Durante décadas, el orden global descansó sobre una arquitectura institucional clara: la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y un enjambre de organismos técnicos que fueron pensados como árbitros del sistema internacional. Su función era ordenar conflictos, estabilizar economías, fijar reglas comunes y evitar que la política de fuerza reemplazara al derecho. Ese mundo ya no existe.
Hoy, el caso Venezuela lo expone sin matices: las decisiones clave no se procesan en organismos multilaterales, sino en relaciones directas entre Estados. Sanciones, reconocimientos, negociaciones energéticas y alineamientos estratégicos se definen de manera bilateral o en acuerdos informales entre potencias. Las organizaciones observan, emiten comunicados, convocan sesiones extraordinarias… y quedan al margen de los hechos.
No es una anomalía: es la nueva normalidad. Mucho diagnóstico, papers y recomendaciones, pero poca autoridad.
El sistema cruje por la debilidad de ejecución de la ONU y sus agencias. Los 193 Estados miembros que componen la Asamblea General de la ONU aprobaron un presupuesto de 3.590 millones de dólares para cubrir los gastos de la Secretaría de la ONU en 2024. La Organización Mundial de la Salud (OMS) cuenta con 6.800 millones de dólares; la UNESCO, con 1.800 millones. Todos producen informes de enorme calidad técnica. El inconveniente es que nadie está obligado a obedecerlos y, cada día más, los países se niegan a aportar para investigaciones. Recordemos que el gobierno de Javier Milei anunció la salida de la OMS, lo que implica dejar de aportar económicamente y participar activamente en ese organismo.
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La pandemia nos enseñó brutalmente que la OMS recomendaba y los Estados decidían solos. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) denuncia precarización laboral mientras la economía informal y las plataformas digitales avanzan sin regulación efectiva. La UNESCO formula marcos culturales y educativos que raramente se traducen en políticas públicas reales. El multilateralismo informa, pero ya no manda.
En el plano financiero, la pérdida de credibilidad es aún más sensible. El FMI y el Banco Mundial conservan poder operativo, pero su legitimidad está erosionada. El caso argentino es paradigmático: el mayor préstamo de la historia del FMI no respondió a un análisis técnico autónomo, sino a una decisión geopolítica impulsada por Estados Unidos. No fue ayuda desinteresada; fue estrategia de poder.
La Organización Mundial del Comercio (OMC) intenta arbitrar reglas comerciales mientras las grandes potencias aplican proteccionismo selectivo. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos produce estándares y rankings que influyen más en discursos que en decisiones soberanas.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) conserva capacidad de acción, pero confirma el problema: actúa cuando hay alineamiento político, no por mandato universal. No es un árbitro global; es una alianza de intereses.
El sistema multilateral moviliza decenas de miles de millones de dólares anuales en estructuras administrativas, agencias, sedes y cumbres. El problema no es el monto en sí, sino la brecha entre costo y efectividad.
Venezuela es la radiografía de un orden internacional agotado. Las relaciones se juegan hoy en la diplomacia directa, la energía, la seguridad y los recursos. Las organizaciones acompañan desde la tribuna.
La política mundial debería revisar y reformular estos organismos para el siglo XXI. No abolirlos, sino reducirlos, redefinirlos y devolverles sentido. El multilateralismo del futuro no puede ser una burocracia del siglo XX con lenguaje inclusivo y PDFs brillantes. Necesita transformaciones profundas.
Fusionar estructuras redundantes y concentrar. Sin consecuencias, no hay autoridad. Presupuestos ligados a resultados verificables, no a la antigüedad institucional ni a equilibrios políticos internos.
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Estos organismos no deben “dar lecciones”, sino resolver problemas concretos: salud, deuda, alimentos, migraciones y clima. Aceptar el mundo real: el poder es multipolar, los Estados deciden y el multilateralismo solo sobrevivirá si agrega valor práctico a esas decisiones.
Recordemos que, desde su creación, se decía: “donde no alcanzaba la diplomacia bilateral, debía llegar la institucionalidad”. El mundo cambió de velocidad; las organizaciones se quedaron en el protocolo. Y sin poder de ejecución, el multilateralismo se convierte en relato.
LB / EM