos los Frentes o coaliciones, empiezan a bajar el nivel de agravio, el uso desmesurado del poder para sus amigos, la búsqueda de ventajas obscenas, y sobre todo, la idea de que vivir con el otro, al lado del otro es posible, la sociedad o al menos la gran mayoría de la sociedad los va a acompañar.

En Argentina no hay un 40 % de gorilas y un 48 % de populistas. En Argentina no hay una mayoría que vive desde la inflexibilidad ideología o desde idearios inalterables. La mayoría de los argentinos quieren mejorar sus ingresos, tener educación y salud pública, que la justicia no sea partidaria y que su velocidad dependa de los gobiernos de turno, y quiere vivir en paz. No es otra cosa que esto: un país más justo, con mayores posibilidades para los que no las tienen, y una convivencia pacífica real, no sostenida a balazos. Y en el contexto de un mundo que cambia de manera permanente y al que no podemos adaptarnos desde la debilidad que expresa nuestra incertidumbre permanente.

Para eso, hacen falta políticas. Un conjunto de políticas que se pueden establecer como comunes. Hay asuntos que están por afuera del envase ideológico, y están directamente vinculados a la praxis. Tocando intereses, obvio. Pero negociándolos, todo es posible.

El peronismo no es una sola cosa. No es lo mismo Alberto que Cristina Fernández de Kirchner, ni Dady Brieva es lo mismo que Gustavo Santaolalla, ni Axel Kicillof es Gildo Insfrán, ni Máximo Kirchner piensa del mismo modo que Wado de Pedro.

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En el 40 % de votantes del oficialismo tampoco todos son lo mismo: Mauricio Macri no es Alfredo Cornejo, ni Lilita Carrió es Rodríguez Larreta, ni Osvaldo Bazán es el Mago sin dientes, ni María Eugenia Vidal es Marcos Peña.

Todos se juntaron de un lado o del otro, porque conciben a la política de manera diferente, pero en muchos casos fueron empujados al juego del desprecio por el otro, al miedo al otro. Porque hay un club de dirigentes que necesitan de este juego de enfrentamiento constante con el otro para poder subsistir. Pero no es esa la verdadera cuestión de fondo. No tenemos un 88 % del país dividido entre delirantes maduristas y aliados de Videla y Martínez de Hoz. Los hay, claro. Pero son muy pocos, de ambos lados.

Justamente Pablo Echarri dijo una frase en el mismo reportaje que abre una puerta a las posibilidades de acuerdos: “En el fondo, el país que quiere Luis Brandoni y el que quiero yo, se parecen mucho”. Y eso es, aunque los odios y los fanatismos los cieguen por un rato, la más absoluta verdad: en ambas fuerzas, en el universo de los votantes de ambos sectores, hay muchas más personas que tienen el mismo ideal de país. Y eso es lo que urge hoy. Eso es lo que necesitará Alberto Fernández hoy. Como lo necesitó Alfonsín en su momento y no lo consiguió. Cómo lo necesitó Néstor Kirchner en el 2003 y naufragó en el segundo mandato de Cristina, a causa de la agudización innecesaria de algunos conflictos. Cómo lo desperdició Macri, atado a convicciones absurdas sobre la economía, su falta de empatía con los sectores medios y el rechazo a los adversarios.

El país no es la selección de fútbol, claro. Pero es un país. Y necesita del aprecio de todos. Y de la distinción de todos. Y del esfuerzo de todos. Y de la generosidad de todos. Y sobre todo, vaya insensatez, del fin de la guerra de imposible solución: siempre, serán vencedores vencidos o vencidos vencedores. Y eso imposibilita muchas cosas.

Hay que desarmar el club del fanatismo. Hay que pensar en las mayorías momentáneas. En los acuerdos elementales y en la forma de colaborar con la salida. Cualquier otro objetivo, por ejemplo el de subordinar las acciones a la idea de eliminar al otro, es tóxico. E inútil. Y no viabiliza avance alguno. Sencillamente porque los votos van y vienen, y no representan esos idearios. Y las responsabilidades principales recaen sobre la dirigencia. La gente, ya se expresó.


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